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Full text of "Liberalismo y jacobinismo"

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Librería  y  Papelería  "La  Anticuaría",  de  Adolfo  Ossi 

241a— CALLE  BUENOS  AIRES— 241a 
1906 


IMPRENTA    «EL   SIGLO    ILUSTRADO»,    18  DE  JULIO,    23 


LIBERALISMO  Y  JACOBINISMO 


LA   EXPULSIÓN   DE   LOS   CRUCIFIJOS 


(CARTA  PUBLICADA  EN  «LA  RAZÓN  »  DEL  5  DE  JULIO  DE  I906) 

I 

Señor  *  *  * 

Estimado  amigo:  Desea  usted  mi  opinión  sobre  la  justicia 
y  oportunidad  del  acuerdo  de  la  Comisión  de  Caridad  y  Be- 
neficencia Pública,  que  sanciona  definitivamente  la  expulsión 
de  los  crucifijos  que  hasta  no  ha  mucho  figuraban  en  las  pa- 
redes de  las  salas  del  Hospital. 

Voy  á  complacer  á  usted;  pero  no  será  sin  significarle, 
ante  todo,  que  hay  inexactitud  en  la  manera  como  usted  ca- 
lifica la  resolución  sobre  que  versa  su  consulta,  al  llamarla 
«acto  de  extremo  y  radical  liberalismo». 

¿Liberalismo?  No:  digamos  mejor  «jacobinismo».  Se  trata, 
efectivamente,  de  un  hecho  de  tranca  intolerancia  y  de  estre- 
cha incomprensión  moral  é  histórica,  absolutamente  inconcilia- 
ble con  la  idea  de  elevada  equidad  y  de  amplitud  generosa 
que  va  incluida  en  toda  legítima  acepción  del  liberalismo, 
cualesquiera  que  sean  los  epítetos  con  que  se  refuerce  ó  ex- 
treme la  significación  de  esta  palabra. 


JOSÉ    ENRIQUE  RODÓ 


Ocioso  me  parece  advertir — porque  no  es  usted  quien  lo 
ignora — que,  rectamente  entendida  la  idea  de  liberalismo,  mi 
concepción  de  su  alcance,  en  la  esfera  religiosa,  como  en 
cualquiera  otra  categoría  de  la  actividad  humana,  abarca  toda 
la  extensión  que  pueda  medirse  por  el  más  decidido  amor  de 
la  libertad.  E  igualmente  ocioso  sería  prevenir  que,  por  lo 
que  respecta  á  la  personalidad  y  la  doctrina  de  Cristo — so- 
bre las  que  he  de  hablar  para  poner  esta  cuestión  en  el  te- 
rreno en  que  deseo, — mi  posición  es,  ahora  como  antes,  en 
absoluto  independiente,  no  estando  unido  á  ellas  por  más 
vínculos  que  los  de  la  admiración  puramente  humana,  aun- 
que altísima,  y  la  adhesión  racional  á  los  fundamentos  de 
una  doctrina  que  tengo  por  la  más  verdadera  y  excelsa  con- 
cepción del  espíritu  del  hombre. 

Dicho  esto,  planteemos  sumariamente  la  cuestión.  La  Co- 
misión de  Caridad  inició,  hace  ya  tiempo,  la  obra  de  emancipar 
de  toda  vinculación  religiosa  la  asistencia  y  disciplina  de  los 
enfermos;  y  en  este  propósito  plausible,  en  cuanto  tendía  á 
garantizar  una  completa  libertad  de  conciencia  contra  im- 
posiciones ó  sugestiones  que  la  menoscabasen,  llegó  á  im- 
plantar un  régimen  que  satisfacía  las  más  amplias  aspiraciones 
de  libertad.  Fueron  suprimidos  paulatinamente  los  rezos  y 
los  oficios  religiosos  que  de  tradición  se  celebraban;  fueron 
retirados  los  altares,  las  imágenes  y  los  nichos,  que  servían 
para  los  menesteres  del  culto.  Quedaba,  sin  embargo,  una 
imagen  que  no  había  sido  retirada  de  las  paredes  de  las 
salas  de  los  enfermos,  y  esta  imagen  era  la  del  Fundador  de 
la  caridad  cristiana.  Un  día,  la  Comisión  encuentra  que  no 
hay  razón  para  que  este  límite  se  respete,  y  ordena  la  ex- 
pulsión de  los  crucifijos.  Acaso  pensó  irreflexivamente  no  ha- 
ber hecho  con  ello  más  que  dar  un  paso  adelante,  un  paso 
último,  en  la  obra  de  liberalismo  en  que  se  hallaba  empe- 
ñada. ¿Era,  efectivamente,  sólo  un  paso  más,  sólo  un  paso 
adelante?  No:  aquello,  como  he  de  demostrarlo  luego,  equi- 
valía á  pasar  la  frontera  que  separa  lo  justo  de  lo  injusto,  lo 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO 


lícito  de  lo  abusivo.  Aquello  tenía  en  realidad  un  significado 
enteramente  nuevo,  y  que  parecía  denunciar,  en  las  mismas 
supresiones  y  eliminaciones  anteriores,  un  espíritu,  una  ten- 
dencia, diferentes  de  los  que  las  habrían  justificado... 

Y  ahora,  el  error,  que  pudo  explicarse,  cuando  se  come- 
tió por  vez  primera,  como  acto  inconsulto,  adquiere  la  per- 
sistencia de  una  ratificación  laboriosamente  meditada,  de  una 
ratificación  definitiva. 

II 

El  hecho  es  sencillamente  este:— la  expulsión  reiterada  é 
implacable  de  la  imagen  de  Cristo  del  seno  de  una  casa  de 
caridad. 

Un  profesor  de  filosofía  que,  encontrando  en  el  testero  de 
su  aula,  el  busto  de  Sócrates,  fundador  del  pensamiento  filo- 
sófico, le  hiciera  retirar  de  allí;  una  academia  literaria  espa- 
ñola que  ordenase  quitar  del  salón  de  sus  sesiones  la  efigie 
de  Cervantes;  un  parlamento  argentino  que  dispusiera  que  las 
estatuas  de  San  Martín  ó  de  Belgrano  fueran  derribadas  para 
no  ser  repuestas;  un  círculo  de  impresores  que  acordase  que 
el  reirato  de  Guttenberg  dejase  de  presidir  sus  deliberacio- 
nes sociales,  suscitarían,  sin  duda,  nuestro  asombro,  y  no  nos 
sería  necesario  más  que  el  sentido  intuitivo  de  la  primera  im- 
presión para  calificar  la  incongruencia  de  su  conducta. 

Y  una  Comisión  de  Caridad  que  expulsa  del  seno  de  las 
casas  de  caridad  la  imagen  del  creador  de  la  caridad — del  que 
la  trajo  al  mundo  como  sentimiento  y  como  doctrina — no  ofrece, 
para  quien  desapasionadamente  lo  mire,  espectáculo  menos 
desconcertador  ni  menos  extraño.  Aun  prescindiendo  del  in- 
terés de  orden  social  que  va  envuelto  en  el  examen  de  este 
hecho,  como  manifestación  de  un  criterio  de  filosofía  militante 
que  se  traduce  en  acción  y  puede  trascender  en  otras  inicia- 
tivas parecidas,  siempre  habría  en  él  el  interés  psicológico  de 
investigar  por  qué  lógica  de  ideas  ó  de  sentimientos,  por  qué 


JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


vías  de  convicción  ó  de  pasión,  ha  podido  llegarse  á  tan  con- 
tradictorio resultado:  la  personificación  indiscutida  de  la  caridad, 
expulsada  de  un  ambiente  que  no  es  sino  la  expansión  de  su 
espíritu,  por  aquellos  mismos  que  ministran  los  dones  de  la 
caridad. 

Pero  no  es  necesario  afanarse  mucho  tiempo  para  encontrar 
el  rastro  de  esa  lógica:  es  la  lógica  en  linea  recta  del  jacobi- 
nismo, que  así  lleva  á  las  construcciones  idealistas  de  Con- 
dorcet  ó  de  Robespierre  como  á  los  atropellos  inicuos  de  la 
intolerancia  revolucionaria;  y  que,  por  lo  mismo  que  sigue 
una  regularidad  geométrica  en  el  terreno  de  la  abstracción  y 
de  la  fórmula,  conduce  fatalmente  á  los  más  absurdos  extre- 
mos y  á  las  más  irritantes  injusticias,  cuando  se  la  transporta 
á  la  esfera  real  y  palpitante  de  los  sentimientos  y  los  actos 
humanos. 

III 

La  vinculación  entre  el  espíritu  de  las  instituciones  de 
beneficencia  que  la  Comisión  de  Caridad  gobierna,  y  el  sig- 
nificado histórico  y  moral  de  la  imagen  que  ella  ha  condenado 
á  proscripción,  es  tan  honda  como    manifiesta  é  innegable. 

Si  la  Comisión  de  Caridad  se  propone  apurar  el  sentido 
de  este  nombre  que  lleva  y  evoca  para  ello  la  filiación  de  la 
palabra,  fácilmente  encontrará  el  vocablo  latino  de  donde  in- 
mediatamente toma  origen;  pero  á  buen  seguro  que,  desen- 
trañando la  significación  de  este  vocablo  en  el  lenguaje  de  la 
grandeza  romana,  no  hallará  nada  que  se  parezca  á  la  íntima, 
á  la  sublime  acepción  que  la  palabra  tiene  en  la  civilización 
y  los  idiomas  de  los  pueblos  cristianos;  porque  para  que  este 
inefable  sentido  aparezca,  para  que  el  sentimiento  nuevo  á  que 
él  se  refiere  se  infunda  en  la  palabra  que  escogió,  entre  las 
que  halló  en  labios  de  los  hombres,  y  la  haga  significar  lo 
que  ella  no  había  significado  jamás,  es  necesario  que  se  kvante 
en  la  historia  del  mundo,  dividiéndola   en    dos  mitades, —  se* 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO 


parando  el  pasado  del  porvenir  con  sus  brazos  abiertos — esa 
imagen  del  mártir  venerando  que  el  impulso  del  jacobinismo 
acaba  de  abatir  de  las  paredes  del    Hospital  de  Caridad. 

La  caridad  es  creación,  verbo,  irradiación  del  fundador  del 
cristianismo.  El  sentimiento  que  levanta  hospicios  para  los 
enfermos,  asilos  para  los  menesterosos,  refugio  para  los  huér- 
fanos y  los  ancianos,  y  los  levanta  en  nombre  del  amor  que 
identifica  al  protector  y  al  socorrido,  sin  condición  de  infe- 
rioridad para  ninguno,  es — por  lo  menos  dentro  de  la  civili- 
zación y  la  psicología  histórica  de  los  pueblos  occidentales^ 
— absolutamente  inseparable  del  nombre  y  el  ejemplo  del 
reformador  á  quien  hoy  se  niega  lo  que  sus  mismos  pros- 
criptores  no  negarían  tal  vez  á  ningún  otro  de  los  grandes 
servidores  de  la  humanidad:  el  derecho  de  vivir  perdurable- 
mente— en  imagen, — en  las  instituciones  que  son  su  obra,  en 
las  piedras  asentadas  para  dar  albergue  á  su  espíritu,  en  el 
campo  de  acción  donde  se  continúa  y  desenvuelve  su  inicia- 
tiva y  su  enseñanza. 

IV 

Sentado  el  derecho  que  militaba  para  la  permanencia,  y 
militaría  para  la  reposición,  de  las  imágenes  de  Cristo,  en  las 
salas  del  Hospital  de  Caridad,  paso  á  examinar  las  conside- 
raciones con  que  el  desconocimiento  de  ese  derecho  se 
autoriza. 

Todos  sabemos  la  razón  falaz  de  libertad  y  tolerancia  que 
se  invoca  para  cohonestar  la  real  intolerancia  de  la  expulsión: 
se  habla  del  respeto  debido  á  las  creencias  ó  las  convicciones 
de  aquellos  que,  acogiéndose  á  la  protección  del  hospital,  no 
crean  en  la  divinidad  de  la  imagen  que  verían  á  la  cabecera 
de  su  lecho.  La  especiosidad  de  la  argumentación  no  resiste 
al  más  ligero  examen.  Si  de  garantizar  la  libertad  se  trata, 
impídase,  en  buenhora,  que  se  imponga  ni  sugiera  al  enfermo 
la  adoración  ó  el  culto  de  esa  imagen;  prohíbase  que  se  asocie 


10  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


á  ella  ningún  obligado  rito  religioso,  ninguna  forzosa  exte- 
rioridad de  veneración  siquiera:  esto  será  justo  y  plausible, 
esto  significará  respetar  la  inmunidad  de  las  conciencias,  es- 
to será  liberalismo  de  buena  ley  y  digno  de  sentimiento  del 
derecho  de  todos.  Pero  pretender  que  la  conciencia  de  un 
enfermo  pueda  sentirse  lastimada  porque  no  quiten  de  la  pared 
de  la  sala  donde  se  le  asiste,  una  sencilla  imagen  del  refor- 
mador moral  por  cuya  enseñanza  y  cuyo  ejemplo — convertidos 
en  la  más  íntima  esencia  de  una  civilización — logra  él,  al 
cabo  de  los  siglos,  la  medicina  y  la  piedad:  ¿quién  podrá 
legitimar  esto  sin  estar  ofuscado  por  la  más  suspicaz  de  las 
intolerancias? 

Para  que  la  simple  presencia  de  esa  efigie  sublevase  alguna 
vez  el  ánimo  del  enfermo,  sería  menester  que  las  creencias 
del  enfermo  involucrasen,  no  ya  la  indiferencia  ni  el  desvío, 
sino  la  repugnancia  y  el  odio  por  la  personalidad  y  la  doc- 
trina de  Cristo.  Demos  de  barato  que  esto  pueda  ocurrir  de 
otra  manera  que  como  desestimable  excepción.  ¿Podría  el  res- 
peto por  ese  sentimiento  personal  y  atrabiliario  de  unos  cuan- 
tos hombres  prevalecer  sobre  el  respeto  infinitamente  más  im- 
perativo, sobre  la  alta  consideración  de  justicia  histórica  y  de 
gratitud  humana  que  obliga  á  honrar  á  los  grandes  benefacto- 
res de  la  especie  y  á  honrarlos  y  recordarlos  singularmente 
allí  donde  está  presente  su  obra,  su  enseñanza,  su  legado 
inmortal?...  Fácil  es  comprender  que  si  el  respeto  á  la  opi- 
nión ajena  hubiera  de  entenderse  de  tal  modo,  toda  sanción 
glorificadora  de  la  virtud,  del  heroísmo,  del  genio,  habría  de 
refugiarse  en  el  sigilo  y  las  sombras  de  las  cosas  prohibidas. 
Los  pueblos  erigen  estatuas,  en  parajes  públicos,  á  sus  gran- 
des hombres.  Entre  los  miles  de  viandantes  que  diariamente 
pasan  frente  á  esas  estatuas,  forzosamente  habrá  muchos  que, 
por  su  nacionalidad,  ó  por  sus  doctrinas,  ó  bien  por  circuns- 
tancias y  caprichos  exclusivamente  personales,  no  participarán 
de  la  veneración  que  ha  levantado  esas  estatuas,  y  acaso  ex- 
perimentarán ante  ellas  la  mortificación  del  sentimiento  herido, 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  I  I 

de  la  convicción  contrariada.  ¿Quién  se  atrevería  á  sostener 
que  esto  podría  ser  motivo  para  que  la  admiración  y  la  gra- 
titud de  las  colectividades  humanas  se  condenasen  á  una  ri- 
dicula abstención  de  toda  forma  pública,  de  todo  homenaje 
ostensible?...  Lo  que  la  conciencia  de  un  pueblo  consagra, — 
y  aún  más  lo  que  la  conciencia  de  la  humanidad  consagra — 
como  juicio  definitivo  y  sanción  perdurable,  tendrá  siempre 
derecho  á  imponerse  sobre  toda  disonancia  individual,  para  las 
manifestaciones  solemnes  de  la  rememoración  y  la  gloria. 

Hablemos  con  sinceridad;  pensemos  con  sinceridad.  Nin- 
gún sentimiento,  absolutamente  ningún  sentimiento  respetable 
se  ofende  con  la  presencia  de  una  imagen  de  Cristo  en  las 
salas  de  una  casa  de  caridad.  El  creyente  cristiano  verá  en 
ella  la  imagen  de  su  Dios,  y  en  las  angustias  del  sufrimiento 
físico  levantará  á  ella  su  espíritu.  Los  que  no  creemos  en  tal 
divinidad,  veremos  sencillamente  la  imagen  del  más  grande  y 
puro  modelo  de  amor  y  abnegación  humana,  glorificado  donde 
es  más  oportuna  esa  glorificación:  en  el  monumento  vivo  de 
su  doctrina  y  de  su  ejemplo;  á  lo  que  debe  agregarse  todavía 
que  ninguna  depresión  y  ningún  mal,  y  sí  muy  dignificadoras 
influencias,  podrá  recibir  el  espíritu  del  enfermo  cuyos  ojos 
tropiecen  con  la  efigie  del  Maestro  sublime  por  quien  el  be- 
neficio que  recibe  se  le  aparecerá,  no  como  una  humillante 
dádiva  de  la  soberbia,  sino  como  una  obligación  que  se  le 
debe  en  nombre  de  una  ley  de  amor,  y  por  quien,  al  volver 
al  tráfico  del  mundo,  llevará  acaso  consigo  una  sugestión  per- 
sistente que  le  levante  alguna  vez  sobre  las  miserias  del 
egoísmo  y  sobre  las  brutalidades  de  la  sensualidad  y  de  la 
fuerza,  hablándole  de  la  piedad  para  el  caído,  del  perdón 
para  el  culpado,  de  la  generosidad  con  el  débil,  de  la  es- 
peranza de  justicia  que  alienta  el  corazón  de  los  hombres  y 
de  la  igualdad  fraternal  que  los  nivela  por  lo  alto. 

Es  este  criterio  y  este  sentimiento  de  honda  justicia  huma- 
na el  que  habría  debido  mantenerse  y  prevalecer  sobre  la 
suspicacia  del  recelo  anti-religioso.  Pero  el  jacobinismo,  que 


12  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


con  relación  á  los  hechos  del  presente  tiene  por  lema:  «La 
intolerancia  contra  la  intolerancia»,  tiene  por  característica, 
con  relación  á  las  cosas  y  á  los  sentimientos  del  pasado,  esa 
funesta  pasión  de  impiedad  histórica  que  conduce  á  no  mirar 
en  las  tradiciones  y  creencias  en  que  fructificó  el  espíritu  de 
otras  edades,  más  que  el  límite,  el  error,  la  negación,  y  no 
lo  afirmativo,  lo  perdurable,  lo  fecundo,  lo  que  mantiene  la 
continuidad  solidaria  de  las  generaciones,  perpetuada  en  la 
veneración  de  esas  grandes  figuras  sobrehumanas — profetas, 
apóstoles,  reveladores, — que  desde  lo  hondo  de  las  genera- 
ciones muertas  iluminan  la  marcha  de  las  que  viven,  como 
otros  tantos  faros  de  inextinguible  idealidad. 


Si  la  intolerancia  ultramontana  llegara  un  día  á  ser  go- 
bierno, mandaría  retirar  de  las  escuelas  públicas  el  retrato 
de  José  Pedro  Várela. — ¿Qué  importa  que  la  regeneración 
de  la  educación  popular  haya  sido  obra  suya?  No  modeló  su 
reforma  dentro  de  lo  que  al  espíritu  ortodoxo  cumplía;  no 
tendió  á  formar  fieles  para  la  grey  de  la  Iglesia:  luego,  su 
obra  se  apartó  de  la  absoluta  verdad,  y  es  condenable.  No 
puede  consentirse  su  glorificación,  porque  ella  ofende  á  la 
conciencia  de  los  católicos! — Esta  es  la  lógica  de  todas  las 
intolerancias. 

La  intolerancia  jacobina — incurriendo  en  una  impiedad  mu- 
cho mayor  que  la  del  ejemplo  supuesto,  por  la  sublimidad  de 
la  figura  sobre  quien  recae  su  irreverencia, — quiere  castigar 
en  la  imagen  del  redentor  del  mundo  el  delito  de  que  haya 
quienes,  dando  un  significado  religioso  á  esa  imagen,  la  con- 
viertan en  paladión  de  una  intolerancia  hostil  al  pensamiento 
libre.  Sólo  ve  en  el  crucifijo  al  dios  enemigo,  y  enceguece  para 
la  sublimidad  humana  y  el  excelso  significado  ideal  del  mar- 
tirio que  en  esa  figura  está  plasmado.  ¿Se  dirá  que  lo  que  se 
expulsa  es  el  signo  religioso,  el  icono,  la    imagen  del  dios;  y 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  1} 

no  la  imagen  del  grande  hombre  sacrificado  por  amor  de  sus 
semejantes?  La  distinción  es  arbitraria  y  casuística.  Un  cru- 
cifijo sólo  será  signo  religioso  para  quien  crea  en  la  divinidad 
de  aquel  á  quien  en  él  se  representa.  El  que  lo  mire  con  los 
ojos  de  la  razón — y  sin  las  nubes  de  un  odio  que  sería  in- 
concebible, por  lo  absurdo,  — no  tiene  porqué  ver  en  él  otra 
cosa  que  la  representación  de  un  varón  sublime,  del  más  alto 
Maestro  de  la  humanidad,  figurado  en  el  momento  del  martirio 
con  que  selló  su  apostolado  y  su  gloria.  Sólo  una  conside- 
ración fanática — en  sentido  opuesto  y  mil  veces  menos  tole- 
rable que  la  de  los  fanáticos  creyentes,— podría  ver  en  el 
crucifijo,  per  se,  un  signo  abominable  y  nefando,  donde  haya 
algo  capaz  de  sublevar  la  conciencia  de  un  hombre  libre  y 
de  enconar  las  angustias  del  enfermo  que  se  revuelve  en  el 
lecho  del  dolor. 

¿Por  qué  el  enfermo  librepensador  ha  de  ver  en  el  cruci- 
fijo más  de  lo  que  él  le  pone  ante  los  ojos:  una  imagen  que 
evoca,  con  austera  sencillez,  el  más  sublime  momento  de  la 
historia  del  mundo  y  la  más  alta  realidad  de  perfección  hu« 
manar  ¿Acaso  porque  ese  crucifijo,  puesto  en  manos  de  un 
sacerdote,  se  convierte  en  signo  é  instrumento  de  una  fe  re- 
ligiosa? Pero  no  es  en  manos  de  un  sacerdote  donde  le  verá, 
sino  destacándose  inmóvil  sobre  la  pared  desnuda,  para  que 
su  espíritu  lo  refleje  libremente  en  la  quietud  y  desnudez  de 
su  conciencia... 

VI 

De  cualquier  punto  de  vista  que  se  la  considere,  la  reso- 
lución de  la  Comisión  de  Caridad  aparece  injustificada  y  de- 
plorable. 

No  reivindica  ningún  derecho,  no  restituye  ninguna  libertad, 
no  pone  límite  á  ningún  abuso. 

Y  en  cambio  hiere  á  la  misma  institución  en  cuyo  nombre 
se  ha  tomado    ese  acuerdo;  quitando    de  ella  el    sello  visible 


14  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


que  recordaba  su  altísimo  fundamento  histórico:  que  insusti- 
tuiblemente concretaba  el  espíritu  del  beneficio  que  allí  se 
dispensa,  en  nombre  de  una  ley  moral  que  no  ha  dejado  de 
ser  la  esencia  de  nuestra  civilización,  de  nuestra  legislación 
y  de  nuestras  costumbres.  Y  hiere  á  la  conciencia  moral,  in- 
teresada en  que  no  se  menoscabe  ni  interrumpa  el  homenaje 
debido  á  las  figuras  venerandas  que  son  luz  y  guía  de  la 
humanidad;  homenaje  que  si  es  un  esencialísimo  deber  de 
justicia  y  gratitud  humana,  es,  además,  para  la  educación  de 
las  muchedumbres,  un  poderoso  medio  de  sugestión  y  de  en- 
señanza objetiva;  lo  mismo  cuando  se  encarna  en  los  bronces 
y  los  mármoles  erigidos  en  la  plaza  pública,  que  cuando  se 
manifiesta  por  la  efigie  colgada  en  las  paredes  de  la  escuela, 
del  taller,  de  la  biblioteca  ó  del  asilo:  de  toda  casa  donde  se 
trabaje  por  el  bien  ó  la  verdad. 

Esto  es  lo  que  sinceramente  siento  sobre  el  punto  que 
usted  somete  á  mi  consideración;  esto  es  lo  que  yo  propon- 
dría á  la  meditación  de  todos  los  espíritus  levantados  sobre 
los  fanatismos  y  las  intolerancias. 

Haga  usted  de  esta  carta  el  uso  que  le  parezca  bien,  y 
créame  su  afectísimo  amigo. 


José  Enrique  Rodó. 


CONTRARRÉPLICAS 


(PUBLICADAS  EN  «  LA  RAZÓN  »,  CON  MOTIVO   DE  LA    CONFERENCIA  DADA 

POR  EL  DOCTOR   DON   PEDRO  DÍAZ,  EN  EL  «  CENTRO  LIBERAL  », 

EL  DÍA   14  DE  JULIO,  REFUTANDO  LAS  IDEAS   EXPUESTAS 

EN   LA    CARTA    ANTERIOR  ) 


Esperaba  con  interés  la  publicación  de  la  conferencia  que 
el  doctor  don  Pedro  Díaz  consagró  á  refutar  mi  crítica  de  la 
expulsión  de  los  crucifijos,  de  las  salas  del  Hospital  de 
Caridad. — No  se  mezclaba  á  ese  interés  el  propósito  precon- 
cebido de  contrarreplicarle,  y  hasta  deseaba  que  mi  partici- 
pación personal  en  la  agitación  de  ideas  promovida  alrede- 
dor de  tan  sonado  asunto,  quedara  terminada  con  la  exposi- 
ción serena  de  mi  juicio. 

No  es  que  no  sea  para  mí  un  placer  quebrar  una  lanza 
con  inteligencia  tan  reflexiva  y  espíritu  tan  culto  como  los- 
que  me  complazco  en  reconocer,  desde  luego,  en  mi  adversa- 
rio de  ocasión;  pero  confieso  que,  un  tanto  desengañado  so- 
bre la  eficacia  virtual  de  la  polémica  como  medio  de  aquilatar 
y  depurar  ¡deas,  me  hubiera  contentado  con  dejar  persistir,, 
frente  á  frente,  mi  argumentación  y  su  réplica,  para  que, 
por  su  sola  virtud,  se  abrieran  camino  en  los  espíritus  dota- 
dos de  la  rara  cualidad  de  modificar  sinceramente  sus  juicios 
ó  prejuicios  por  la  influencia  del  raciocinio  ajeno. 

Pero,  por  otra  parte,  el  grave  mal  de  estas  disputas  sobre 
puntos  de  índole  circunstancial  y  transitoria,    es    que    en  sus- 


i6 


JOSÉ    ENRIQUE    R 


proyecciones  quedan  casi  siempre  envueltos  puntos  mucho 
más  altos,  de  interés  imperecedero  y  esencia!,  que  las  con- 
veniencias accidentales  del  polemista  resuelven  en  el  sentido 
más  favorable  á  su  tesis  del  momento;  propendiéndose  con 
frecuencia  así  á  deformar  la  verdad,  á  arraigar  la  mentira 
histórica,  á  fomentar  sofismas  perniciosos  y  enormes  injusti- 
cias, que  acaso  quedan  flotando  en  el  aire  y  se  fijan  luego 
€n  las  asimilaciones  inconscientes  del  criterio  vulgar,  como  el 
único  y  deplorable  rastro  de  estas  escaramuzas  efímeras.  — No 
es  otro  el  interés  que  me  mueve  á  no  dejar  sin  contrarré- 
plica la  refutación  á  que  aludo. 

Me  detendré  ante  todas  las  fases  de  la  cuestión,  que  enca- 
ra el  doctor  Díaz,  y  aun  ante  algunas  otras;  y  le  seguiré, 
paso  á  paso,  en  todas  las  evoluciones  y  los  giros  y  las  vuel- 
tas y  revueltas  de  su  habilidosa  argumentación;  por  lo  cual 
ha  de  disculpárseme  de  antemano  si  abuso,  con  más  exten- 
sión y  por  más  días  que  fuera  mi  deseo,  de  la  afectuosa  hos- 
pitalidad de  este  diario. 

Libre  de  toda  vinculación  religiosa,  defiendo  una  gran  tra- 
dición humana  y  un  alto  concepto  de  la  libertad. 

No  miro  á  mi  alrededor  para  cerciorarme  de  si  está  con- 
migo la  multitud  que  determina  el  silent  vote  de  la  opinión  y 
que  determinaría  el  si  ó  el  no  en  un  plebiscito  de  liberales. 
Me  basta  con  perseverar  en  la  norma  de  sinceridad  invaria- 
ble, que  es  la  única  autoridad  á  que  he  aspirado  siempre 
para  mi  persona  y  mi  palabra.  Recuerdo  que,  cuando  por 
primera  vez  tuve  ocasión  de  hablar  en  una  reunión  política, 
en  vísperas  de  elecciones  y  con  la  consiguiente  exaltación  de 
los  ánimos,  fué  para  decir  á  la  juventud  en  cuyo  seno  me 
encontraba,  que  mi  partido  debía  ceder  el  poder  si  caía  ven- 
cido en  la  lucha  del  sufragio.  Tal  manifestación,  hecha  en 
días  de  gran  incertidumbre  electoral  y  en  un  ambiente  de 
apasionamientos  juveniles,  no  era  como  para  suscitar  entu- 
siasmos, y  á  los  más  pareció,  cuando  menos,  inoportuna; 
pero  no  pasó  mucho  tiempo  sin  que  pudiese    comprobar  que 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  1 7 

más  de  uno  de  los  que  se  acercaran  á  censurármelo  en  aquel 
momento,  se  había  habituado  á  escuchar  'sin  escándalo,  y 
aun  á  reconocer  por  sí  mismo,  que  la  conservación  del  po- 
der debía  plantearse  en  el  terreno  franco  y  llano  del  dere- 
cho.— El  más  seguro  camino,  no  ya  para  la  aprobación  in- 
terior, sino  también  para  el  triunfo  definitivo,  es  el  de  de- 
cir la  verdad,  sin  reparar  en  quién  sea  el  favorecido  ocasio- 
nalmente por  la  verdad;  y  nunca  habrá  satisfacción  más 
intensa  para  la  conciencia  leal,  que  cuando  se  le  presente 
oportunidad  de  proclamar  la  razón  que  asiste  del  lado  de 
las  ideas  qne  no  se  profesan,  y  de  defender  el  derecho  que 
radica  en  el  campo  donde  no  se  milita. 

Dicho  esto,  entremos,  sin  más  dilaciones,  en  materia. 


Los  orígenes   históricos  de  la  caridad 

Afirmé  en  mi  carta,  y  repito  y  confirmo  ahora,  que  la  vin- 
culación entre  el  espíritu  de  las  casas  de  beneficencia  y  el 
significado  de  la  imagen  que  ha  sido  expulsada  de  su  seno, 
es  tan  honda  como  manifiesta  é  innegable;  que  Jesús  es  en 
nuestra  civilización,  y  aun  en  el  mundo,  el  fundador  de  la 
caridad;  que  por  él  este  nombre  de  caridad  tomó  en  labios 
de  los  hombres  acepción  nueva  y  sublime;  y  que  son  su 
enseñanza  y  su  ejemplo  los  que,  al  cabo  de  los  siglos, 
valen  para  el  enfermo  la  medicina  y  la  piedad. 

El  estimable  conferenciante  desconoce  rotundamente  todo 
esto;  sostiene  que  «no  es  por  la  idea  ni  por  el  sentimiento  cris- 
tiano por  lo  que  el  hombre  socorre  al  hombre»;  califica  de 
falso  mi  concepto  de  la  personalidad  de  Jesús,  y  añade  que 
este  concepto  importa  atribuir  al  fundador  del  cristianismo, 
en  la  historia  de  la  humanidad,  una  significación  que  «la 
ciencia»  (asi  dice)  le  niega  en   absoluto. 


JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


Escuchemos  la  severa  palabra  de  la  ciencia.  La  ciencia  nos  ' 
opone,  por  labios  del  doctor  Díaz,  un  argumento  deductivo  y 
copiosos  argumentos  históricos.  El  argumento  deductivo  con- 
siste en  inferir  que  siendo  las  revoluciones  morales  y  sociales 
la  obra  impersonal  de  las  fuerzas  necesarias  ■  que  se  desen- 
vuelven, con  el  transcurso  del  tiempo,  en  el  seno  de  las  so- 
ciedades humanas,  importa  una  anomalía  inaceptable  atribuir 
la  iniciativa  de  un  nuevo  sentimiento  moral  á  la  inspiración 
personalísima  de  un  hombre:  cosa  que,  de  ser  cierta,  inva- 
diría la  esfera  del  milagro  y  confirmaría  para  Cristo  la 
naturaleza,  que  le  negamos,  de  Dios. 

No  se  necesita  mucho  esfuerzo  para  mostrar  !a  inconsis- 
tencia de  tal  razonamiento,  aun  colocándose  dentro  del  cri- 
terio histórico  que  más  lo  favorezca.  Porque  sin  menoscabar 
la  acción  de  las  fuerzas  necesarias  que  presiden  á  la  evolu- 
ción de  las  sociedades  y  preparan  en  su  oscuro  laboratorio 
los  resultados  ostensibles  de  la  historia  humana,  cabe  perfec- 
tamente valorar  la  misión  histórica  y  la  originalidad  de  las 
grandes  personalidades  que,  con  carácter  de  iniciadores  y  re- 
formadores, aparecen  personificando  en  determinado  momento 
los  impulsos  enérgicos  de  innovación;  aunque  su  obra  haya 
sido  precedida  por  un  largo  proceso  de  preparación  lenta  é 
insensible,  y  aunque  la  acción  del  medio  en  que  actúan  cola- 
bore inconscientemente  con  ellas  para  el  triunfo  que  se  ma- 
nifiesta como  exclusiva  conquista  de  su    superioridad. 

Por  mucho  que  se  limitase  la  jurisdicción  de  la  voluntad  y 
el  pensamiento  personales;  por  mucho  que  se  extremara  la 
concepción  determinista  de  la  historia,  nunca  podría  llegarse 
á  anular  el  valor  de  aquellos  factores  hasta  el  punto  de  que 
no  fuera  lícito  á  la  posteridad,  en  sus  rememoraciones  y  san- 
ciones, vincular  á  un  nombre  individual  la  gloria  máxima  de 
una  iniciativa,  la  inspiración  capital  de  una  revelación,  el  mérito 
superior  de  una  reforma. — La  invención  personal,  en  la  esfera 
de  las  ideas  morales,  representa  una  realidad  tan  positiva  é 
importante — según  ha  mostrado  Ribot  en  su  análisis  de  la  ima- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO 


!9 


ginación  creadora, — como    en    el   terreno  de  la  ciencia  ó  del 
arte,  (i) 

Pero  hay  más:  para  atribuir  á  Jesús  la  fundación  de  la 
moral  caritativa,  no  sólo  no  se  requiere  desconocer  las  fuer- 
zas históricas  que  obren  por  encima  de  la  personalidad  huma- 
na para  producir  los  movimientos  morales  y  sociales,  sino  que 
no  es  necesario  desconocer  siquiera  los  precedentes,  más  ó 
menos  directos  y  eficaces,  que  aquella  moral  haya  tenido  dentro 
mismo  de  la  conciencia  y  la  acción  personal  de  los  hombres. 
El  doctor  Díaz  refuerza  su  argumento  deductivo  con  abundantes 
citas  históricas  para  demostrarnos  que  el  sentimiento  de  la 
caridad  ha  existido  en  el  mundo  desde  mucho  antes  de  Jesús; 
y  que  ya  entendían  de  caridad  Confucio,  Buda,  Zoroastro  y 
Sócrates  y  cien  otros.  Muy  pronto  desvaneceremos  la  ilusión 
que  pueda  cifrar  el  doctor  Díaz  en  estos  recursos  de  su  erudi- 
ción histórica,  v  reduciremos  á  su  verdadero  valor  la  congruen- 
cia y  oportunidad  de  tales  citas.  Pero  aceptándolas  provisio- 
nalmente, y  concediendo  que  fuesen  exactas  y  oportunas,  ellas 
no  serían  un  motivo  para  que  Jesús  no  pudiera  ser  llamado, 


(i)  «En  <*1  origen  délas  civilizaciones  se  encuentran  personajes semi- 
«  históricos  y  semi-legendarios  (Manú,  Zoroastro,  Moisés,  Confucio, 
«  etc.),  que  han  sido  inventores  ó  reformadores  en  el  orden  social  y 
«  moral.  Que  una  parte  de  la  invención  que  se  les  atribuye  es  debida 
«  á  sus  predecesores  y  á  sus  sucesores,  es  evidente,  pero  la  invención, 
«  sea  quien  quiera  el  autor,  no  es  por  eso  menos  cierta.  Hemos  dicho 
«  en  otra  parte,  y  se  nos  permitirá  repetirlo  ahora,  que  esta  expresión 
«  inventores  aplicada  á  la  moral,  podrá  parecer  extraña  á  algunos,  por- 
«  que  están  imbuidos  por  la  hipótesis  de  un  conocimiento  del  bien  y  del 
«  mal  innato,  universal,  compartido  por  todos  los  hombres  y  en  todos 
«  los  tiempos  Si  se  admite,  por  el  contrario,  como  lo  impone  la 
«  observación,  no  una  moral  hecha  de  antemano,  sino  una  moral  que 
«  se  va  haciendo  poco  á  poco,  preciso  es  que  sea  la  creación  de  un 
«  individuo  ó  de  un  grupo  »  (Ribot,  Ensayo  sobn  la  imaginación  crea- 
dora, tercera  parte,  cajr» .  VID . 


20  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


en  el  sentido  usual  de  este  género  de  calificaciones  históricas, 
el  fundador  de  la  caridad  en  el  mundo.  El  mismo  argumento 
que  invocaba  el  doctor  Díaz  para  resistirse  á  aceptar  que  la 
moral  del  cristianismo  haya  significado  tan  excepcional  vuelco 
de  ideas;  su  mismo  argumento  de  que  no  hay  obra  humana 
sin  preparación  y  antecedentes,  determinaría  el  significado  de 
las  relaciones  que  pudieran  encontrarse,  en  la  historia  anterior 
al  cristianismo,  con  la  obra  de  Jesús.  No  hay  obra  humana 
sin  preparación  y  antecedentes;  y  sin  embargo  de  ello,  hay  y 
habrá  siempre,  para  el  criterio  de  la  historia,  iniciadores,  fun- 
dadores, hombres  que  resumen  en  sí  el  sentido  de  largos  es- 
fuerzos colectivos,  la  originalidad  de  una  reforma  social,  la 
gloria  de  una  revolución  de  ideas. 

Cuatro  siglos  antes  de  que  Lutero  quemase  en  la  plaza  de 
Witenberg  las  bulas  de  León  X,  habían  rechazado  los  albi- 
genses  la  autoridad  del  pontífice  romano  y  sostenido  la  única 
autoridad  de  las  Escrituras;  largos  años  antes  de  Lutero, 
habían  sido  arrojadas  al  Tíber  las  cenizas  de  Arnaldo  de  Brescia, 
y  había  perecido  Juan  Huss  por  la  libertad  de  la  conciencia 
humana.  Pero  Lutero  es  y  será  siempre  ante  la  justicia  de 
los  siglos  el  fundador  de  la  reforma  religiosa. 

Varias  generaciones  antes  de  que  Sócrates  platicase  de 
psicología  y  de  moral  con  los  ciudadanos  de  Atenas,  había 
filosofado  Tales,  y  Pitágoras  había  instituido  su  enseñanza 
sublime,  y  habían  razonado  los  atomistas  y  habían  argumen- 
tado los  eléatas;  pero  Sócrates  es  y  será  siempre  en  la  memo- 
ria de  la  posteridad    el    fundador    del  pensamiento   filosófico. 

Mucho  tiempo  antes  de  que  Colón  plantase  en  la  playa  de 
Guanahani  el  estandarte  de  Castilla,  los  marinos  normandos 
habían  llegado  con  sus  barcos  de  cuero,  no  ya  á  las  costas 
del  Labrador  y  de  Terranova,  sino  á  las  mismas  tierras  donde 
hoy  se  levantan  las  más  populosas,  más  opulentas  y  más 
cultas  ciudades  de  la  civilización  americana;  pero  Colón  es  y 
será  siempre  ante  la  conciencia  de  la  historia  el  descubridor 
del  Nuevo  Mundo. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  21 

Más  de  un  sigio  antes  de  que  la  Revolución  del  89  procla* 
mará  el  principio  de  la  soberanía  popular  y  realizase  la  forma 
republicana,  los  puritanos  de  Inglaterra  habían  reivindicado 
los  derechos  del  pueblo,  y  el  trono  de  los  Estuardos  había 
precedido  en  la  caída  al  de  los  Borbones;  y  á  pesar  de  ello, 
la  Revolución  del  89  es  el  pórtico  por  donde  la  sociedad 
moderna  pasa  del  ideal  del  absolutismo  monárquico  al  ideal 
de  las  instituciones  libres. 

Siempre  habrá  un  precedente  que  invocar,  un  nombre  que 
anteponer,  una  huella  que  descubrir,  en  el  campo  de  las  más 
audaces  creaciones  de  los  hombres;  pero  las  sanciones  de  la 
justicia  humana  no  se  atendrán  jamás  al  criterio  que  parta  der 
rigor  de  estos  fariseísmos  cronológicos, — miserables  cuestiones 
de  prioridad,  cuyo  sentido  se  disipa  en  la  incertidumbre 
crepuscular  de  todos  los  orígenes.  La  predilección  en  el  re- 
cuerdo, la  superioridad  en  la  gloria,  no  serán  nunca  del  que 
primero  vislumbra  ó  acaricia  una  idea,  del  que  primero  prueba 
traducirla  en  palabras  ó  intenta  comunicarle  el  impulso  de  la 
acción;  sino  del  que  definitivamente  la  personifica  y  consagra: 
del  que  la  impone  á  la  corriente  de  Tos  siglos:  del  que  la 
convierte  en  sentido  común  de  las  generaciones:  del  que  la 
entraña  en  la  conciencia  de  la  humanidad,  como  la  levadura 
que  se  mezcla  en  la  masa  y  la  hace  crecer  con  su  fermento  y 
le  da  el  punto  apetecido. 

Por  lo  demás,  si  existe  originalidad  humana,  no  que  excluya 
todo  precedente,  pero  sí  que  se  encuentre  en  desproporción 
con  los  precedentes  que  puedan  señalársele,  es  sin  duda  la 
originalidad  de  !a  persona  y  la  obra  de  Jesús.  El  entusiasta 
conferenciante  manifiesta  extrañar,  por  honor  de  la  humanidad, 
que  se  acepte  que  en  las  civilizaciones  anteriores  á  Cristo  el 
sentimiento  de  la  caridad  no  fuera  conocido  y  practicado  en- 
fermas tan  altas,  por  lo  menos,  como  las  que  ha  realizado  la 
enseñanza  cristiana.  La  extrañeza  es  absurda  en  quien  tanto 
habla  de  fuerzas  que  gobiernan  la  historia  por  determinismo 
y  evolución.    Lo  que  implicaría    un    concepto    evidentemente 


22  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


contradictorio  con  toda  idea  de  evolución  y  determinismo, 
sería  imaginar  que  la  razón  humana  ha  podido  levantarse, 
desde  el  primer  instante  de  su  desenvolvimiento,  á  la  con- 
cepción de  la  moral  más  alta,  y  que  la  idea  del  deber  no  ha 
necesitado  pasar  por  adaptaciones  y  modificaciones  correlati- 
vas con  los  caracteres  del  medio,  la  raza  y  los  demás  com- 
plejos factores  de  la  historia,  antes  de  llegar  á  la  moral  que 
constituye  el  espíritu  de  nuestra  civilización. 

Pero  entremos  á  examinar  menudamente  el  valor  que  tengan 
las  citas  históricas  del  doctor  Díaz,  en  relación  con  nuestro 
asunto.  Tal  será  el  tema  del  artículo  siguiente. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  2} 


II 

Los  orígenes  históricos  de  la  caridad 


(Continuación) 


¿Cuál  deberá  ser  el  criterio  para  graduar  la  oportunidad  y 
eficacia  de  las  citas  con  que  se  disputa  á  Jesús  la  originalidad 
de  la  moral  caritativa  y  el  derecho  á  ser  glorificado  en  pri- 
mer término  por  ella? — El  criterio  no  puede  ser  otro  que  el 
de  aquilatar  la  influencia  que  las  doctrinas  y  los  nombres 
citados  representen  en  la  obra  de  difundir  y  realizar  aquella 
moral,  con  anterioridad  á  Jesús.  Y  como  ninguna  sociedad 
humana  está  obligada  á  tributar  agradecimiento  ni  gloria  por 
beneficios  de  que  no  ha  participado,  debe  agregarse  como 
condición  que  el  alcance  de  tales  influencias  llegue,  directa 
ó  indirectamente,  á  la  sociedad  que  ha  de  rememorarlas  y 
glorificarlas.  De  donde  se  sigue  que  la  cuestión  queda  lógi- 
camente reducida  á  investigar  los  orígenes  del  sentimiento  de 
la  caridad  en  cuanto  se  relacionen  con  la  civilización  de  cuyo 
patrimonio  y  espíritu  vivimos:  la  civilización  que,  tomando  sus 
moldes  últimos  y  persistentes  en  los  pueblos  de  la  Europa 
occidental,  tiene  por  fundamentos  inconcusos:  la  obra  griega 
y  romana,  por  una  parte;  la  revolución  religiosa  en  que  cul- 
minó el  cometido  histórico  del  pueblo  hebreo,  por  la  otra. 

No  negará  el  doctor  Díaz  que  ésta  es  la  manera  como  de- 
ben encararse  los  títulos  históricos  que  se  pongan  frente  á  los 
de  Jesús;  porque  de  lo  contrario,  si  se  admitiera  que  la  simple 
prioridad  cronológica,  fuera  de  todo  influjo  real,  determinase 
derecho  preferente  para  la  apoteosis,  llegaríamos  á  la  conclu- 
sión de  que,  resuelto  un  día  el  problema  de  la  comunicación 
interplanetaria  y    averiguándose  que  en  Marte  ó    en  Saturno 


24  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


empezó  á  existir  antes  que  en  la  Tierra  una  especie  racional 
capaz  de  virtudes  y  heroísmos,  la  humanidad  debería  posponer 
la  glorificación  de  sus  apóstoles  y  sus  héroes  á  la  de  los  héroes 
y  los  apóstoles  saturninos  ó  marcianos. 

Establecido,  pues,  el  criterio  con  que  procederemos,  ha  de 
permitirnos,  ante  todo,  nuestro  ilustrado  contendor,  que  pon- 
gamos un  poco  de  orden  en  la  sucesión  tumultuosa  de  sus 
citas,  disponiéndolas  con  arreglo  á  cierta  norma,  que,  á  falta 
de  otra  menos  empírica,  será  la  de  su  correspondencia  geo- 
gráfica de  Oriente  á  Occidente.  Y  ha  de  permitirnos  también 
que  comenzando,  según  este  orden,  por  Confucio,  le  negue- 
mos resueltamente  el  pasaporte,  con  todo  el  respeto  debido  á 
tan  majestuosa  personalidad.  Del  lado  de  Confucio  no  es 
posible  que  haya  venido,  para  la  civilización  europea,  ni  frío 
ni  calor,  ni  luz  ni  sombra.  Ninguna  suerte  de  comunicación 
espiritual,  ninguna  noticia  positiva  siquiera,  habían  fijado  la 
idea  de  la  China  en  el  espíritu  de  Europa,  antes  de  los  via- 
jeros del  Renacimiento.  Era  aquella  una  tierra  de  leyenda, — 
la  Sérica  de  los  antiguos,  la  Catay  semisoñada  de  Marco 
Polo.  Apenas  cuando  los  navegantes  portugueses  llegaron  á 
las  extremidades  orientales  del  Asia,  comenzó  á  abrirse  á  las 
miradas  del  mundo  el  espectáculo  de  ese  pueblo  que  había 
permanecido  por  millares  de  años  en  inviolada  soledad,  tan 
ajeno  á  los  desenvolvimientos  convergentes  y  progresivos  de 
la  historia  humana  como  lo  estaría  la  raza  habitadora  de  un 
planeta  distinto.  ¿Por  qué  grietas  de  la  famosa  muralla  ha 
podido  filtrarse  un  soplo  del  aire  estagnado  dentro  de  aquella 
inmensa  sepultura,  para  infundirse  en  el  espíritu  de  otras 
civilizaciones  y  concurrir  á  formar  el  sentido  moral  de  la 
humanidad?... — Convengamos  en  que  esta  piadosa  evocación 
de  la  geta  mongola  de  Confucio  no  pasa  de  ser  un  exceso  de 
dilettantismo  chinesco. 

Tras  de  Confucio,  sale  á  luz  la  fisonomía,  menos  pavorosa,, 
de  Buda.  Nos  encontramos  en  presencia  de  un  ideal  moral 
realmente  alto  y  en  algunos  respectos    no  inferior,  sin  dudar 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  2J 

al  cristianismo.  Nos  encontramos  además  en  un  mundo  que, 
del  punto  de  vista  étnico,  puede  considerarse  más  vinculado 
al  origen  de  los  pueblos  occidentales  que  el  propio  mundo  de 
Jesús.  Y  con  todo,  ¿cuáles  la  influencia  histórica  positiva  del 
budismo  en  la  elaboración  del  espíritu  de  la  civilización  cris- 
tiana? 

Absolutamente  ninguna.  La  religión  de  Sakia-Muni,  expul- 
sada, no  bien  nacida,  de  su  centro  por  la  persecución  de  la. 
ortodoxia  brahmánica,  se  extiende  hacia  el  oriente  y  hacia  el 
norte,  sigue  una  trayectoria  enteramente  opuesta  á  la  que 
hubiera  podido  llevarla  al  gran  estuario  de  ideas  de  Occidente, 
y  queda  así  sustraída  á  la  alquimia  de  que  resultó  nuestra 
civilización.  Si  algún  esfuerzo  hace  el  budismo  para  temar  el 
rumbo  de  las  remotas  emigraciones  de  los  arias,  ante  la  cer- 
tidumbre histórica  ese  esfuerzo  no  pasa  de  manifestaciones 
oscuras  y  dispersas.  Si  ecos  menos  vagos  de  su  espíritu  cabe 
sospechar  en  alguna  de  las  sectas  gnósticas  de  los  primeros 
tiempos  cristianos,  los  ecos  se  disipan  con  ellas.  Es  menester 
que  muchos  siglos  transcurran,  y  que  el  maravilloso  sentido 
histórico  del  siglo  XIX  despeje  el  enigma  multisecular  de  esa 
India,  que  no  había  sido  hasta  entonces  en  la  imaginación 
europea  más  que  una  selva  monstruosa, — para  que  el  foco  de 
infinito  amor  y  de  melancólica  piedad  que  había  irradiado  en  la 
palabra  del  Buda  se  revele  á  la  conciencia  de  Occidente  con 
su  poética  y  enervante  atracción,  suscitando  en  el  pensamiento 
germánico  las  congeniales  simpatías  que  llevaron  el  espíritu 
de  Schopenhauer  al  amor  del  loto  de  Oriente  é  indujeron  á 
Hartmann  á  buscar  en  el  desesperanzado  misticismo  del  solita- 
rio de  Urulviva  el  germen  probable  de  la  futura  religión  de 
los  hombres  (i). 


(i)  Las  conjeturas  de  Hartmann  sobre  el  porvenir  de  la  evolución 
religiosa  no  excluyen  de  este  porvenir  la  persistencia  de  elementos 
cristianos,  ni  impiden  que  el  filósofo  del  pesimismo  reconozca  explíci- 
tamente que  la  preponderancia  y  el  sentido  progresivo  de  la  civiliza- 


26  JOSÉ-  ENRIQUE    RODÓ 

Queda  cerrado  el  atajo  de  Sakia-Muni. — Sigamos  adelante. 
Henos  aquí  en  plena  Persia,  ante  el  formidable  Zarathustra 
de  Nietzche,  ó  el  Zoroastro  de  la  denominación  vulgar. — 
«¿Cómo  hablaba  Zarathustra?»  Según  el  doctor  Díaz,  de  manera 
no  menos  alta  y  generosa  que  Jesús.  Démoslo  de  barato  y 
vamos  á  lo  pertinente:  ¿ha  trascendido  de  allí  al  espíritu  de 
nuestra  civilización  una  influencia  positiva  que  menoscabe  la 
originalidad  de  nuestra  ley  moral? — Este  es,  sin  duda,  un 
campo  histórico  más  fronterizo  que  los  de  Buda  y  Confucio, 
con  los  orígenes  de  la  civilización  cristiana.  Admitamos  sin 
dificultad  que  el  ambiente  de  la  religión  de  la  Persia,  respi- 
rado por  los  profetas  durante  el  cautiverio,  haya  suministrado 
elementos  teológicos  y  morales  á  la  elaboración  del  mesianismo 
judío.  Concedamos  también  que,  fuera  de  esa  vía  de  comuni- 
cación, el  espíritu  occidental  haya  podido  asimilarse,  por 
intermedio  de  la  cultura  helénica,  partículas  que  procedan  del 
contenido  ideal  del  mazdeísmo;  sea  desde  los  viajes  más  ó 
menos  legendarios  de  Pitágoras,  sea  desde  las  expediciones 
de  Alejandro.  ¿Quién  es  el  que  se  atrevería  á  precisar,  aun 
así,  la  vaguedad  incoercible  de  estas  infiltraciones  históricas, 
úe  aquellas  que  no  faltan  jamás  ni  alrededor  de  la  obra  de 
más  probada  espontaneidad;  y  quién  podría  demostrar,  sobre 
todo,  que  ellas   se  relacionan   con  el    sentimiento  moral  cuya 


ción  occidental  se  deben  á  la  superioridad  de  la  filosofía  cristiana,  en 
cuanto  afirma  la  realidad  del  mundo,  sobre  el  idealismo  nihilista  que  ha 
detenido  la  evolución  de  los  arias  asiáticos.  Para  Hartmann  la  fórmula 
religiosa  del  porvenir  será  una  síntesis  del  desenvolvimiento  religioso 
ariano  y  el  semítico,  del  budismo  y  el  cristianismo;  sólo  que  concede 
marcada  preferencia  al  primero,  por  entender  que  el  panteísmo  es  una 
concepción  más  conciliable  con  la  idea  científica  del  mundo  que  el 
deísmo  personal  trascendente,  y  por  creer  en  las  ventajas  del  pesimis- 
mo, como  fundamento  ético,  sobre  el  espíritu,  optimista  en  definitiva, 
déla  moral  judeo-cristiana.  Véase  Hartmann,  La  religión  del  porvenir, 
capítulos  VIH  y  IX. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  2~J 

procedencia  discutimos  y  que  se  relacionan  hasta  el  punto  de 
determinar  una  influencia  capaz  de  considerarse  como  valor 
histórico  estimable  y  de  pesar  en  las  sanciones  de  la  posteri- 
dad?— Por  otra  parte,  ó  esta  cuestión  no  existe,  ó  se  reduce 
á  la  de  la  originalidad  de  la  obra  de  Jesús  con  relación  al 
testamento  antiguo  y  á  la  moral  de  los  filósofos  griegos:  úni- 
cos puentes  posibles  entre  el  espíritu  del  reformador  de  la 
Bactriana  y  la  conciencia  de  la  moderna  civilización.  Ningún 
otro  influjo  autoriza  á  incluir  la  moral  del  mazdeísrno  entre 
los  precedentes  de  la  moral  que  profesamos.  La  religión  del 
Zend-Avesta,  no  sólo  perdió  en  Maratón  y  Salamina  la  fuerza 
necesaria  para  propagarse  é  influir  en  los  destinos  del  mundo, 
sino  que  ni  aun  supo  persistir  dentro  de  sus  propias  fronteras, 
y  fué  barrida  de  ellas  al  primer  empuje  de  proselitismo  del 
Corán,  para  arrinconarse  en  las  semi-ignoradas  regiones  donde 
aún  prolonga  su  lánguida  agonía. — La  evocación  de  Zoroas- 
tro  no  tiene,  pues,  más  oportunidad  que  la  de  Confucio  y 
Buda. 

Análogas  razones  invalidan  la  cita  del  Egipto,  cuya  inter- 
vención veneranda  negocia  también  el  distinguido  orador, 
para  que  le  auxilie  con  la  moral  del  Libro  de  los  muertos. — ■ 
Aquí  el  contacto  es  evidente,  por  ambas  faces  de  los  oríge- 
nes cristianos:  evidente  el  contacto  del  pueblo  de  Israel  con 
el  imperio  de  los  Faraones,  y  por  tanto  muy  presumible  la 
influencia  de  la  tradición  egipcia  en  el  espíritu  de  la  ley  mo- 
saica; y  evidente  el  contacto  del  pensamiento  griego,  desde 
Pitágoras  ó  desde  antes  de  Pitágoras,  con  la  enseñanza  de 
los  sacerdotes  del  Nilo.  Pero  estas  vinculaciones  quedan 
incluidas  entre  las  de  la  doctrina  de  Jesús  con  la  antigüedad 
hebrea  y  helénica,  punto  que  hemos  de  considerar  en  breve 
llevados  por  los  pasos  de  nuestro  replicante.  Si  Cristo  se 
relaciona  con  los  adoradores  de  Osiris,  será  por  intermedio 
de  Moisés;  y  si  el  cristianismo  primitivo  se  asimila  elementos 
de  procedencia  egipcia  será  por  intermedio  de  los  pensadores 
griegos,  y  singularmente    del    neo-platonismo    de    Alejandría. 


28  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


Lo  que  cabe  preguntar  desde  luego  es  si  la  originalidad  y 
virtud  de  la  moral  cristiana,  como  ley  de  amor  extendida  á 
todos  los  hombres,  ha  podido  venir  del  seno  del  Libro  de  los 
muertos;  y  para  esta  pregunta  la  respuesta  negativa  se  impone 
con  absoluta  certidumbre,  siendo  indudable  que  lo  que  la 
tradición  de  los  egipcios  haya  proporcionado  para  la  consti- 
tución del  dogma  cristiano,  podrá  referirse  á  la  parte  teoló- 
gica ó  teogónica,  pero  nunca  al  espíritu  y  la  expansión  de  la 
moral,  que  aquel  pueblo  de  formulistas  y  canonistas,  con  su 
inmovilidad  hierática  y  su  egoismo  desdeñoso  y  estrecho,  ja- 
más hubiera  sido  capaz  de  infundir,  por  su  propia  eficacia, 
en  el  organismo  de  una  fe  apta  para  propagarse  é  imponerse 
al  mundo. 

Vea,  pues,  nuestro  estimable  antagonista  cómo  podíamos 
habernos  ahorrado  este  paseo  por  Oriente.  No  es  en  aquellas 
civilizaciones  donde  se  encendió,  para  la  nuestra,  el  fuego  de 
la  caridad.  No  será  allí  donde  sea  posible  hallar  argumentos 
que  menoscaben  la  grandeza  de  la  obra  de  Jesús  ni  la  ori- 
ginalidad de  su  moral,  como  títulos  para  nuestra  gratitud  y 
glorificación. — Y  esta  razón  decisiva  nos  exime  de  entrar  en 
argumentos  de  otro  orden,  y  juzgar  el  árbol  por  sus  frutos, 
según  enseña  el  Evangelio:  el  valor  de  la  doctrina  por  los 
resultados  de  la  aplicación;  y  mostrar  á  la  China  de  Confucio 
momificada  en  el  culto  inerte  de  sus  tradiciones;  al  Tibet  y 
la  Indo-China  de  Buda  durmiendo,  bajo  el  manzanillo  del 
Nirvana,  el  sueño  de  la  servidumbre;  á  la  Persia  de  Zoroas- 
tro  olvidada  de  su  originalidad  y  su  grandeza,  para  echarse 
á  los  pies  del  islamismo;  y  á  la  Europa  y  la  América  de 
la  civilización  cristiana,  manteniendo  en  alto  la  enseña  capi- 
tana del  mundo  sobre  quinientos  millones  de  hombres,  forta- 
lecidos por  la  filosofía  de  ia  acción,  de  la  esperanza  y  de  la 
libertad. 

Mañana  relacionaremos  la  idea  cristiana  de  la  caridad  con 
sus  inmediatos  precedentes:  la  ley  hebrea  y  la  moral  helénica, 
y  examinaremos  si  en  este  terreno  tiene  mejor  éxito  la  dia- 
léctica del  doctor  Díaz. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  29 

III 

Los  orígenes  históricos  de  la  caridad 


(Continuación) 


Admiremos,  ante  todo,  los  contradictorios  resultados  á  que 
lleva  la  pasión  de  la  polémica.  Es  indudable  que,  para  quien 
se  proponga  negar  la  originalidad  de  Jesús,  significa  una  po- 
sición mucho  más  fuerte  colocarse  dentro  del  Antiguo  Tes- 
tamento y  tender  á  demostrar  la  identidad  de  su  espíritu  con 
la  moral  cristiana,  que  remontarse,  en  busca  de  inoportunos 
precedentes,  á  Confucio,  Buda  y  Zoroastro.  Pero  como  el 
interés  es  amenguar  á  toda  costa  la  fama  histórica  de  Jesús, 
y  como  el  Antiguo  Testamento  está  demasiado  vinculado  con 
Jesús  para  que  allí  pueda  reconocerse  cosa  buena  siendo  el 
fundador  del  cristianismo  tan  insignificante  y  tan  nulo,  nues- 
tro replicante  presenta  lo  que  debiera  haber  sido  la  parte 
principal  de  su  argumentación,  en  esta  forma  displicente  y 
casi  desDectiva:  «En  los  mismos  libros  del  Antiguo  Testa- 
mento, anteriores  á  Jesús,  hay  preceptos  de  caridad.  .  . .,  etc.». 

Los  hay,  sin  duda;  y  en  este  punto,  no  sólo  aceptamos  el 
argumento  que  se  nos  opone,  sino  que,  antes  de  refutarlo, 
lo  ampliamos  y  reforzamos  por  nuestra   cuenta. 

La  caridad — puede,  efectivamente,  decírsenos, — estaba  toda 
en  el  espíritu  y  la  letra  de  la  ley  antigua.  El  amor  del  po- 
bre, del  desamparado,  del  vencido,  es  la  esencia  misma  de 
esa  clamorosa  predicación  de  los  profetas,  que  constituye  el 
más  penetrante  grito  de  la  conciencia  popular  entre  las  reso- 
nancias de  la  historiajhumana.  No  hay  más  efusión  de  caridad 
en  las  parábolas  del  Evangelio  que  en  las  sentencias  del 
«Deuteronomio»  ó  en  la    poesía  de    los    Salmos.    La   glorifi- 


}0  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


cación  del  esclavo,  del  humilde,  no  necesitaba  ser  revelada 
por  Jesús  al  pueblo  que  había  probado  por  sí  mismo  las 
amarguras  del  esclavo,  durante  la  larga  noche  de  su  cauti- 
verio. 

¿En  qué  consiste  entonces  la  originalidad  moral  de  la  ley 
nueva?  ¿En  qué  consiste  que  la  caridad  deba  llevar  el  sello 
de  Jesús  y  no  el  sello  de  Moisés  ó  Isaías?  Apenas  aparece 
necesario  decirlo.  En  que  la  Ley  y  los  profetas  fueron  una 
obra  eminentemente  nacional,  y  la  obra  de  Jesús  fué  una 
obra  esencialmente  humana;  en  que  la  Ley  y  los  profetas 
predicaban  para  su  pueblo  y  Jesús  predicaba  para  la  humani- 
dad; en  que  la  caridad  de  la  Ley  y  los  profetas  no  abraza- 
ba más  que  los  límites  estrechos  de  la  nacionalidad  y  de  la 
patria,  y  la  caridad  de  Jesús,  mostrando  abierto  el  banquete 
de  las  recompensas  á  los  hombres  venidos  de  los  cuatro  pun- 
tos del  horizonte,  rebosaba  sobre  la  prole  escogida  de  Abra- 
ham  y  llenaba  los  ámbitos  del  mundo. 

La  campaña  contra  la  imagen  de  Cristo  levanta  por  ban- 
dera el  postulado  de  que  la  caridad  prevalece  sobre  las  di- 
ferencias religiosas;  y  desconoce  que  ese  mismo  postulado  á 
que  se  acoge,  ese  mismo  principio  en  que  se  escuda,  perte- 
necen, por  derecho  irrefragable,  á  quien,  oponiéndolos  á  la 
tolerancia  orgullosa  de  su  tiempo,  los  consagró  para  siempre, 
con  la  hermosa  sencillez  de  sus  parábolas,  en  el  ejemplo  de 
«el  samaritano  y  el  levita»  (i)  que  minaba  las  bases  de  la 
caridad  fundada  sólo  en  la  coparticipación  de  la  fe. 


(i)  Sin  Lucas,  X,  30-57. — El  señor  Bossi,  en  el  libro  de  que  se  ha- 
blará más  adelante  [fesuscrito  nunca  ha  existido.  Pág  173  de  la  traduc- 
ción española)  invierte  los  términos  de  esta  notoria  diferencia  entre  la 
moral  del  Antiguo  Testamento  y  la  del  Nuevo,  atribuyendo  á  la  frater- 
nidad cristiana  el  carácter  nacionalista  ósectario,  yá  la  judía  el  humani- 
tarismo. La  paradoja  no  tiene  siquiera  el  mérito  de  la  originalidad.  Esta 
es,  desde  luego,  una  cuestión  palmariamente  resuelta  por  los  hechos 
históricos,  que   presentan  al  cristianismo  tendiendo,  desde  su  nacer,  á 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  }  I 

Pero  abramos  campo  todavía.  Imaginemos  qiK-  esta  exten- 
sión universal  del  espíritu  caritativo  estuviera  ya  en  germen 
en  los  preceptos  de  la  antigua  ley  y  no    necesitara  sino  des- 


universalizarse  y  fundando  la  unidad   humana  más  amplia  y  compren- 
siva; y  al    judaismo,  confirmándose    después  de  la  destrucción  de    su 
Templo,  y   perseverando    rusta  nuestros  días,  en   su  exclusivismo   de 
raza  y  su  insociabilidad  genial.  El  señor  Bossi  no  puede  desconocer  lo 
evidente  y  confiesa  (pág.  178)  que  la  fraternidad    universal  es  «la  esen- 
cia del  cristianismo  >>;  sólo  que  atribuye  este  resultado  á  influencias  ex- 
trañas á  la  moral,  que  llama  sectaria,  del  Evangelio.    Pero  es  absurdo 
pretender  que  el  humanitarismo  cristiano  proceda,  en  lo  fundamental, 
de  otra  parte  que  de  la  moral  evangélica.  Las  citas  en  que   apoya   la 
paradoja  el  sen  r  Bossi  (pág.  n6)  son  unilaterales  y  contrarias   á  todo 
principio  de  lealtad  y  corrección  en  la  crítica.  No  sólo   se   atiene  casi 
exclusivamente  al  Evangelio  de  San  Mateo,  que.   como  se  sabe,  es  el 
más  penetrado  de  judaismo  conservador,  sino  que  toma  únicamente  de 
él  lo  que  puede  convenir  á  su  prejuicio.  Así,  menciona    la  prohibición 
de  entrar  en  ciudades  de  gentiles  y  samaritanos  (Mateo,  X    5-7);  y  el 
episodio  de  la  mujer  cananea  (Mateo  XV,  22-26),  no  sin  excluir  de  la 
referencia  los  versículos  finales  (27  y  28),  que  completan,  y    en  cierto 
modo  rectifican,  el  sentido;  y    el  pasaje  que    presenta  á  los    apóstoles 
juzgando  sólo  á  las  doce  tribus  de  Israel    (Mateo,  XIX,  28).  La  refuta- 
ción de  pleitista  consistiría  en  argüir  que  el  significado    de  esos  y  otros 
pasajes  debe  tomarse  en  la  inteligencia  de  una  simple  prioridad  crono- 
lógica en  la  conversión  de  los   judíos    respecto  de    la  de  los  gentiles, 
como  cabe  sostener  fundándose   en   la  versión   dada  por  San   Marcos, 
(VII,  27),  de  las  palabras  de  Jesusa  la  Cananea,  y  en  las  de  San  Pablo 
y  San  Bernabé  á  los  judíos  en  las  «Actas  de  los  Apóstoles»   (XIII,  46). 
Pero  la  sinceridad  crítica  y  el  interés   desapasionado  en   la  indagación 
de  la  verdad,  están  en   aceptar  derechamente  el  significado  judaísta  de 
tales  referencias,  para  argumentar  luego  con  que  no  es  admisible  valo- 
rarlas sin  poner  al  lado  de  ellas  los  lugares  en  que  aparece,  de  manera 
clara  é    inequívoca,  el  sentido  humanitario.    Así,  en  el  mismo  Mateo, 
el  episodio  del  centurión  de  Cafarnaum  (VIII,  5-13),  y  la  parábola  de 
los  labradores  sustituidos  en  el  cultivo  de  la  viña   (Mateo,  XXI,  33-43; 
Marcos,  XII,  1-9;  Lucas,  XX,  9-16),  y  la   de   los  caminantes  llamados 


3  2  JOSÉ    ENRIQUE     RODÓ 


envolverse  y  propagarse.  Aun  así,  el  vínculo  por  el  cual 
esa  escondida  virtud  de  la  tradición  mosaica  se  habría  co- 
municado con  el  mundo  y  le    habría  conquistado  y  redimido, 


al  convite  de  bodas  (Mateo,  XXII,  2-10;  Lucas,  XIV,  16-23);  y  en  Lu- 
cas, la  citada  parábola  del  samaritano  y  el  levita,  y  el  caso  del  sama- 
ritano  agradecido  (  XVII,  1 1-16  );  y  en  Juan,  la  hermosísima  escena  de 
la  Samarilana  (IV,  5-23);  y  finalmente,  los  mandatos  de  que  el  Evan- 
gelio se  predique  á  todas  las  gentes  y  naciones,  en  Mateo  (XXIV,  14,  y 
XXVIII,  19),  en  Marcos  (XVI,  15)  y  en  Lucas  (X,  1  y  XXIV,  47),  co- 
rroborados en  Juan  con  el  anuncio  de  la  glorificación  de  Jesús  por  los 
gentiles  (XII,  20-23).  Es,  pues,  inexcusable  la  necesidad  de  reconocer 
en  los  Evangelios  la  huella  de  ambas  tendencias — judaismo  y  humani- 
tarismo— tal  como  alternativamente  se  imponían  al  espíritu  de  los 
evangelistas;  y  partiendo  de  aquí,  quien  se  proponga  inferir  con  since- 
ridad, entre  ambas,  cuál  es  la  que  verdaderamente  interpreta  la  posi- 
ción original  de  Jesús,  se  inclinará  sin  género  de  duda  á  atribuirle  el 
sentido  humanitario,  y  hallará  para  los  vestigios  de  judaismo,  ya  la  ex- 
plicación de  que  el  Maestro  no  llegó  probablemente  á  aquél  desde  el 
primer  instante  de  sus  predicaciones,  ya  la  de  las  resistencias  que  en 
la  mente  de  los  discípulos,  sujeta  todavía  por  los  vínculos  de  la  tradi- 
ción y  la  raza,  debía  hallar  el  atrevimiemo  de  un  espíritu  inmensa- 
mente superior  al  de  ellos  en  amplitud  é  independencia  genial  de  tales 
vínculos.  Sabido  es  que  la  lucha  entre  la  tendencia  universalista  y  la  ju- 
daica constituye,  durante  el  primer  siglo,  el  conflicto  interior  del  cris- 
tianismo naciente;  y  por  mucha  parte  que  deba  atribuirse  en  el  triunfo 
de  la  expansión  humanitaria  á  la  iniciativa  de  San  Pablo,  es  seguro 
que  esta  iniciativa  no  hubiera  prosperado  á  no  tener  hondas  raíces  en 
la  doctrina  original.  Nadie  puede  lealmente  desconocer  que  el  sentido 
humanitario  es  el  que  se  conforma  y  armoniza  con  el  carácter  general 
de  la  personalidad  y  la  doctrina  de  Jesús,  y  desde  luego,  el  que  fluye 
necesariamente  de  su  concepción  del  sentimiento  religioso:  separando 
este  sentimiento  de  la  autoridad  de  la  tradición  y  de  la  ley,  para  darle 
por  fundamento  único  la  intimidad  de  la  conciencia,  la  sinceridad  del 
corazón,  no  podía  menos  de  llegarse  á  repudiar  la  idea  del  privilegio 
de  un  pueblo  elegido  y  de  la  indignidad  de  los  otros.  Los  dos  grandes 
historiadores  del  Jesús  humano  concuerdan  en  la  interpretación  del  es- 
píritu  del   Reformador  en  este    punto:  véase   Renán,    Vida  de  Jesús, 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  ^ 


no  sería  otro  que  la  palabra  de  Jesús.  En  Grecia,  en  Roma, 
en  todo  el  oriente  del  Mediterráneo,  las  colonias  judías  pre- 
cedieron en  mucho  tiempo  á  las  misiones  de  los  apóstoles;  pero 
su  espíritu  no  fué,  antes  de  la  propagación  del  cristianismo, 
más  que  un  ánfora  cerrada,  sin  trascendencia  real  en  el  am- 
biente. ¡Qué  miserable  virtud  había  de  tener  por  sí  solo  para 
mover  la  corriente  magnética  de  las  simpatías  humanas!  La 
sinagoga  sin  Jesús  es  el  fariseísmo:  el  hedor  del  sepulcro,  la 
hipocresía  de  la  fórmula.  Jamás  pudo  surgir  de  almas  de  fa- 
riseos la  redención  de  la  humanidad.  Lejos  de  cooperar  des- 
de sus  reductos  á  la  obra  histórica  del  cristianismo,  la  orto- 
doxia judía,  que  sacrificó  al  Reformador  en  nombre  de  la 
ley,  fué  el  mortal  enemigo  que  hubo  de  vencer  la  fe  naciente, 
no  ya  fuera,  sino  dentro  mismo  de  su  seno;  y  el  cristianismo 
necesitó  romper  los  últimos  lazos  que  le  sujetaban  á  la  tra- 
dición para  no  perecer  consumido  por  su  sombra:  como  ha- 
bría perecido,  sin  duda,  si  el  genio  propagador  y  humanita- 
rio de  San  Pablo  no  le  arrancara  de  aquella  atmósfera  de 
muerte,  separando,  según  el  precepto  del  Maestro,  el  vino 
nuevo  de  las  odres  que  le  hubieran  agriado. 

Cabe  aún  una  última  objeción, — si  es  que  puede  llegarse  á 
la  última  objeción  cuando  se  tiene  enfrente  la  pertinacia  im- 
perturbable de  las  opiniones  sistemáticas.  Jesús  no  se  levanta 
sobre  la  planicie  del  fariseísmo  como  montaña  aislada  y  sú- 
bita, á  manera  de  los  conos  volcánicos.  Anhelos  é  impulsos 
de  reforma;  tendencias  inconexas,  pero  inconscientemente  con- 
vergentes en  el  sentido  de  comunicar  más  efusión  de  amor 
al  espíritu  de  la  caridad,  más  amplitud  y  fuerza  íntima  al 
sentimiento  religioso,  más  extensión  humanitaria  á  la  idea  de 


Cap.  XIV:  «Relaciones  de  Jesús  con  los  paganos  y  los  samaritanos», 
y  Strauss,  Nueva  vida  de  Jesús,  Lib.  I,  XXVI:  «Jesús  y  los  gentiles». 
•Consúltese  también  en  Strauss  la  «Mirada  retrospectiva  sobre  los  tres 
.primeros  Evangelios» :  ob.  cit.  Introducción,  XIX,  XX,  XXI. 


54  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


la  solidaridad  social,  se  agitaban,  con  la  recrudecencia  de 
las  esperanzas  mesiánicas,  en  torno  de  la  sinagoga;  y  en  ese 
desasosiego  presagioso  el  maestro  de  Nazareth  no  fué  el  único 
ni  el  primero. — Algo  aprovecha  de  este  argumento  posible  el 
doctor  Díaz;  y  así,  aunque  con  un  tanto  de  incongruencia, — 
furtivamente  deslizado  entre  su  Buda,  su  Zoroastro  y  su  Con- 
fucio,— trae  á  luz  el  nombre  de  Filón,  el  judío  de  Alejandría 
que,  simultáneamente  ó  con  alguna  anterioridad  á  Jesús,  ob- 
tuvo de  la  conciliación  del  deísmo  de  su  pueblo  con  la  filoso- 
fía neo-platónica,  una  moral  inspirada  en  un  alto  sentimiento 
de  la  fraternidad  humana.  Demos  paso  á  Filón — y  hasta  pro- 
porcionémosle cortejo,  recordando  que  aun  pudo  el  confe- 
renciante abonar  su  tesis  contraria  á  la  originalidad  del  cris- 
tianismo con  nombres  que  convinieran  mejor  á  su  objeto  que 
el  de  Filón;  siendo  así  que,  respecto  del  pensador  alejandri- 
no, nadie  duda  que  permaneció  Jesús  en  incomunicación  ab- 
soluta, mientras  que  es  sostenible  la  influencia  de  los  Esenios, 
con  su  apartamiento  de  las  observancias  exteriores  y  su  sen- 
tido semi-cristiano  de  la  caridad;  y  muy  sostenible  la  de  mo- 
ralistas como  Hillel,  el  rabino  de  las  suaves  sentencias,  más 
verdadero  precursor  de  Jesús  que  el  tétrico  y  adusto  Bautis- 
ta.— Pero  ya  se  refieran  los  precedentes  á  la  utopía  social  de 
los  esenios,  ya  al  judaismo  helenizante  de  Filón,  ya  á  las 
sentencias  de  la  tradición  oral  recogida  en  las  páginas  de  los 
libros  talmúdicos,  es  indudable  que  en  los  últimos  tiempos  de 
la  antigua  Ley  cabe  encontrar,  antes  ó  fuera  de  la  palabra 
de  Jesús,  muchos  de  los  elementos  en  que  pueda  concretarse 
la  diferencia  literal  de  la  ley  nueva,  respecto  de  la  antigua. 

¿Qué  dificultad  hemos  de  oponer  para  reconocerlo  quienes 
no  vemos  en  la  obra  del  fundador  del  cristianismo  cosa  di- 
vina, materia  de  revelación,  sino  obra  de  genio  y  monumento 
de  grandeza  humana? — Demuéstrese  triunfalmente  todo  ello;, 
ordénense,  en  dos  columnas  paralelas,  el  Nuevo  Testamento 
por  un  lado,  por  el  otro  extractos  del  antiguo,  de  los  trata- 
os de    Filón,  y    del  «Talmud»;  señálense  las  relaciones,  las 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  3$ 

semejanzas,  las  coincidencias...  y  después  de  esto  la  origi- 
nalidad de  Jesús  quedará  siendo  tan  alta  que  jamás  obra  hu- 
mana merecerá  á  más  justo  título  que  su  obra  el  nombre  de 
creación. 

Lo  que  queda  dicho  al  precisar  las  condiciones  que  deter- 
minan la  calidad  histórica  de  los  iniciadores  y  reformadores,, 
define  suficientemente  el  sentido  de  esa  afirmación;  que  no 
será  paradojal  más  que  para  los  que  se  alleguen  á  estas 
cuestiones  con  la  estrechez  del  criterio  legista,  apegado  á  la 
ruindad  de  la  letra,  incapaz  de  la  mirada  que  desencarna  el 
alma  de  los  acontecimientos  y  las  cosas. 

El  genio  es  esencialmente  la  originalidad  que  triunfa  sobre 
el  medio;  pero  esta  originalidad  en  que  consiste  el  elemento 
específico  del  genio,  no  significa  la  procedencia  extratelúrica 
del  aereolito;  no  excluye,  como  lo  entendería  una  interpreta- 
ción superficial,  la  posibilidad  de  rastrear,  dentro  del  mismo 
medio,  los  elementos  de  que,  consciente  ó  inconscientemente, 
se  ha  valido;  los  precedentes  que  de  cerca  ó  de  lejos  le  han 
preparado;  el  cultivo  que  ha  hecho  posible  la  floración  ma- 
ravillosa. Lo  que  sobrepuja  en  el  genio  todo  precedente,  lo 
que  se  resiste  en  el  genio  á  todo  examen,  lo  que  desafía  en 
el  genio  toda  explicación,  es  la  fuerza  de  síntesis  que,  re- 
uniendo y  compenetrando  por  un  golpe  intuitivo  esos  ele- 
mentos preexistentes,  infunde  al  conjunto  vida  y  sentido  ines- 
perados, y  obtiene  de  ello  una  unidad  ideal,  una  creación 
absolutamente  única,  que  perseverará  en  el  patrimonio  de  los 
siglos;  como  la  síntesis  química  obtiene  de  la  combinación  de 
los  elementos  que  reúne,  un  cuerpo  con  propiedades  y  vir- 
tudes peculiares,  un  cuerpo  que  no  podría  definirse  por  la 
acumulación  de  los  caracteres  de  sus  componentes. 

Así,  en  el  arte,  como  en  la  ciencia,  como  en  la  creación 
moral. — Todo  Shakespeare  puede  ser  reconstruido  con  auto- 
res que  le  precedieron,  para  quien  sólo  atienda  á  los  argu- 
mentos de  sus  obras;  y  en  cuanto  á  la  originalidad  literal, 
dos  mil  entre  seis  mil    versos  suyos  son  remedos    ó  reminis- 


}6  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ* 


cencías;  pero  no  es  sino  Shakespeare  quien,  con  ese  mate- 
rial ya  empleado,  impone  á  la  admiración  eterna  de  los  hom- 
bres Romeo  y  Julieta,  Hámlet,  Mácbeth,  Ótelo. 

Y  hemos  de  ver  más  adelante  que  cuando  se  trata  de  la 
iniciativa  de  revoluciones  morales,  las  ideas — en  cuanto  este 
nombre  designa  la  simple  noción  intelectual — son,  no  menos 
que  en  el  arte,  elemento  secundario,  y  la  personalidad  vivien- 
te del  reformador,  la  personalidad  que  siente  y  obra,  es 
casi  todo.  Las  ideas  que  el  análisis  puede  disociar  en  la 
doctrina  de  Jesús  se  hallaban  en  la  ley  mosaica,  en  los 
Profetas,  en  el  «Eclesiástico»,  en  Hillel,  en  Antígono  de 
Soco,  en  Filón,  en  el  Bautista;  pero  sólo  Jesús,  sólo  su 
fuerza  sublime  de  personalidad,  obtiene  de  esos  elementos 
flotantes,  dispersos  ó  inactivas,  esta  síntesis  soberana:  la  mo- 
ral y  la  religión  de  veinte  siglos,  el  porvenir  del  mundo,  la 
regeneración  de  la  humanidad. 

Toda  argucia  fracasa  ante  la  sencillez  formidable  de  este 
hecho:  cualquiera  otro  nombre  á  que  quisiera  vincularse  la 
gloria  de  la  caridad,  entre  los  que  hemos  citado,  sólo  tendrá 
tras  sí  ó  el  olvido  ó  una  fama  sin  calor  ni  trascendencia  ac- 
tiva en  la  realidad  de  lo  presente;  y  el  nombre  de  Jesús  es, 
y  seguirá  siendo  durante  un  porvenir  cuyo  límite  no  se  co- 
lumbra, el  núcleo  del  proselitismo  mis  fervoroso,  más  ex- 
pansivo y  mis  avasallador  de  que  haya  ejemplo  en  la  memo- 
ria de  los  hombres. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  ]J 

IV 

Los  orígenes  históricos  de  la  caridad 


(Conclusión^ 


Empezaremos  hoy  agradeciendo  al  doctor  Díaz  que  nos 
proporcione  ocasión  de  respirar  por  una  hora  el  aire  que 
circula  entre  los  mármoles  del  Acrópolis  y  sacude  las  ramas 
de  los  olivos  de  Minerva.  Siempre  es  grata  esta  peregrinación 
á  que  nos  invita.  De  aquella  parte  vino  lo  más  noble  de 
nuestro  patrimonio  intelectual:  ciencia,  arte,  investigación  me- 
tódica, sentido  de  lo  bello.— ¿Vino  también  de  allí  un  ideal  de 
amor  caritativo  que,  excediendo  de  la  extensión  de  la  ciudad- 
y  de  la  raza,  y  trascendiendo  de  la  esfera  del  pensamiento- 
abstracto  al  sentimiento  y  á  la  acción,  volviese  vana  la  ense- 
ñanza del  Redentor  del  mundo? 

Examinemos  la  nueva  provisión  de  citas  de  nuestro  esti- 
mable replicante. — Procede  descartar,  desde  luego,  la  que  se 
refiere  (de  modo  general  y  sin  abonarse  concretamente  la 
oportunidad  de  la  cita)  á  las  sentencias  que  en  las  epopeyas- 
de  Homero  y  los  poemas  de  Hesiodo  reflejan  las  ideas  de 
conducta  que  gobernaban  el  espíritu  de  aquellas  sociedades 
en  tiempos  primitivos  y  semi  bárbaros,  caracterizando  un  sen- 
tido moral  que  fuera  absurdo  parangonar  con  el  que  orienta 
la  marcha  de  nuestra  civilización,  (i)  La  moral  de  Pitágoras, 

(i)  El  espíritu  de  la  moral  anterior  á  la  filosofía,  puede  concretarse 
de  esta  manera:  «El  bien  para  el  amigo;  el  mal  para  el  enemigo». 
La  venganza  era  el  placer  de  ¡os  dioses.  Esta  noción  espuria  de  justicia» 


38  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


si  señala  un  nivel  más  alto,  no  pasa  de  especulación  filosó- 
fica á  ley  de  conducta,  sino  en  la  forma  de  organización 
clausurada  y  conventual,  necesariamente  efímera  en  un  pue- 
blo á  cuyas  más  íntimas  condiciones  repugnaba  y  que  pronto 
prefirió  volverse  á  atender,  del  lado  de  los  sofistas,  el  juego 
vano,  pero  alegre  y  audaz,  de  las  ironías  dialécticas. — Más 
sentido  y  substancia  hay,  sin  duda,  en  el  recuerdo  de  Só- 
crates, por  quien  un  ideal  superior  al  recibido  de  la  tradición 
aparece  a!  aire  libre  de  la  propaganda. 

Nadie  puede  negarse  á  reconocer  en  la  esencia  de  la  doc- 
trina de  Sócrates  elementos  comunes  con  los  que  imprimieron 
carácter  á  la  revolución  moral  del  cristianismo. — Sánete  So- 
crate,  ora  pro  nobis,  rezaba  el  viejo  Erasmo. — Emancipando  la 
moral  de  la  tradición  y  la  costumbre,  para  fundarla  sobre  la 
íntima  potestad  de  la  conciencia,  Sócrates  anticipaba  en  cier- 
to modo  la  reivindicación  cristiana  de  «el  espíritu  y  la  ver- 
dad», antepuestos  á  la  autoridad  tradicional  de  la  ley.  Opo- 
niendo al  egoísmo  receloso  de  la  ciudad  antigua,  aquel  vislum- 
bre de  sentimiento  humanitario  que  inspira  las  palabras  que 
nos  ha  trasmitido  Cicerón:  «No  soy  de  Atenas:  soy  del  mun- 
do», anunciaba  el  sentido  de  cosmopolitismo  con  que  los 
estoicos  prepararían  el  escenario  del  imperio  romano  á  la 
propaganda  de  !a  idea  cristiana.  Sellando  su  amor  de  la  ver- 
dad con  la  resolución  del  sacrificio,  daba  el  ejemplo  del  tes- 
timonio sublime  de  los  mártires,  de  que  el  cristianismo  reci- 
biría su  prestigio  y  su  fuerza. 


suele  reaparecer,  aún  en  la  plenitud  de  la  cultura  griega,  en  los  filó- 
sofos y  en  los  poetas.  Véase,  por  ejemplo,  en  Esquilo,  la  contestación 
de  Prometeo  al  coro  que  le  exhorta  á  cejar:  Prometeo  encadenado, 
verso  970.  Si  la  caridad  tiene,  desde  los  primeros  tiempos  de  Grecia, 
un  lejano  anuncio  en  las  costumbres,  éste  es  la  hospitalidad:  el  agasajo 
del  caminante  y  el  extranjero,  hecho  en  obsequio  de  Júpiter  Hospitala- 
rio, con  el  candor  patriarcal  cuya  poesía  embalsama  la  encantadora 
fábula  de  «Filemón  y  Baucis»,  reproducida  por  Ovidio:  Metamorfosis, 
Libro  VIII. 


L/IBERALISMO    Y    JACOBINISMO  J9 


Pero  si  injusto  sería  desconocer  la  gloria  de  estos  preceden- 
tes, aun  más  injusto  sería  exaltarla  hasta  el  punto  de  anular 
por  ella  la  originalidad  de  Jesús.  Desde  luego— y  esto  basta- 
ría á  nuestro  propósito — lo  que  entendemos  por  caridad  no 
tiene  marco  que  ocupar  en  la  doctrina  socrática.  El  sentido 
cristiano  de  la  caridad  es  el  bien  practicado  sin  condiciones: 
aun  á  cambio  del  mal  recibido,  y  aun  con  la  presunción  de 
la  ingratitud  del  mal.  Y  la  moral  de  Sócrates  nunca  pasó  de 
la  noción  de  justicia  que  se  define  activamente  por  la  retri- 
bución del  bien  con  el  bien,  y  que  frente  al  mal  sólo  prescri- 
be la  actitud  negativa  de  no  retribuirlo  con  el  mal.  No  es, 
en  lo  que  tiene  de  activo,  más  que  la  relación  armoniosa 
que  el  maravilloso  instinto  plástico  de  la  fábula  griega  había 
personificado  en  las  tres  Gracias:  la  que  concede  el  beneficio, 
la  que  lo  recibe  y  la  que  lo  devuelve.  Las  Gracias  formaban 
un  grupo  inseparable  y  la  tercera  nunca  quedó  aparte  de  las 
otras. 

Esta  consideración  sería  suficiente — insisto  en  ello — para 
eliminar  la  oportunidad  de  la  cita;  pero  aun  cuando  se  con- 
cediera que  la  enseñanza  recogida  por  Jenofonte  y  por  Pla- 
tón entrañase  una  moral  tan  alta  como  la  que  se  propagó 
desde  las  márgenes  del  Genezareth,  siempre  quedaría  subsis- 
tente la  diferencia  esencialísima  que  se  refiere  á  la  eficacia  y 
la  extensión  de  ambas  iniciativas  morales.  Por  más  que  Sócra- 
tes predicase  en  la  plaza  pública  y  hablara  al  pueblo  en  el 
lenguaje  del  pueblo,  su  reforma  nacía  destinada  á  no  prevale- 
cer sino  en  las  altas  regiones  del  espíritu.  Su  ley  moral  partía 
de  la  eficiencia  del  conocimiento;  de  la  necesidad  de  la  sabidu- 
ría como  inspiración  de  la  conducta;  y  esta  concepción  aristo- 
crática, que  limitaba  forzosamente  la  virtud  á  un  tesoro  de 
almas  escogidas,  llevaba  en  sí  misma  la  imposibilidad  de  popu- 
larizarse y  unlversalizarse. — De  Sócrates  no  hubiera  podido 
surgir  jamás,  para  la  transformación  del  mundo,  una  pasión 
ferviente  ni  un  proselitismo  coaquistador. 

Instituyó  sí  una  orientación  filosófica  perdurable,  un  funda- 


40  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


mentó  racional  y  metódico  que  perseveró  en  las  construccio- 
nes de  la  ciencia  helénica;  y  que,  en  la  relación  de  la  moral, 
produjo  ideas  que,  en  Platón  y  sus  discípulos,  se  elevan  á  me- 
nudo á  una  alta  noción  de  la  solidaridad  humana  y  á  conceptos- 
no  distantes  de  la  caridad;  desenvolviendo  esa  teoría  de  amor 
que  había  de  ser  el  más  eficaz  elemento  que  hallaría  el  cristia- 
nismo naciente  para  asimilarse  y  apropiarse  la  obra  de  la  filo- 
sofía. Pero  nunca  esta  moral  trasciende  del  ambiente  de  la 
escuela  y  se  levanta  en  llama  capaz  de  inflamar  y  arrebatar 
las  almas,  determinando  una  revolución  que  modifique  los  mol- 
des de  la  realidad  social  y  convierta  sus  principios  en  sentido 
común  de  los  hombres.  Nada  era  menos  conciliable  con  la 
íntima  serenidad  del  genio  griego  que  el  instinto  de  la  propa- 
ganda moral  apasionada  y  simpática,  de  donde  nacen  los 
grandes  movimientos  de  reforma  social  ó  religiosa. 

En  el  espíritu  romano — tributario,  como  es  bien  sabido, 
del  griego,  en  todo  lo  que  no  surgió  de  su  ruda  y  soberbia  es- 
pontaneidad,— el  hecho  histórico  es  que  la  caridad  no  tiene, 
antes  del  auge  del  estoicismo,  precedentes  más  intensos  ni 
extensos,  en  la  teoría  ni  en  la  conducta,  que  los  que  cabe 
hallarle  dentro  de  Grecia;  á  pesar  de  los  conceptos  pura- 
mente abstractos,  sin  fuerza  de  propaganda  y  realización, 
que — como  el  chantas  generis  humani  ciceroniano — puedan  entre- 
sacarse para  demostrar  la  oportunidad  con  que  nuestro  re- 
plicante haya  procedido  en  sus  citas  de  Cicerón,  Horacio  y 
Lucrecio.  Y  dejemos  de  lado  la  extravagancia  de  incluir  al 
liviano  y  gracioso  espíritu  de  Horacio,  sólo  porque  haya  ha- 
blado alguna  vez  de  austeridad  y  de  virtud,  entre  los  edu- 
cadores y  propagandistas  morales;  que  es  como  si  á  alguien 
se  le  ocurriera  retratar  á  Lord  Byron  con  el  uniforme  del 
«Ejército  de  Salvación»... 

Llegan  las  vísperas  de  la  regeneración  del  mundo.  La  filo- 
sofía clásica  parece  aspirar,  en  aquella  espectativa  incons- 
ciente, á  un  sentido  más  activo  y  revolucionario,  que  la  con- 
vierta en  fuerza  de  sociabilidad  y  en  inspiración    de    la    vo- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  41 

hintad  individual;  y  sobre  el  desborde  de  todas  las  abyec- 
ciones y  todas  las  concupiscencias,  se  propaga  la  moral  á 
que  el  conferenciante  alude  con  los  nombres  de  Epicteto,  Séne- 
ca y  Lucano:  se  propaga  la  moral  del  estoicismo,  por  quien  la 
escuela  adquiere  ciertos  visos  de  religión;  por  quien  el  conven- 
cimiento asume  ciertos  caracteres  de  te;  por  quien  la  razón  teó- 
rica tiende  á  infundirse  y  encarnarse  en  la  eficiente  realidad  de 
la  vida. — El  estoicismo  trajo  como  fermento  de  su  moral  la  idea 
más  alta  que  se  hubiera  profesado  nunca,  de  la  igualdad  de  los 
hombres:  lo  mismo  en  la  relación  del  ciudadano  al  extranje- 
ro que  en  la  del  señor  al  esclavo:  preconizó  la  dignidad  del 
dolor;  exaltó  la  aprobación  de  la  conciencia  sobre  los  hala- 
gos del  mundo;  y  produjo  su  magnífica  flor  de  grandeza  hu- 
mana en  el  alma  perfecta  de  Marco  Aurelio. — ¿Con  qué 
conquista  positiva,  con  qué  adelanto  tangible  en  la  práctica 
de  la  benevolencia  y  la  beneficencia,  contribuyó,  entretanto, 
el  estoicismo  al  advenimiento  de  la  caridad?...  Tal  vez  con 
algún  alivio  en  la  suerte  del  esclavo  cuando  el  señor  era 
estoico;  tal  vez  con  algún  influjo  en  las  modificaciones  de  la 
legislación  para  mitigar  las  diferencias  sociales;  pero  ningún 
resultado  práctico  nació  del  estoicismo  que,  ni  remotamente,, 
se  hallara  en  proporción  con  la  teoría  ni  prometiese  en  él 
la  aptitud  de  realizarla  por  sus  fuerzas. — Faltaban  á  aquella 
última  y  suprema  fórmula  de  la  moral  pagana  el  jugo  de 
amor  y  la  energía  comunicativa;  y  su  virtud  apática,  su  deber 
de  abstención  y  resistencia,  capaces  de  suscitar  dechados  de 
austeridad  individual,  pero  ineptos  para  remover  el  fondo  de 
la  conciencia  común  y  arrancar  de  ella  el  ímpetu  de  una  re-r 
forma,  permanecían  con  la  inmovilidad  del  mármol  ante  el 
espectáculo  de  aquel  orden  moral  que  se  disolvía  y  de  aquel 
mundo  que  se  desmoronaba.  Después,  como  antes,  de  los 
estoicos,  el  pueblo  no  tuvo  norma  que  seguir  del  lado  de  la- 
filosofía:  en  el  espíritu  del  pueblo  la  filosofía  había  destruido 
y  no  había  edificado,  y  la  corrosión  del  escepticismo,  que 
apresuraba  la  fuga  de  los  dioses,    no    se    reparaba  con  nin- 


42  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


guna  afirmación  que  viniese  á  llenar  el  vacío  de  las  concien- 
cias sin  gobierno  y  á  retemplar  la  fibra  enervada  de  los  co- 
razones. 

Esto  es  todo  cuanto  el  mundo  clásico  ofrece  como  prece- 
dentes del  sentimiento  cristiano  de  la  caridad.— La  domina- 
ción espiritual  de  Grecia  dio  á  la  unidad  romana  el  resplan- 
dor de  las  ideas,  la  selección  de  las  costumbres,  el  timón 
del  criterio,  la  aguja  magnética  del  gusto;  pero  no  le  dio  la 
regeneración  moral.  Encarézcanse  en  buenhora  los  elementos 
con  que  el  espíritu  de  Grecia  contribuyó  á  desenvolver  y 
dejar  constituido  en  organismo  cabal  y  poderoso  el  germen 
de  la  idea  cristiana,  desde  que  este  germen  tomó  vuelo  hacia 
Occidente.  Vayase  aún  más  allá,  y  señálese  en  la  excitación 
que  concurrió  á  fomentarlo  y  madurarlo  dentro  de  su  propio 
terruño,  la  parte  que  quepa  atribuir  á  las  influencias  heléni- 
cas que  hubieren  alcanzado  á  penetrar  en  el  ambiente  de  Ju- 
dea  por  medio  de  los  prosélitos  paganos  y,  si  se  quiere,  de 
la  misma  escuela  helenizante  de  Egipto.  Todo  lo  que  se  diga 
no  alterará  la  verdad  de  que  la  célula  central,  el  germen 
precioso,  donde  está  la  fuerza  de  vida  sin  cuya  virtud  la  más 
pingüe  tierra  nunca  dará  de  sí  un  tallo  de  hierba,  vino  de 
otra  parte  y  no  tenía  en  el  espíritu  de  la  civilización  greco- 
romana,  cosa  capaz  de  sustituirlo. 

No  he  de  ser  yo  quien  propenda  á  amenguar  la  autoridad 
con  que  Grecia  preside  en  lo  más  bello  y  más  sólido  de 
nuestro  pensamiento.  Aquel  pueblo  único  produjo  para  la  hu- 
manidad su  obra  cien  veces  gloriosa;  y  ella  dura  y  durará 
por  los  siglos  de  los  siglos.  Sin  la  persistencia  de  esta  obra, 
el  cristianismo  sería  nn  veneno  que  consumiría  hasta  el  úl- 
timo vestigio  de  civilización.  Las  esencias  más  salutíferas, 
los  específicos  más  nobles,  son  terribles  venenos,  tomados 
sin  medida  ni  atenuante.  Es  una  gota  de  ellos  lo  que  salva; 
pero  no  por  ser  una  gota  deja  de  ser  la  parte  esencial  en 
la  preparación  con  que  se  les  administra.  Lo  que  en  la  re- 
doma del  farmacéutico  da  el  olor  aromático,    el  color,  la  efi- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  45 

cacia  medicinal,  la  virtud  tónica,  es  á  menudo  una  gota  di- 
luida en  muchas  partes  de  agua.  El  agua  fresca  y  preciosí- 
sima, el  agua  pura  de  la  verdad  y  la  naturaleza,  es  lo  que 
Grecia  ha  suministrado  al  espíritu  de  nuestra  civilización. — 
Agradezcamos  esta  agua;  pero  no  desconozcamos  por  eso  la 
gota  de  quintaesencia  que  la  embalsama,  y  le  da  virtud  de 
curar,  y  la  guarda  de  que  se  corrompa. 

Ambos  principios  han  llegado  á  conciliarse,  más  ó  menos 
armoniosamente  en  la  complexidad  de  nuestro  espíritu,  en 
nuestro  sentimiento  de  la  vida;  pero,  en  cuanto  á  su  origen, 
ni  pudieron  brotar  juntos,  ni  era  dable  que  se  lograsen  sino 
á  condición  de  crecer  en  medios  diferentes,  adecuados  á  las 
respectivas  leyes  de  su  desarrollo.  La  obra  de  Grecia,  no 
sólo  no  arraigó  en  la  conciencia  humana  el  sentimiento  de  la 
caridad,  sino  que  implícitamente  lo  excluía.  Cada  civilización, 
cada  raza  considerada  como  factor  histórico,  son  un  orga- 
nismo cuyas  fuerzas  convergen  necesariamente  á  un  resultado 
.  que,  por  naturaleza,  excluye  la  posibilidad  de  otros  bienes  y 
excelencias  que  aquellos  que  están  virtualmente  contenidos 
en  el  principio  de  su  desenvolvimiento.  No  se  corona  el  ro- 
sal con  las  pomas  del  manzano;  no  tiene  el  ave  de  presa  el 
instinto  de  la  voz  melodiosa;  ni  á  las  razas  que  recibieron  el 
don  del  sentimiento  estético  y  la  invención  artística,  fué  con- 
cedida la  exaltación  propagadora  en  materia  de  moral  y  de 
fe.  La  obra  de  Grecia  era  el  cultivo  de  la  perfección  plás- 
tica y  serena:  la  formación  de  la  criatura  humana  noble, 
fuerte,  armoniosa,  rica  de  facultades  y  potencias  para  expan- 
dirse, con  la  alegría  de  vivir,  en  el  ambiente  luminoso  del 
mundo;  y  en  la  prosecución  de  esta  obra,  el  débil  quedaba  ol- 
vidado, el  triste  quedaba  excluido,  la  caridad  no  tenía  sen- 
tido atendible  ni  parte  que  desempeñar.  Donde  la  libertad, 
no  acompañada  por  un  vivo  sentimiento  de  la  solidaridad 
humana,  es  la  norma  suprema,  el  egoísmo  será  siempre  la 
sombra  inevitable  del  cuadro.  La  compasión,  nunca  muy 
tierna  ni  abnegada,  ni  aún  entre  los  vinculados,  por    los  la- 


44  JOSÉ    ENRIQJJE  RODÓ 


zos  de  la  ciudadanía,  tocaba    su    límite    en  la  sombra  donde 
habitaban  el  esclavo  y  el  bárbaro. 

Un  día,  se  presentó  en  el  Areópago  de  Atenas,  un  judío 
desgarbado  y  humilde,  que  hablaba,  con  palabras  balbucien- 
tes, de  un  dios  desconocido,  de  una  ley  ignorada,  de  una  era 
nueva...  Su  argumentar  inhábil  hizo  sonreír  á  los  filósofos 
y  los  retores,  iniciados  en  los  secretos  de  la  diosa  que  co- 
munica los  dones  de  la  razón  serena  y  de  la  irresistible  per- 
suasión. El  extranjero  pasó;  ellos  quedaron  junto  á  sus  már- 
moles sagrados,  y  nadie  hubiera  podido  hacerles  comprender 
entonces  por  qué,  con  la  dirección  moral  de  su  sabiduría,  el 
mundo  se  había  rendido  á  la  parálisis  que  le  mantenía  aga- 
rrotado bajo  la  planta  de  los  Césares,  y  por  qué  Pablo  de 
Tarsos,  el  judío  de  la  dialéctica  torcida  y  la  palabra  torpe,, 
llevaba  consigo  el  secreto  de  la  regeneración  del   mundo. 


LIBERALISMO    Y   JACOBINISMO  4$ 


La  personalidad  en  los  reformadores  morales 


Hemos  examinado,  una  por  una,  las  pruebas  históricas 
que  se  nos  oponían,  y  hemos  demostrado  la  inoportunidad 
de  todas  ellas:  ya  por  referirse  á  influencias  que  no  alcanzan 
al  ambiente  de  nuestra  civilización,  ya  por  aludir  á  sistemas 
morales  inferiores  á  la  idea  cristiana  del  deber  ó  que  carecie- 
ron de  aptitud  de  proselitismo  y  realización.  Todo  cuanto 
puede  concederse  es  que  preexistiera,  en  las  fórmulas  de 
la  moral  pagana,  el  concepto  intelectual  de  la  caridad,  de  ma- 
nera más  ó  menos  aproximada  á  la  extensión  humanitaria  y 
á  la  categoría  moral  de  deber  imperativo,  que  dio  á  aquel 
concepto  la  doctrina  cristiana. — Y  ahora:  ¿por  qué  los  que, 
dentro  del  paganismo,  ó  dentro  de  las  tendencias  más  ó  me- 
nos divergentes  de  la  sinagoga,  llegaron  intelectualmente  al 
principio  del  amor  caritativo,  no  dejaron  tras  sí  más  que  in- 
diferencia ó  ecos  vanos  y  estériles,  y  sólo  Jesús  produjo  la 
revolución  moral  que  le  da  derecho  imprescriptible  á  la  pose- 
sión y  á  la  gloria  del  principio? 

Porque  una  cosa  es  formular  ideas  y  otra  muy  distinta  su- 
gerir y  propagar  sentimientos. 

Porque  una  cosa  es  exponer  la  verdad,  y  otra  muy  distinta 
entrañarla  en  la  conciencia  de  los  hombres  de  modo  que 
tome  forma  real  y  activa. 

Lo  primero  es  suficiente  en  los  descubrimientos  é  inven- 
ciones de  la  ciencia;  lo  segundo  es  lo  difícil  y  precioso  y  lo 
que  determina  la  calidad  de  fundador,  en  los  dominios  de  la 
invención  moral. 

Las  revoluciones  morales    no  son  obra    de  cultura   sino  de 


46  JOSÉ    ENRIQUE     RODÓ 


educación  humana;  no  se  satisfacen  con  revelar  una  idea  y 
propagarla,  sino  que  tienen  como  condición  esencialísima  sus- 
citar un  entusiasmo,  una  pasión,  una  fe,  que  cundiendo  en 
el  contagio  psíquico  de  la  simpatía,  y  manteniéndose  triun- 
fdlmente  en  el  tiempo,  concluya  por  fijarse  y  consolidarse  en 
hábitos,  y  renueve  así  la  fisonomía  moral  de  las  genera- 
ciones. 

El  mecanismo  de  la  psicología  colectiva  no  es  diferente  del 
de  la  psicología  individual;  y  en  la  una  como  en  la  otra,  para 
que  la  idea  modifique  el  complexo  viviente  de  la  personalidad 
y  se  haga  carne  en  la  acción,  ha  menester  trascender  al  sen- 
timiento, infalible  resorte  de  la  voluntad:  sin  cuyo  calor  y  cuya 
fuerza  la  idea  quedará  aislada  é  inactiva  en  la  mente,  por 
muy  claro  que  se  haya  percibido  su  verdad  y  por  muy  hondo 
que  se  haya  penetrado  en  su  lógica. 

Los  grandes  reformadores  morales  son  creadores  de  senti- 
mientos, y  no  divulgadores  de  ¡deas. 

La  moral  de  Séneca  el  estoico  se  levanta  casi  tan  -alto 
como  la  del  Evangelio;  pero  Séneca  no  sólo  dejó  inmóvil  é 
indiferente  el  ánimo  de  sus  contemporáneos,  sino  que  su  mo- 
ral, falta  del  calor  que  se  une  á  la  luz  intelectual  de  la  con- 
vicción para  refundir  el  carácter,  no  impidió  que  la  conducta 
del  propio  Séneca  siguiese  el  declive  del  egoísmo  abyecto  de 
su  tiempo. — Era  la  suya  «moral  muerta»,  como  diría  Ribot. 

¿Cuál  es,  entonces,  la  condición  necesaria  para  inflamar 
este  fuego  del  sentimiento,  con  que  se  forjan  las  revolucio- 
nes morales? — Ante  todo,  que  el  reformador  empiece  por 
transformar  en  sí  mismo  la  ¡dea  en  sentimiento:  que  se  apa- 
sione y  exalte  por  su  idea,  con  la  pasión  que  arrostra  las 
persecuciones  y  el  martirio;  y  además,  que  demuestre  la  cons- 
tancia de  este  amor  por  medio  de  sus  actos,  haciendo  de  su 
vida  la  imagen  animada,  el  arquetipo  viviente,  de  su 
palabra  y  su  doctrina.  E¡  verdadero  inventor  de  una  ¡dea  en 
el  mundo  moral  es,  pues,  el  que  primero  la  transforma  en 
sentimiento  propio  y  la  realiza  en  su  conducta. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  47 

Pero  aun  no  son  suficientes  esas  dos  condiciones  para  que 
la  iniciativa  del  apóstol  alcance  la  virtualidad  que  la  convierte 
en  substancia  de  los  hechos  históricos:  ya  que  puede  el  após- 
tol apasionarse  por  su  idea,  y  rendirle  la  vida  en  holocausto, 
y  haberla  hecho  carne  en  su  conducta,  y  á  pesar  de  ello  na 
dejar  en  torno  de  su  nombre  masque  silencio  y  soledad;  sino 
que  la  palabra  y  los  actos  del  reformador  han  de  tener  la 
virtud  comunicativa,  el  irresistible  poder  de  sugestión,  el  don 
simpático  que  solemos  llamar  prestigio  y  que  hace  que,  dejan- 
do de  ser  aquellos  actos  una  excepción  individual,  se  difundan 
por  la  imitación  y  el  ejemplo:  de  donde  concluiremos  definiti- 
vamente que  el  verdadero  inventor  de  una  idea,  con  relación 
al  mundo  moral,  es  el  que  la  transforma  en  sentimiento,  la 
realiza  en  conducta  y  la  propaga  en  ejemplo. 

Considerada  á  esta  luz,  la  personalidad  del  fundador  del 
cristianismo  asume,  con  preeminencia  incontestable,  la  re- 
presentación del  ideal  moral  que  selló  con  su  martirio.  Es 
por  él  por  quien  la  caridad  desciende  de  la  región  de  las  ideas 
y  se  convierte  en  sentimiento  universal  y  perdurable;  es  por 
él  por  quien  inflama  los  corazones  para  traducirse  persisten- 
temente en  acción,  y  reserva  un  lugar,  en  el  organismo  de 
la  ciudad,  para  el  hospital,  el  asilo,  el  refugio  de  ancianos, 
la  casa  de  huérfanos.  Apreciando  de  esta  manera  la  magni- 
tud de  su  obra,  es  como  se  tendrá  la  medida  de  su  origina- 
lidad sublime. 

No  fué  otra  la  originalidad  de  Buda  en  su  medio.  Cuanto 
hay  de  teórico  y  doctrinario  err  su  enseñanza  preexistía,  y 
era  el  fondo  de  los  libros  sankias  y  vedantas;  pero  por  é!  se 
transformó  en  sistema  activo,  en  revolución  social,  en  prose- 
litismo  religioso. 

Concretaremos  de  manera  más  simple  y  breve  lo  que  va  ex- 
presado, si  decimos  que  lo  que  importa  en  el  origen  de  las 
revoluciones  morales  es,  ante  todo,  la  personalidad  real  y 
viva  del  reformador:  su  personalidad  y  no,  abstractamente,  su 
doctrina. 


48  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


El  don  de  atraer  las  almas,  que  infundió  la  palabra  de 
Jesús  en  el  núcleo  humilde  de  sus  primeros  adeptos,  hasta  el 
punto  de  darles,  con  esta  vocación  propagandista,  la  fuerza 
necesaria  para  resistir  el  peso  de  un  imperio  y  una  ciencia 
hostiles—como  la  burbuja  de  aire  que,  por  su  fuerza  infinita 
de  expansión,  equilibra  el  peso  de  la  columna  atmosférica: 
•esta  eficacia  misteriosa  y  nunca  igualada,  no  venía  directamente 
de  la  doctrina  del  Maestro,  sino,  ante  todo,  de  la  maravi- 
llosa sugestión  de  su  personalidad:  de  la  impresión  imborra- 
ble y  fascinadora  que  dejó  en  el  espíritu  de  su  pobre  co- 
horte: de  la  locura  de  amor  que  supo  inflamar  en  torno  suyo. 

Este  era  el  talismán  incontrastable  que  aquel  grupo  de 
hombres  sin  malicia  llevaba  consigo. — La  personalidad  del 
Maestro,  viva  en  su  memoria  y  en  su  corazón;  la  doctrina, 
propagada  en  alas  de  ese  recuerdo  fervoroso,  de  esa  onda 
magnética  de  sugestión  persistente:  tal  es  el  secreto  de  aquel 
triunfo  único  en  lo  humano:  de  esta  manera  fué  regenerado 
el  mundo. 

No  tendrá  clara  idea  de  la  psicología  de  las  revoluciones 
morales  el  que  no  conceda  todo  el  valor  que  deba  atribuírsele 
á  esie  factor  importantísimo  de  la  personalidad. 

Sócrates  mismo — con  no  haber  sido  un  fundador  moral  en 
el  sentido  de  Jesús  ó  de  Buda — debió  la  mayor  parte  de  su 
influencia  real,  no  tanto  á  la  profesión  de  una  doctrina  de- 
terminada y  concreta — puesto  que  fué  mucho  más  lo  que  su- 
girió que  lo  que  significó  y  concretó — cuanto  á  la  atracción 
que  supo  ejercer  en  torno  suyo,  2  la  persistencia  que  acertó 
á  infundir  en  la  impresión  causada  en  el  ánimo  de  los  que 
le  rodeaban,  por  la  sugestión  de  su  palabra  y  el  modelo  de 
su  vida. 

Hay,  dentro  mismo  del  escenario  de  los  orígenes  cristianos, 
un  interesante  ejemplo  de  lo  que  decimos.  El  influjo  de  la 
personalidad  del  fundador  es  hecho  tan  esencial,  que  un 
.hombre  del  genio  y  la  asimilación  intuitiva  de  San  Pablo, 
¿nunca  logró  compensar  del  todo  la  inferioridad    en  que  que- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  49 

<ló,  en  muchos  respectos,  para  con  los  candorosos  discípu- 
los de  Galilea,  con  no  haber  vivido  como  ellos  en  compañía 
del  Maestro;  con  no  haber  presenciado  por  sus  propios  ojos 
las  escenas  de  la  Pasión;  con  no  haber  escuchado  por  sus 
propios  oídos  el  Sermón  de  la  Montaña...  Bien  se  echa 
de  ver  en  San  Pablo,  á  pesar  de  toda  su  grandeza,  que  no 
estuvo  nunca  al  lado  de  Jesús. 

Y  este  valor  de  la  personalidad  de  los  reformadores,  in- 
dependientemente de  lo  que  hay  de  concreto  en  su  doctrina, 
adquiere  singular  oportunidad  é  importancia  cuando  se  trata 
de  evitar  el  riesgo  de  juzgarles  con  lamentable  insuficiencia 
y  estrechez,  al  apreciar  los  quilates  de  su  originalidad  y  la 
eficacia  de  su  influjo. 

La  personalidad  del  genio  es  un  elemento  irreductible  y 
necesario  en  la  misteriosa  alquimia  de  la  historia. — Hay  algo 
de  inexacto,  pero  hay  mucho  de  verdadero,  en  la  teoría  de 
los  héroes  de  Carlyle. — La  fatalidad  de  las  fuerzas  naturales; 
la  acumulación  de  las  pequeñas  causas;  la  obra  obscura  de 
los  trabajadores  anónimos;  la  acción  inconsciente  de  los  ins- 
tintos colectivos,  no  excluyen  el  dinamismo  peculiar  de  la 
personalidad  genial,  como  factor  insustituible  en  ciertos  mo- 
mentos y  para  ciertos  impulsos;  factor  que  puede  ser  traído, 
si  se  quiere,  por  la  corriente  de  los  otros;  fuerza  que  puede 
no  ser  sino  una  manifestación  ó  concreción  superior  de  aque- 
llas mismas  fuerzas,  tomando  conciencia  de'  sí,  acelerando  su 
ritmo  y  concentrando  su  energía;  pero  que,  de  cualquier 
modo  que  se  la  interprete,  responde  á  una  necesidad  siem- 
pre renovada  y  tiene  significado  sustantivo.  Ci) 


d)  Nadie  que  siga  con  algún  interés  el  desenvolvimiento  de  la  filo- 
sofía de  la  historia,  desconoce  que  el  problema  del  valor  relativo  de 
la  conciencia  genial  y  de  la  acción  inconsciente  de  la  masa,  es  uno 
de  los  que  con  más  animación  y  persistencia  se  han  discutido  y  discu- 
ten. El  influjo  de  Nictzche,  la  nueva  propagación  de  las  doctrinas  de 
Carlyle  yde  Emerson,  y  otras  influencias,  han  determinado  en  los  últi- 


50  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


No  se  explican  los  impulsos  enérgicos  de  innovación  que 
responden  á  una  norma  ideal  orgánica,  sin  la  conciencia  de 
un  grande  hombre;  no  se  explica  el  origen  de  la  caridad  cris- 
tiana sin  el  corazón  y  la  voluntad  de  un  Jesús.  Por  eso,  los 
que  se  empeñan  en  desconocer  la  realidad  histórica  de  esta 
sublime  figura,  los  que  niegan  la  existencia  personal  de  Je- 
sús, no  reparan  en  que  su  tesis,  huyendo  de  aceptar  lo  que 
llaman  el  milagro  de  una  personalidad  tan  grande,  incide  en 
la  suposición  de  un  milagro  mayor:  el  de  una  obra  tan  grande 
realizada  por  personalidades  relativamente  tan  pequeñas  como 
las  que  quedan  en  el  medio  desde  el  cual  se  propaga  el  cris- 
tianismo, si  se  elimina  la  personalidad  del  fundador,  (i) 


mos  tiempos  una  reacción  contraria  á  la  excesiva  importancia  que  se 
concedió  á  la  acción  de  la  muchedumbre,  y  favorable  al  papel  históri- 
co del  genio.  Pero  lo  que  importa  hacer  notar  sobre  todo,  es  que  nin- 
guna tesis  autorizada  y  duradera  llegó  nunca  á  la  afirmación  de  uno 
solo  de  ambos  factores  y  á  la  negación  del  otro;  sino  que  todas  ellas 
aceptan,  aunque  en  diversa  proporción  y  según  diferentes  relaciones, 
la  necesidad  complementaria  de  ambos.  Véase,  por  ejemplo,  como  el 
individualismo  histórico  de  Hegel,  no  sólo  no  significa  negar  el  valor 
de  la  obra  común,  sino  que  implícitamente  lo  afirma,  hasta  el  punto 
de  que,  según  se  considere  su  tesis,  ya  lleva  á  la  deificación  de  los 
hombres  providenciales,  ya  conduce  á  la  idea  de  la  pasividad  del  gran- 
de hombre,  convertido  en  dócil  instrumento  que  no  hace  sino  conti- 
nuar y  terminar  la  obra  de  todos,  y  esto  mismo  sólo  porque  el  azar  le 
coloca  en  el  punto  y  hora  en  que  ella  ha  de  terminarse.  (Hegel,  Filosofía 
del  derecho,  Prefacio).  Y  para  ejemplo  de  la  posición  contraria,  nótese 
cómo  Le  Bon,  sostenedor  de  la  preponderante  eficacia  de  las  multitu- 
des, encarece  la  necesidad  de  la  dirección  individual  que  las  polarice 
y  oriente.  (Le  Bon.  Psicología  de  las  muchedumbres,  Lib.  II.  Cap.  III). 
(i)  Esta  referencia  á  la  tesis  que  niega  la  existencia  personal  de 
Jesús  es  oportuna,  porque,  á  lo  que  parece,  ella  ha  ganado  algún  auge 
en  nuestro  ambiente,  á  favor  de  la  divulgación  de  cierto  libro  escrito 
en  italiano  por  el  señor  Emilio  Bossi  y  traducido  á  nuestro  idioma  en 
un  volumen  de  la  «Biblioteca  contemporánea»  de  Granada  y   Ponzini- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  $  I 

Excluyanse — si  se  quiere, — por  legendarias  ó  dudosas,  de 
la  vida  de  Jesús,  toda  determinación  biográfica,  toda  circuns- 
tancia concreta:  e)  nacimiento  en  Betlem  ó  en  Nazaret,  la 
visita  al  Bautista,  el  grupo  de  pescadores,  la  crucifixión  en  eí 


bbio:  libro  que  está  en  todas  las  manos  y  explota  la  común  afición 
hacia  los  ruidos  que  se  tiene  por  nuevos,  aunque  se  hallen  muy  lejos 
de  serlo;  libro  iliterario  por  la  forma  y  vulgarísimo  en  el  fondo,  don- 
de la  conocida  tesis  de  Ga  nneval,—  y  hasta  cierto  punto,  de  Havet, — 
se  rebaja  á  la  entonación  de  esa  propaganda  efectista  y  batallona  que 
es  en  sí  misma  un  prejuicio  inconciliable  con  la  indagación  histórica  de 
la  verdad. 

Esa  obra,  profanación  de  fuentes  muy  dignas  á  menudo  de  estudio  y. 
de  respeto,  no  merecería  la  menor  atención  si  no  entrañase  el  género 
de  importancia  común  á  todos  estos  libros  escritos  ad  caplandum  vul- 
gus,  que  llevan  en  su  propia  inferioridad  la  condición  triunfal  de  su  di- 
fusión y  su  influencia.  El  autor  empieza  por  declarar  ingenuamen- 
te en  su  prólogo  que  él  no  entiende  mucho  de  estas  cosas.  .  .  á  pesar 
de  lo  cual  invade  y  resuelve,  con  admirable  intrepidez,  las  más  altas 
y  delicadas  cuestiones  de  historia,  exégesis  y  mitología.  Fundándose 
principalmente  en  el  Origen  de  los  cultos,  de  Dupuis,  dedica  el  señor  Bos- 
si  la  tercera  parte  de  su  libro  á  asimilar  la  idea  de  Jesús  con  los  mitos 
del  paganismo  y  las  religiones  orientales.  Allí  se  saca  filo  al  fecundí- 
simo argumento  basado  en  las  analogías  de  nombres  tXristos  y  Xres- 
ios — Cristo  y  Cristna—Je^-eus  y  Jesús).  Allí  se  desarrolla,  en  sugesti- 
vos paralelos,  la  identidad  palmaria  y  decisiva  de  los  más  salientes 
rasgos  atribuidos  á  la  personalidad  y  la  vida  de  Jesús  con  los  más  sa- 
lientes rasgos  de  la  historia  ó  la  leyenda  de  Buda,  y  de  las  leyendas  de 
Mitra,  de  Serapis,  de  Dionisos,  de  Adonis.  .  .  No  entra  en  la  oportu- 
nidad ni  en  los  límites  de  esta  alusión  incidental,  el  comentario — cier- 
tamente, tentador, — de  tan  altos  portentos  de  mitología  comparada. 
Sabido  es,  por  otra  parte,  que  este  sufrido  tema  de  los  paralelos  cons- 
tituye, por  excelencia,  el  burgo  libre  de  la  fantasía  en  los  dominios  de 
la  especulación  histórica.  Recordamos  haber  leído,  hace  tiempo,  una- 
curiosa  página,  muy  espiritualmente  urdida,  donde,  sin  ánimo  de  con- 
vencerá nadie,  y  sí  sólo  por  alarde  de  ingenio,  se  demostraba  la  tesis  de 
la  irrealidad  legendaria  de   Napoleón,  convertido  en  una   palingenesia 


$2  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


Calvario. . .  y  siempre  quedará  subsistente  la  necesidad  psi- 
cológica de  la  existencia  de  la  personalidad  capaz  de  haber 
dado  el  impulso  genial,  la  forma  orgánica  de  los  elementos 
que  compusieron  la  doctrina,  é  inflamado  el  fuego  del  pro- 
selitismo.  Y  siempre  subsistirá  además  la  noción  fundamental 
del  carácter  de  esa    per.>onalidad,  testimoniado    por  la  índole 


del  mito  griego  de  Apolo,  coa  su  significado  solar  (como  el  que  atri- 
buyen estos  sutiles  exégetas  á  Cristo),  y  con  las  hazañas  heroicas  del 
dios;  desenvolviéndose  el  paralelo  á  favor  de  semejanzas  y  coinciden- 
cias que  hubieran  resultado  verdaderamente  impresionantes  á  tratarse 
de  una  personalidad  algo  remota  y  de  historia  no  muy  precisa;  sin 
excusarse  entre  tales  relaciones,  las  del  oportuno  cortejo  de  los  nom- 
bres (Napoleón  y  Apollan). 

Mucha  más  seriedad  implican  los  conocidos  argumentos  que  se  fun- 
dan en  lo  insuficiente  y  vago  de  las  fuentes  históricas  de  que  dispone- 
mos, relativas  á  la  persona  de  Jesús:  sea  por  lo  indirecto  de  las  noti 
cias,  sea  por  la  autenticidad  insegura;  sea  por  la  mezcla  del  elemento 
milagroso  y  sobrenatural;  sea,  en  fin,  por  las  discordancias  de  los  cua- 
tro Evangelios.  Pero  ya  se  indica  en  el  texto  el  limite  á  que  alcanza 
esta  argumentación  v  cómo  ella  no  llegará  nunca  á  destruir  lo  único 
que  en  definitiva  importa:  la  infinita  probabilidad  de  la  existencia  de 
un  fundador  personal,  y  la  noción  fundamental  de  su  carácter,  del  mo- 
do como  surge  impuesta  por  el  espíritu  que  infundió  en  quienes  le  si- 
guieron y  heredaron. 

De  la  manera  como  está  escrito  el  precioso  libro  del  señor  Bossi, 
dirá  idea  ia  pintoresca  acumulación  de  adjetivos  con  que  se  empe- 
nachi  el  siguiente  fin  de  párrafo:  «..  .el  cristianismo  intolerante,  in- 
movilista,  teocrático,  iliberal,  reaccionario,  místico,  ascético  y  visiona- 
rio!». Las  inculpaciones  contra  la  moral  evangélica  asumen  rasgos  có- 
micos en  la  página  124:  «Se  hace  man'enerpor  las  mujeres  de  los  de- 
más.). «Se  rodea  de  gente  hambrienta».  «Manda  á  los  apóstoles  que 
no  saluden  á  nadie  •>.  El  señor  Bossi  termina  su  hbro  con  una  invocación 
patética  para  que  la  humanidad,  subyugada  por  la  irresistible  persua- 
sión de  su  palabra,  se  regocije  de  haberse  librado  de  la  pesadilla  de 
creer  en  la  existencia  personal  de  Jesús,  remora  de  todos  sus  adelantos 
y  obstáculo  de  toJ  is  sus  aspiraciones  generosas  . 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  $} 


de  su  obra,  de  su  creación,  de  su  ejemplo,  tal  como  éste 
toma  formas  vivas  en  los  actos  de  sus  discípulos  y  en  la  mo- 
ral que  prácticamente  instituyeron.  Aseguradas  la  existencia 
personal  y  la  sublimidad  del  carácter,  todo  lo  demás  es  se- 
cundario. Para  la  justicia  de  la  glorificación,  hay  bastante  con 
ello.  La  imagen  que,  con  más  ó  menos  probabilidades  de 
exactitud  plástica,  recuerda  esa  existencia  personal,  lleva  en 
sí  títulos  sobrados  á  perdurar  en  la  veneración  de  la  posteri- 
dad. Si  no  es  efigie,  es  símbolo.  Si  no  es  retrato,  es  figu- 
ración legitimada  por  el  amor  de  cien  generaciones. 

Una  vez  más:  las  ideas,  como  agentes  morales,  sólo  cobran 
eficacia  en  el  caliente  regazo  del  corazón  y  la  voluntad  huma- 
nos; y  el  corazón  y  la  voluntad  han  de  empezar  por  tomar 
formas  personales  en  el  carácter  vivo  de  un  hombre,  de  ur» 
apóstol,  de  un  iniciador,  para  que,  instituido  con  el  modelo 
el    ejemplo,    se    propague    á  la  personalidad  de  los  otros. 

Y  esto  nos  lleva  como  de  la  mano  á  examinar  lo  que  haya 
de  substancia  en  ese  aparatoso  concepto  de  caridad  científica, 
que  caracteriza  y  expone  nuestro  replicante  para  coronar  los 
argumentos  históricos  de  su  conferencia,  y  con  el  cual  se 
pretende  fundar  la  desvinculación  entre  la  caridad  que  hoy 
se  profesa  y  practica,  y  el  legado  inmortal  del  mártir  del 
Calvario. 


54  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


VI 

El  sofisma  de  la  «caridad  científica» 


Cualquiera  que  sea  el  fundamento  que,  según  las  distintas 
^concepciones  morales,  se  reconozca  para  la  idea  de  la  cari- 
dad como  deber  humano,  y  ya  se  le  dé  por  origen  un  dog- 
ma religioso,  ya  una  ética  espiritualista,  ó  un  criterio  de  uti- 
litarismo, esa  idea  ha  de  pasar,  de  todos  modos,  á  ser  senti- 
miento y  voluntad,  si  aspira  á  convertirse  en  realidad 
psicológica  y  social  persistente. — Sentado  esto,  examinaremos 
si  es  posible  rechazar,  en  nombre  de  determinada  teoría  del 
deber  caritativo,  la  solidaridad  con  la  obra  de  Jesús. 

No  sería  necesario  un  análisis  prolijo  para  encontrar  en  la 
idea  de  la  caridad  que  surge  ai  litteram  de  la  enseñanza  evan- 
gélica, mucho  que  rectificar,  mucho  que  circunscribir,  y  por 
lo  tanto,  reales  diferencias  que  la  separan  del  concepto  de 
aquella  virtud  á  que  se  alude  cuando  se  habla  de  una  cari- 
dad que  tiene  por  norma  la  utilidad  común  y  lleva  impreso 
el  sello  de  la  ciencia. — Como  nacida  de  la  exaltación  inspi- 
rada y  absoluta  que  es,  por  naturaleza  de  las  cosas,  el  invo- 
lucro ígneo  de  todas  las  grandes  ideas  que  nacen, — á  la  ma- 
nera del  planeta  envuelto  en  fuego  antes  de  consolidar  su 
corteza, — la  ¡dea  de  la  caridad  surgió  del  espíritu  de  su  autor 
ardiendo  en  llamas  que  excluían  la  posibilidad  de  toda  consi- 
deración relativa.  Su  concepción  del  bienhacer  era  el  sacrifi- 
cio de  sí  mismo  sin  límites  ni  diferencias.  La  pobreza  no  sólo 
aparecía  á  sus  ojos  como  objeto  de  simpatía,  y  de  piedad, 
sino  como  supremo  objeto  de  deseo  y  como  la  única  condi- 
ción conciliable  con  la  práctica  de  la  virtud.  Quien  no  lo 
diera  todo,  no  podía  entrar  en  el  número  de  los  discípulos, 
ni  en  el  reino  de  los  cielos.  En    el  mendigo  se  glorificaba  la 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  <¡  J 

imagen  viva  de  la  santidad.  La  norma  de  organización  social 
■era  el  comunismo  ebionita,  tal  cual  se  realizó,  con  paradisíaco 
■encanto,  pero  tan  efímeramente  como  todas  las  organizacio- 
nes comunistas,  en  la  primera  sociedad  cristiana  de  Jeru- 
salén. 

¿Dejará  por  eso  Jesús  de  ser  el  fundador  humano  de  la 
caridad?  ¿Dejará  de  pertenecerle  la  revelación  del  sentimiento, 
la  iniciativa  del  ejemplo  eficaz?  ¿Se  ha  suscitado  otro  principio 
por  ministerio  de  la  ciencia?  ¿Convergen  las  corrientes  del 
mundo  moral  á  otro  polo? 

Sería  necesario  confundir  lamentablemente  los  términos 
para  atribuir  ese  carácter  á  las  conquistas  de  la  sabiduría.  La 
ciencia  no  ha  sustituido  un  principio  á  otro  principio.  La  ca- 
ridad que  se  dispensa  en  nuestros  hospitales  no  es  otra  que 
la  que  fué  enseñada  en  la  parábola  de  Lázaro  el  mendigo  y 
en  la  del  lisiado  del  camino  de  Jericó.  El  signo  veinte  veces 
secular  permanece  en  lo  alto.  Lo  que  la  ciencia  ha  hecho  es 
depurar  el  concepto,  encauzar  el  sentimiento,  organizar  la 
práctica,  asegurar  los  resultados.  Y  así,  en  las  sucesivas  ma- 
nifestaciones de  esta  obra,  encontrará  la  ciencia,  para  el  ejer- 
cicio de  la  caridad,  otros  fundamentos  y  otras  razones  que 
los  que  sólo  nacen  de  la  igualdad  traternal  en  el  seno  de  un 
amoroso  Padre;  reivindicará  contra  la  negación  absoluta  de  la 
propia  personalidad,  el  principio  del  libre  y  armonioso  des- 
envolvimiento de  todas  nuestras  facultades  capaces  de  perfec- 
ción; completará  la  armonía  de  los  afectos  altruistas  con  el 
amor  de  sí  mismo,  que  es  el  necesario  antecedente  de  aque- 
llos afectos  y  su  límite  y  copartícipe  en  el  dominio  de  la 
obligación  moral;  demostrará  que  la  caridad  practicada  sin 
discernimiento  es  una  influencia  desmoralizadora,  y  que  el 
sacrificio  inconsulto  de  los  buenos  no  tendría  más  resultado 
que  el  triunfo  y  la  supervivencia  de  los  malos;  enseñará  á 
proporcionar  la  caridad  á  su  objeto,  establecerá  para  su  prác- 
tica diferencias,  limitaciones,  prevenciones;  y  llegará,  final- 
mente, á  asegurar  la  fructuosidad  del  beneficio,  lo  proficuo  de 


$6  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


la  protección,  la  eficacia  del  remedio,  con  todos  los  recursos 
que  el  estudio  paciente  de  la  naturaleza  pone  á  disposición 
de  los  maravillosos  instrumentos  de  la  inteligencia  humana. 

Pero  la  piedra  angular  del  edificio,  el  impulso,  el  estímulo 
de  la  obra,  no  han  surgido  de  las  investigaciones  de  la  cien- 
cia, sino  que  estaban  en  el  núcleo  de  nuestra  civilización;  y 
el  origen  inconcuso  de  este  principio  esencial  de  nuestra  civi- 
lización es  el  sentimiento  propagado  y  sostenido  por  el  ejem- 
plo del  Fundador  en  la  vida  de  cien  generaciones,  en  virtud 
de  la  fuerza  moral  de  imitación  que  reproduce  una  creencia, 
un  amor,  un  ideal  de  carácter,  al  través  del  espacio  y  el 
tiempo,  como  la  imitación  inorgánica  propaga  la  torma  de 
una  onda  en  el  movimiento  ondulatorio  y  como  la  imitación 
biológica  propaga  un  tipo  individual  en  la  reproducción  de 
las  especies. 

Y  ese  sentimiento  es  y  será  siempre  lo  fundamental,  lo  que 
impulsa  á  la  obra,  lo  que  determina  la  acción,  lo  que  man- 
tiene vivo  el  fuego  de  la  voluntad  benéfica;  por  muchas  que 
sean  las  modificaciones  que  el  saber  y  la  prudencia  institu- 
yan en  cuanto  á  la  manera  de  dirigirlo  y  aplicarlo. 

Valgámonos  de  un  ejemplo  sugestivo.  La  experiencia  y  la 
ciencia  de  la  política  han  depurado,  en  el  siglo  transcurrido 
desde  la  Revolución  que  es  génesis  de  la  sociedad  moderna, 
el  concepto  de  la  democracia  y  la  república;  lo  han  adap- 
tado á  una  noción  más  justa  del  derecho,  á  un  sentido  más 
claro  de  las  condiciones  de  la  realidad;  y  nuestra  idea  de  la 
una  y  de  la  otra  es  hoy  muy  distinta  de  la  que  profesaron 
y  ensayaron  los  hombres  del  89.  Pero  cuando  queremos  glo- 
rificar supremamente  aquellas  fórmulas  de  nuestra  fe  política, 
es  á  los  hombres  del  89  á  quienes  rememoramos  y  glorifica- 
mos, y  son  sus  fechas  históricas  las  que  están  umversalmente 
consagradas  para  el  festejo  de  la  libertad;  porque,  cualesquiera 
que  sean  las  deformaciones  con  que  las  interpretaron,  ellos 
dieron  á  tales  fórmulas  el  magnetismo,  la  pasión,  que  las 
impuso  al  mundo:  magnetismo  y  pasión  sin   los  cuales  no  hu- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  57 


bieran  pasado  nunca  de  entidades  abstractas;  magnetismo  y 
pasión  que  jamás  hubieran  dado  de  sí  las  especulaciones  se- 
veras de  los  constitucionalistas,  el  cálculo  habilidoso  de  los 
hombres  de  Estado,  capaces  de  rectificar  y  corregir,  de  com- 
pletar la  obra  con  toques  prudentes  y  oportunos,  pero  inca- 
paces de  encender,  como  el  apóstol,  como  el  mártir,  como  el 
héroe,  el  fuego  que  arrebata  los  corazones  y  las  voluntades  y 
renueva  el  mundo  por  misteriosa  transfiguración. 

¿Acaso  para  que  la  gloria  de  una  iniciativa  persevere  vin- 
culada á  un  nombre,  á  una  personalidad,  á  un  hecho  histórico,, 
ha  de  ser  necesario  que  la  humanidad  quede  inmovilizada 
después  de  ellos,  sin  revisar  su  legado  ni  complementar  su 
obra? 

En  el  arranque  de  las  revoluciones  morales  no  es  un  hom- 
bre de  ciencia  el  que  encontrará  quien  apele  al  testimonio  de 
la  historia;  sino  un  hombre,  ó  una  cooperación  de  hombres,  de 
simpatía  y  voluntad. — No  es  un  Erasmo,  es  un  Lutero,  el 
que  realiza  una  Reforma. — Puede  la  ciencia  anticipar  la  idea; 
pero  ya  queda  dicho  que  si  la  idea,  como  quiere  Fouillée,  es 
una  fuerza,  lo  debe  sólo  á  sus  concomitantes  afectivos;  y  á  su 
vez,  si  el  sentimiento  es  el  motor  de  las  transformaciones  mo- 
rales, lo  debe  sólo  á  su  absoluta  potestad  sobre  los  resortes 
de  la  acción. 

Es  de  pésimo  gusto  esta  invocación  profética  y  solemne 
del  nombre  de  la  ciencia  fuera  de  lugar  y  de  tiempo:  gé- 
nero de  preocupación  apenas  tolerable  en  los  coloquios  famo- 
sos de  la  rebotica  de  Homais,  con  que  Gustavo  Flaubert  le- 
vantó estas  deformaciones  caricaturescas  de  la  ciencia  en  la 
picota  de  la  sátira. 

Ha  de  darse  á  la  ciencia  lo  que  es  de  la  ciencia,  y  á  la 
voluntad  inspirada  lo  que  pertenece  á  las  inspiraciones  de  la 
voluntad. 

E!  hornillo  de  Fausto  producirá  maravillosos  resultados 
mientras  se  atenga  á  su  esfera  peculiar  y  propia;  pero  no 
engendrará  más  que  el  humúnculus  mezquino  cuando  trate  de 
remedar  la  obra  creadora  de  la  Vida. 


$8  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


La  confusión  de  tan  conocidos  límites  se  revela  en  su  ple- 
nitud cuando  indica  el  doctor  Díaz  la  justicia  de  erigir  junto  al 
crucifijo,  en  caso  de  habérsele  dejado  subsistente,  un  retrato  de 
Kant...  ¿Qué  he  de  pensar  de  esta  idea  novedosa?  Sería 
una  ridiculez  pedantesca  colgar  la  imagen  de  Kant  de  las 
paredes  de  los  hospitales.  Y  en  verdad  que  mal  podía  el  ilus- 
trado autor  de  la  conferencia  haber  escogido  nombre  más 
apropiado  que  el  de  Kant  para  poner  precisamente  de  re^ 
Heve  la  inconsistencia  de  este  género  de  contraposiciones,  que 
se  fundan  en  la  identificación  absurda  de  lo  que  no  puede 
identificarse  jamás:  la  obra  del  pensador  con  la  obra  del 
apóstol;  la  fórmula  abstracta  con  la  iniciativa  creadora.  Por- 
que Kant  personifica,  por  excelencia,  la  moral  abstraída  de 
todo  jugo  y  calor  de  sentimiento,  vale  decir:  privada  de  todo 
dinamismo  eficaz,  de  toda  fuerza  propia  de  realización;  y  en 
este  sentido  ofrece  el  medio  de  demostración  más  palpable 
que  pueda  apetecerse  para  patentizar  la  diferencia  que  va  de 
la  esfera  de  la  ciencia  pura  á  la  esfera  de  la  voluntad  inspi- 
rada. 

El  moralista  de  Koenisberg  podría  haber  vivido  tantos  mi- 
les de  años  como  los  dioses  de  la  mitología  brahmánica  y  ha- 
ber razonado  y  enseñado  otros  tantos  en  su  cátedra  de  filo- 
sofía, admirando,  según  sus  célebres  palabras,  «el  espectáculo 
dei  cielo  estrellado  sobre  su  cabeza  y  el  sentimiento  del  de- 
ber en  el  fondo  de  su  corazón»;  y  podría  haber  hecho  todo 
esto  sin  que  su  moral  estoica  conmoviese  una  sola  fibra  del 
corazón  humano  ni  hiciera  extenderse  jamás  una  mano  egoísta 
para  un  llamado  de  perdón  ó  para  un  acto  de  generosidad. 
En  cambio,  una  palabra  apasionada  y  un  acto  de  ejemplo,  de 
Jesús  ó  de  Buda,  de  Francisco  de  Asís  ó  de  Lutero,  de  Ma- 
homa  ó  de  Bab,  es  una  sugestión  que  convierte  en  dóciles 
sonámbulos  á  los  hombres  y  los  pueblos. — «Aquel  que  ame  á 
su  padre  ó  á  su  madre  más  que  á  mí,  no  venga  conmigo»: 
sólo  el  que  tiene  fuerzas  para  decir  esto  é  imponerlo,  es  el 
que  funda,  es  el  que  crea,   es  el  que  clava  su  garra  de  dia- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  £9 

•mante  en  la  roca  viva  de  la  naturaleza  humana.— ¿Cuándo 
adquiriría  derecho  el  retrato  de  Kant  para  figurar,  frente  á  la 
imagen  de  Jesús,  en  las  salas  de  las  casas  de  caridad?  Cuan- 
do la  moral  de  Kant  hubiera  desatado,  como  la  de  Jesús,  to- 
rrentes de  amor,  de  entusiasmo  y  de  heroísmo;  cuando  hu- 
biera impulsado  la  voluntad  de  sus  apóstoles  á  difundirse  para 
la  conquista  del  mundo,  y  la  voluntad  de  sus  mártires  á  mo- 
rir en  la  arena  del  Coliseo;  cuando  hubiera  levantado  las  pie- 
dras para  edificar  hospicios  y  los  corazones  para  el  eterno 
Mirsum  corda  de  una  fe. 

El  ejemplo  puede  encontrarse  sin  salir  de  junto  al  funda- 
dor del  cristianismo.  Ese  Filón  cuyo  nombre  citaba  el  doctor 
Díaz  entre  los  de  los  precursores  de  la  caridad  cristiana,  era 
lo  que  Jesús  no  fué  nunca:  hombre  de  ciencia,  hombre  de 
sabiduría  reflexiva  y  metódica.  Ajustó  la  tradición  hebraica  á 
los  moldes  del  raciocinio  griego,  y  su  espíritu  condensaba  el 
ambiente  de  aquella  Alejandría  donde  el  saber  occidental  y  el 
oriental  juntaron  en  un  foco  sus  luces.  Y  por  obra  de  Filón, 
la  ciencia  planteó  simultáneamente  con  las  prédicas  de  Galilea 
su  tentativa  de  legislación  moral,  para  llegar  á  resultados  teó- 
ricamente semejantes.  ¿Cuál  de  ambas  prevaleció;  cuál  de 
ambas  dio  fruto  que  aplacase  el  hambre  de  fe  y  esperanza, 
del  mundo?— El  nombre  de  Filón  sólo  existe  para  la  erudi- 
ción histórica,  y  Jesús  gobierna,  después  de  veinte  siglos, 
millones  de  conciencias  humanas. 

Nada  hay,  por  otra  parte,  en  las  conclusiones  de  la  mo- 
derna indagación  científica,  que,  ni  aún  teóricamente,  menos- 
cabe la  persistencia  de  la  obra  de  Jesús.  Si  alguna  relación 
debe  establecerse  entre  los  resultados  de  la  ciencia  en  sus 
aplicaciones  morales  y  sociales,  y  los  principios  de  la  ley 
cristiana,  no  es  ciertamente  la  de  que  los  unos  anulen  ó  sus- 
tituyan á  los  otros;  sino,  por  el  contrario,  la  relación,  glorio- 
sísima para  el  fundamento  histórico  de  nuestra  civilización,  de 
que,  buscando  la  ciencia  una  norma  para  la  conducta  indivi- 
dual y  una    base  para  la  sociedad  de    los  hombres,    no  haya 


60  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


arribado  á  conclusiones   diferentes  de  las   que  estaban  consa- 
gradas en  la  profesión  de  fe  con  que  se  orientó  la  marcha  de 
la  humanidad  en  el  más   brusco  de  los  recodos  de  su  senda. 
Llámese  al  lazo    social   fraternidad,  igualdad  ó  solidaridad; 
llámese    al  principio    de  desinterés    caridad,   filantropía    ó   al- 
truismo, la  misma  ley  de  amor  se  impone  confirmando  como 
elementos  esenciales  de  la  sociabilidad  humana,  como  substra- 
tum  de  todas   las  legislaciones   durables,    los  viejos   principios 
con  que   se    ilumina    en  la    infancia  el  despertar  de  nuestras 
conciencias:— «Amaos    los    unos  á    los  otros».    «No    hagas  á 
otro  lo  que  no  quieras  que  te  hagan  á  tí».  «Perdona  y  se  te 
perdonará».  «A  Dios  lo  que  es  de  Dios  y  al  César  lo  que  es 
del  César».  La  ley  moral  adoptada  en  el  punto  de  partida  por 
iluminación  del  entusiasmo  y  de  la  fe,  reaparece  al  final  de  la 
jornada,   como  la  tierra   firme  en  que  se   realizase  la   ilusión 
del  miraje. .  .—¿Quién  no   se  arroba  ante  estas  supremas  ar- 
monías de  las  cosas  que  parecen  más  lejanas  y  discordes?  Hay 
en  la  inspiración    moral,  como   en  la   alta  invención    poética, 
un  género  de  potencia  adivinatoria;  y  lo  característico,  en  uno 
como  en  otro  caso,  es  anticipar  por  la  síntesis  alada  de  la  in- 
tuición, lo  que   se  recompondrá,  tras  largos  y   ordenados  es- 
fuerzos, con  los    datos  menudos  del  análisis. — Aun  los  extre- 
mos, aun  los  desbordes  del  sentimiento  de  la  caridad,  tal  co- 
mo su    excelso  autor  quiso  generalizarlo,  y   que   constituirían 
un  ideal  de  vida  inconciliable  con  las  condiciones  de  la  socie- 
dad actual,   pueden  considerarse  como  el  sublime  anticipo  de 
un  estado  de  alma  cuya  posibilidad  vislumbran  en  la  sociedad 
de  un  porvenir  muy  remoto,  las  conjeturas  de  la  ciencia;  cuan- 
do la  evolución  de  los    sentimientos   humanos   y  la  reducción- 
correlativa  del  campo  del  dolor  y  de  necesidad  en  que  quepa 
hacer  bien  á  los  otros,  deje  en  los  corazones  un  exceso  libre 
de  simpatía,  determinándose  así  una  emulación  de  desinterés  y 
sacrificio  que  sustituya  á  la  competencia,  todavía  brutal,  de  la 
ambición  y  el  egoísmo,  (i) 


(i)   Véase  Spencer,  Fundamentos  de  la  moral,  Cap.  XIV. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  6 1 

No  existe,  pues,  una  caridad  traída  por  revelación  de  la 
ciencia,  que  pueda  oponerse,  como  entidad  autónoma  y  subs- 
tancialmente  distinta,  á  la  que  hemos  recibido  de  los  brazos 
maternos  de  la  tradición.  La  caridad  es  una  sola;  la  caridad, 
como  sentimiento,  como  voluntad,  como  hábito,  como  fuerza 
activa:  la  que  levanta  asilos  y  recoge  limosnas  y  vela  junto  al 
lecho  del  dolor,  no  es  sino  una;  y  el  fundador  de  esta  caridad 
«n  la  civilización  que  ha  prevalecido  en  el  mundo,  es  Jesús 
de  Nazareth;  y  la  conciencia  humana  lo  reconocerá  y  lo  pro- 
clamará por  los  siglos  de  los  siglos. 

S 


bl  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


VII 
El    Signo 


Pero  aun  dejando  por  encima  la  significación  histórica  del 
fundador  del  cristianismo,  y  aun  cuando  quede  demostrado  lo 
indisoluble  del  lazo  que  le  une  á  la  idea  de  la  caridad,  la 
argumentación  que  se  nos  opone  encuentra  todavía  punto  en 
que  estribar,  para  desconocer  el  respeto  que  se  debe  á  su 
imagen.  El  crucifijo,  se  arguye,  no  es  Jesús.  El  crucifijo 
tiene  su  significado  propio,  independiente  del  mártir  ñ  quien 
en  él  se  representa;  y  es  en  ese  concepto  en  el  que  se  le 
repudia  y    proscribe. 

Negamos,  desde  luego,  que  cualquier  otro  simbolismo  que 
quepa  atribuir  al  crucifijo,  pueda  prevalecer  sobre  el  que  in- 
tuitivamente surge  de  su  sencilla  apariencia.  El  signo  histó- 
rico, el  supremo  símbolo  del  cristianismo,  es  y  será  siempre 
la  cruz.  Cuando  se  busca  una  imagen,  un  emblema,  que  ma- 
terialice y  ponga  inmediatamente  á  los  ojos  de  quien  lo  mire 
la  ¡dea  de  la  regeneración  del  mundo,  la  gran  tradición  hu- 
mana del  cristianismo,  despertando  de  una  vez  todas  las 
asociaciones  de  sentimientos  y  de  ideas  que  abarca  la  virtud 
sugestiva  de  tan  excelsos  recuerdos,  no  se  encuentra  otra 
figura  que  la  de  los  dos  maderos  cruzados.  Y  el  crucifijo  no 
es  más  que  la  última  y  definitiva  forma  en  el  desenvolvi- 
miento iconográfico  del  signo  de  la  cruz.  No  importa  que  el 
signo  completo  no  surgiera  simultáneamente  con  la  expan- 
sión y  propagación  del  nuevo  espíritu,  sino  siglos  más  tarde. 
Los  emblemas  que  los  primitivos  cristianos  alternaban  con  el 
de  la  cruz,  quedaron  sepultados  en  el  seno  de  las  catacum* 
bas,  y  prevaleció  el  que  recordaba  plásticamente  el  martirio 
con  que  fué    consagrada  la  idea.    Luego,  al    instrumento  del 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  6} 

suplicio  se  añadió  la  figuración  del  cuerpo  del  mártir,  y 
el  signo  adquirió  su  integridad  y  plenitud  expresiva,  para 
que,  llegado  el  despertar  glorioso  de  las  artes,  lo  perpetuasen 
en  metal,  en  piedra,  en  madera,  en  marfil,  en  tintas  de  co- 
lor, los  grandes  orfebres,  los  grandes  estatuarios  y  los  gran- 
des pintores  de  una  de  las  más  lozanas  primaveras  del  in- 
genio humano:  Benvenuto  Gellini,  Donatello,  Velázquez,  Van 
Dyck  ...  No  se  menosprecia  con  el  mote  grosero  de  fetiches 
estas  formas  sensibles  en  que  cuaja  la  savia  de  idealidad  y 
entusiasmo  de  una  fe  secular,  desenvolviéndose  en  el  espíritu 
de  las  generaciones  humanas;  á  la  manera  como  la  imagina- 
ción inconsciente  que  combina  líneas  y  colores  en  las  obras 
de  la  naturaleza,  remata  los  laboriosos  esfuerzos  de  un  pro- 
ceso orgánico  con  la  forma  inspirada  de  una  flor,  con  la  flá- 
mula viva  de  un  penacho  de  ave.  No  se  inventan,  ni  reem- 
plazan, ni  modifican  en  un  día  estos  signos  seculares:  se  les 
recibe  de  los  brazos  de  la  tradición  y  se  les  respeta  tal  como 
fueron  consagrados  por  la  veneración  de  las  generaciones.  El 
crucifijo  no  estaba  en  manos  de  Pablo  ni  de  Pedro,  ni  sobre 
el  pecho  de  los  mártires  del  circo,  ni  en  lus  altares  ante  los 
cuales  se  amansó  la  furia  de  los  bárbaros.  No  por  eso  deja 
de  significar  el  crucifijo  la  gloria  de  tales  tradiciones:  estuvo, 
antes  de  todas  ellas,  en  realidad  y  carne  humana,  en  la  pe- 
lada cima  del  Gólgota.  .  .  y  aun  cuando  no  hubiera  estado, 
suya  es  la  virtud  de  evocarlas  y  animarlas  juntas  en  el  recuer- 
do de  las  posteridad. 

Pero  no  se  repudia  sólo  al  crucifijo  por  ajeno  á  la  signi- 
ficación del  verdadero  espíritu  cristiano;  se  le  repudia  tam- 
bién por  execrable.  ¿Y  en  qué  consiste  el  carácter  execrable 
del  crucifijo?  Aquí  el  distinguido  conferenciante  remonta  su 
oratoria  al  tono  de  la  indignación,  abraza  de  una  síntesis 
arrebatada  el  espectáculo  de  los  siglos,  y  se  yergue  triun- 
fante con  las  pruebas  de  que  el  crucifijo  ha  presidido  á  mu- 
chas de  las  más  negras  abominaciones  de  que  haya  ejemplo  en 
la  memoria  déla  humanidad;  desde  los  excesos  de  las  Cruzadas,. 


64  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


hasta  las  crueldades  de  las  guerras  de  religión  y  de  las  per- 
secuciones de  herejes.  ;Qié  importa  que  en  su  significación 
primera — se  pregunta — simbolizase  ó  hubiese  podido  simbo- 
lizar una  idea  de  amor,  de  libertad,  de  redención?  El  cruci- 
fijo propició  el  ensañamiento  de  los  cruzados  contra  los  mu- 
sulmanes de  Ornar;  estuvo  en  manos  de  los  victimarios  de  la 
noche  de  Saint-Barthélemy:  acompañó  los  desbordes  san- 
grientos de  la  conquista  de  América;  presenció  en  las  pare- 
des del  tribunal  del  Santo  Oficio  las  sentencias  que  ahoga- 
ban la  libertad  del  pensamiento  humano;  y  es  hoy  mismo,  en 
los  fanáticos  de  Rusia,  el  signo  que  incita  á  la  matanza  de 
los  judíos  de  Bielostock.  .  .  Luego,  el  crucifijo  ha  perdido 
su  significación  original;  la  ha  desnaturalizado  y  pervertido, 
y  lejos  de  ser  emblema  de  salud  y  de  vida,  es  sólo  signo 
de  opresión,  de  barbarie  y  de   muerte. 

No  será  necesario  apurar  mucho  los  ejemplos  para  de 
mostrar  que  con  la  aplicación  de  este  criterio  estrecho  y  ne- 
gativo: si  ha  de  entenderse  que  los  grandes  símbolos  histó- 
ricos pierden  su  significado  original  é  intrínseco  en  manos 
de  quienes  los  desnaturalizan  y  falsean  en  el  desborde  de  las 
pasiones  extraviadas,  recordándose  exclusivamente,  para  ca- 
racterizarlos, todo  lo  que  se  haya  Mecho  de  ignominioso  y 
funesto,  á  su  sombra,  y  nada  de  lo  que  á  su  sombra  se  haya 
hecho  de  glorioso  y  concorde  con  su  genuina  significación 
moral — no  habrá  símbolo  histórico  que  quede  puro  y  limpio 
después  de  apelarse  á  la  deposición  testimonial  de  la  historia- 
porqué  todos  rodarán  confundidos  en  la  misma  ola  de  san- 
gre, lágrimas  y   cieno. 

La  bandera  tricolor,  el  iris  de  la  libertad  humana,  la  en- 
seña victoriosa  de  Valmy  y  de  Jemmapes,  impulsaba,  apenas 
nacida,  el  brazo  del  verdugo,  y  cobijaba  con  su  sombra  las 
bacanales  sangrientas  del  Terror,  no  menos  infames  que  la 
matanza  de  Saint-Barthélemy;  y  propiciaba  después,  en  las 
conquistas  de  Napoleón  el  grande,  las  iniquidades  de  la  in- 
vasión de  Rusia  y    de    la  invasión  de    España;  y  resucitaba 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  6$ 

para  servir  un  día  de  dosel,  con  la  traición  del  dos  de  di- 
ciembre, á  la  consagración  cesárea  de  Napoleón  el  chico. — 
Luego,  la  bandera  tricolor,  el  iris  de  la  propaganda  revolu- 
cionaria, el  guión  de  los  ejércitos  de  Carnot,  no  es  signo  de 
esperanza  y  de  gloria,  sino  de  ferocidad,  de  opresión  y  de 
conquista. 

La  bandera  de  Mayo,  el  cóndor  blanco  y  celeste  de  los 
Andes,  la  enseña  gloriosa  de  San  Martín  y  de  Belgrano,  mi- 
litó durante  veinte  años  en  los  ejércitos  de  Rozas,  y  flameaba 
en  Santos  Lugares  sobre  el  alcázar  de  la  tiranía,  y  se  enchar- 
caba en  sangre  en  los  degüellos  de  la  «Mazorca»,  y  era  des- 
trozada á  balazos  por  los  hombres  libres  que  defendían  el 
honor  de  la  civilización  americana  dentro  de  los  muros  de 
Montevideo.  Luego,  la  bandera  de  Mayo,  el  pallddium  de  la 
revolución  de  América,  la  enseña  gloriosa  de  San  Martín  y 
de  Belgrano,  está  imposibilitada  de  merecer  el  homenaje  de 
los  buenos,  maculada  ante  la  conciencia  de  la  historia,  pros- 
tituida por  lo  infinito  de  la  posteridad. 

¿A  dónde  nos  llevaría  la  lógica  de  este  puritanismo  feroz? — 
A  la  condena  inexorable  de  toda  enseña  ó  símbolo  que  no 
hubiera  sido  secuestrado,  desde  el  momento  de  nacer,  dentro 
de  las  vitrinas  de  un  museo. — La  acción  histórica,  y  el  con- 
tacto con  la  realidad,  implican  para  la  ¡dea  que  se  hace 
carne  en  un  emblema,  en  un  señuelo  de  proselitismo,  la 
profanación  y  la  impureza:  tan  fatalmente  como  la  exposición 
al  aire  libre  implica  para  la  hoja  de  acero  la  oxidación  que 
la  empaña  y  la  consume. 

El  criterio  de  simpatía,  de  tolerancia  y  de  equidad,  plan- 
teará ias  cuestiones  de  muy  distinta  manera,  y  las  resolverá 
•con  más  honor  para  la  especie  humana. — '¿Eran  los  principios 
programados  en  la  «Declaración  de  los  derechos  del  hom- 
bre» los  que  se  aplicaban  en  el  instrumento  de  muerte  que 
hizo  rodar  mil  quinientas  cabezas  humanas  en  quince  días,  y 
los  que  amarraban  á  Francia  al  despotismo  de  los  cesares? 
No,  sino  absolutamente  los  contrarios.  Luego,  la  bandera  en 


66  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


que  se  propagó  la  declaración  de  los  derechos  del  hombre,, 
la  tricolor  de  las  victorias  de  la  libertad,  permanece  en  la 
entera  posesión  de  su  significado  y  su.  gloria. — ¿Eran  los 
principios  sustentados  en  la  revolución  de  Mayo  los  que  en- 
carnaba la  tiranía  vencida  con  la  alianza  extranjera  en  los 
campos  de  Caseros?  No,  sino  absolutamente  los  contrarios. 
Luego  el  símbolo  de  la  revolución  de  Mayo,  la  bandera 
cuya  tradición  inspiraba  á  los  enemigos  de  la  tiranía,  queda 
firme  y  sin  mácula  en  la  cumbre  de  su  dignidad  histórica. — 
¿Eran  los  principios  sellados  con  el  martirio  del  Calvario  los 
que  se  realizaban  en  la  noche  de  Saint-Barthélemy,  y  en  el 
atropello  alevoso  del  cortejo  de  Atahualpa,  y  son  ellos  los 
que  se  realizan  en  las  matanzas  de  judíos  de  Bielostock?  No, 
sino  absolutamente  los  contrarios.  Luego,  el  signo  del  Cal- 
vario, la  imagen  del  que  anatematizó  toda  matanza,  todo 
odio,  guarda  ilesa  é  intacta  su  significación  sublime,  para  ve* 
neración  y  orgullo  de  la  humanidad. 

Sólo  con  la  aplicación  de  este  criterio  amplio  y  ecuánime 
podrá  salvar  la  justicia  histórica  una  tradición  que  no  se  pre- 
sente enrojecida  con  la  mancha  indeleble  de  las  manos  de 
Mácbeth;  sólo  así  podrá  instituirse  en  la  memoria  de  los  hom- 
bres un  Panteón  donde  se  reconcilien  todas  las  reliquias  ve- 
nerandas, todos  los  recuerdos  dignos  de  amor  y  de  piedad. 

Imaginemos  que  el  crucifijo  representase,  exclusiva  ó  emi- 
nentemente, la  unidad  católica,  tal  como  prevaleció  desde  el 
bautismo  de  los  bárbaros  hasta  la  definitiva  constitución  de 
las  nacionalidades  europeas  y  el  impulso  de  libertad  de  la 
Reforma.  Aun  en  este  caso,  de  ninguna  manera  rehuiría, 
por  mi  parte,  sostener  la  tesis  afirmativa,  en  cuanto  al  res- 
peto histórico  que  se  le  debe.  Sería  el  signo  que  presidió  á 
la  asimilación  y  la  síntesis  de  los  elementos  constitutivos  de 
la  civilización  moderna,  durante  mil  años  de  reacciones  y 
esfuerzos  proporcionados  á  la  magnitud  de  la  obra  que  ha- 
bía de  cumplirse.  La  denigración  histórica  de  la  Edad  Me- 
dia   es  un  tema  de  declamaciones  que    han    quedado,    desde 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  67 

hace  mucho  tiempo,    relegadas    á  los    estudiarttes    de    quince 
años  en  las    clases  de  Historia   Universal.    La    honda    com- 
prensión de  las  cosas   pasadas,    con    sus    consiguientes   ade- 
lantos de  exactitud  y  de  justicia,  es  una    de  las    imperecede- 
ras conquistas  del  siglo  de  los    Thierry,    los  Macaulay  y  los 
Momsen.  Ya  no  se  infaman    épocas    enteras    de    la    historia 
del  mundo:  se  las  explica  y  comprende,    y    eso    vale  mucho 
más.  La  historia  no    es    ya    una    forma    retrospectiva    de  la 
arenga  y  el  libelo  como  en  los   tiempos   de    Gibbon  y    Vol- 
taire.  La  historia  es,  ó  bien    un  camposanto  piadoso,  ó  bien 
un  laboratorio  de  investigación  paciente  y  objetiva;  y  en  cual- 
quiera de  ambos  conceptos,  un  recinto    al    que    hay  que  pe- 
netrar sin    ánimo  de  defender  tesis    de    abogado    recogiendo 
en  él,  á  favor  de  generalizaciones    y    abstracciones    que    son 
casi  siempre  pomposas  ligerezas,  armas  y  pertrechos  para  las 
escaramuzas  del  presente.   Quien    tenga    desinteresado    deseo 
de  acertar,  ha  de  acercarse  á  ese    santuario    augusto,  purifi- 
cado de  las  pasiones  del  combate,  con  un  gran  fondo  de  se- 
renidad y  de  sinceridad,  realzadas  todavía  por  una  suficiente 
provisión  de  simpatía  humana,  que  le  permita  transportarse  en 
espíritu  al  de  los  tiempos  sobre  que  ha  de    juzgar,    adaptán- 
dose á  las  condiciones  de  su  ambiente.  Las  instituciones  que 
han  quedado  atrás  en  el  movimiento  de  la  civilización,  y  que 
ya  sólo  representan  una  tradición  digna  de  respeto, — y  en  su 
persistencia  militante,     una    fuerza  regresiva, —  han  tenido    su 
razón  de  ser,  y  sus  días  gloriosos,  y    han    prestado  grandes 
servicios  al  progreso  del  mundo;  y  es  precisamente  en  el  te- 
rreno de  la  historia  donde  menos  puede  vulnerárselas. —  Para 
oponerse  á  los  esfuerzos    reaccionarios    del    clericalismo,    no 
es  preciso  hacer  tabla  rasa  de  la  gloria  de    las    generaciones 
inspiradas  por  la  idea  católica,  cuando  esta    idea  era  la  fór- 
mula activa  y  oportuna;  como  para  combatir  las  restauracio- 
nes imperiales  no  han    menester    los    republicanos    franceses 
repudiar  para  la  Francia  la  gloria  de    Marengo  y  Austerlitz, 
y  para  combatir  la  persistencia  política  y  social  del  caudillaje 


68  JOSÉ    ENRIQUE  RODÓ 


no  necesitamos  nosotros  desconocer  la  fuerza  fecunda  y  efi- 
caz que  representó  la  acción  de  los  caudillos  en  el  desenvol- 
vimiento de  la  revolución  de  América. — ¿Imagina  acaso  el 
doctor  Díaz  que  diez  siglos  de  historia  humana  se  tiran  al 
medio  de  la  calle  bajo  la  denominación  común  de  ignominia, 
ignorancia,  crueldad,  miseria,  rebajamiento  y  servilismo? — Los 
tiempos  en  que  él  no  ve  más  que  un  proceso  de  «degrada- 
ciones tenebrosas»,  son  en  realidad  una  esforzada  lucha  por 
rasgar,  para  los  gérmenes  soterrados  de  civilización,  la  dura 
corteza  de  los  aluviones  bárbaros;  y  es  sin  duda  en  el  trans- 
curso de  esa  lucha  cuando  la  acción  histórica  del  cristianismo 
presenta  títulos  más  incontestables  á  la  gratitud  de  la  poste- 
ridad; porque  si  el  naufragio  de  la  civilización  fué  desastroso, 
hubiera  sido  completo  sin  el  iris  que  el  signo  de  la  cruz  le- 
vantaba sobre  los  remolinos  tenaces  de  la  barbarie;  y  si  el 
despertar  de  la  cultura  intelectual  tué  difícil  y  lento,  hubiera 
sido  totalmente  imposible  sin  la  influencia  de  ¡a  única  fuerza 
espiritual  que  se  alzaba  frente  á  la  fuerza  bruta,  y  reservaba, 
en  medio  de  la  guerra  universal,  un  rincón  de  quietud  para 
la  labor  de  colmena  de  los  escribas  monacales,  y  salvaba  el 
tesoro  de  las  letras  y  las  ciencias  antiguas  en  los  códices 
que,  llegada  la  aurora  del  Renacimiento,  romperían,  merced 
á  la  invención  de  Guttenberg,  sus  obscuras  crisálidas  para 
difundirse  por  el  mundo.  Relea  el  doctor  Díaz,  sin  ir  más 
allá,  las  páginas  que  el  gran  espíritu  de  Taine  ha  consagrado 
en  su  estudio  de  El  antiguo  régimen  á  delinear  la  estructura 
de  la  sociedad  anterior  á  la  Revolución;  y  acaso  refrescará 
muy  oportunos  recuerdos,  y  acaso  reconocerá  la  necesidad 
de  modificar  buena  parte  de  sus  prejuicios  y  de  limitar  no 
pocas  de  sus  abominaciones. 

Otro  tanto  podría  decirse  en  lo  que  respecta  á  alguna 
otra  alusión  de  las  que  acumula  el  doctor  Díaz  en  su  sínte- 
sis de  las  tradiciones  infamantes  de  la  cruz;  y  singularmente, 
á  la  que  se  refiere  á  la  conquista  de  América.— ¿Todo  en  la 
conquista  fué  oprobio  y  ferocidad;    todo    en  ella   fué  abomi- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  69 


nación  y  exterminio;  y  cuanto  en  ella  hubo  positivamente  de 
condenable  á  la  luz  de  la  razón  serena,  ha  de  imputarse  á 
la  sugestión  maldita  de  la  cruz? — ¿Por  qué  recordar,  si  se 
aspira  á  la  severa  equidad  del  juicio  histórico,  que  la  cruz 
representó  en  Cajamarca  la  sanguinaria  brutalidad  de  la  con- 
quista, y  olvidar  que  representó,  en  Guanahani,  el  nacimiento 
de  la  América  á  la  vida  de  la  civilización,  la  primera  luz  de 
nuestro  espíritu,  el  pórtico  de  nuestra  historia?— ¿Por  qué 
recordar  que  estuvo  en  manos  de  Valverde  para  excitar  al 
sacrificio  de  los  indios,  y  olvidar  que  estuvo  en  manos  de 
Las  Casas  para  interponer  ante  el  pecho  de  los  indios  un 
escudo  de  misericordia? — ¿Por  qué  recordar  que  fué,  con 
Torquemada,  el  signo  oprobioso  de  las  iniquidades  inquisi- 
toriales, y  olvidar  que  fué  en  la  mente  de  Isabel  la  Católica 
el  estímulo  para  ganar  y  redimir  un  mundo? — ¿Por  qué  re- 
cordar al  verdugo  tonsurado  y  olvidar  al  evangelizador  capaz 
del  martirio? — ¿Por  qué  recordar  al  fraile  que  mata  y  olvi- 
dar al  fraile  que  muere? 

Bien  es  verdad  que  para  la  justicia  histórica  del  elocuente 
conferenciante,  cuyo  género  de  liberalismo  recuerda,  en  esto- 
como  en  otras  muchas  cosas,  la  fórmula  absoluta  del  secta- 
rismo religioso:  «fuera  de  lo  que  yo  creo,  no  hay  virtud  ni 
salvación»,  el  misionero  que  se  arroja  á  propagar  su  fe  en 
climas  lejanos,  no  hace  cosa  mejor  que  «imponer  por  la  vio- 
lencia el  crucifijo,  como  un  yugo  de  servidumbre,  sobre  la 
cabeza  de  las  razas  inferiores». — No  lo  sospechaba  Víctor 
Hugo  cuando,  en  una  página  inspiradísima  de  Los  Castigos  (i), 
antes  de  marcar  con  el  hierro  candente  de  su  sátira  á  los 
dignatarios  del  alto  clero  que  agitaban  el  turíbulo  de  las  ala- 
banzas en  la  cohorte  palaciega  del  gran  corruptor  del  2  de 
diciembre, — entonaba  un  himno  conmovido  y  conmovedor 
ante  el  cadáver  del  fraile  decapitado  en  las  misiones  de  la 
China  por  predicar  allí  la  moral    del  Evangelio. — La  espon- 

(1)  Les  Cháttments,  VIII,  «A  un  martyr». 


70  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


taneidad  del  corazón  y  el  criterio  de  la  equidad  consisten  en 
honrar  la  vocación  del  sacrificio  donde  quiera  que  se  la  en- 
cuentre: bajo  la  sotana  del  fraile  como  bajo  la  blusa  del 
obrero  ó  la  pechera  deslumbrante  del  príncipe;  y  en  glorifi- 
car la  propaganda  de  la  civilización,  cualquiera  que  sea  el 
abanderado  de  la  gran  causa  humana:  así  el  pionner  que 
se  abisma  en  el  fondo  del  desierto  con  el  hacha  que  tras- 
pasa los  bosques,  como  el  misionero  que,  con  la  biblia  ca- 
tólica ó  la  biblia  protestante  en  la  mano,  se  acerca  á  remo- 
ver la  soporosa  conciencia  de  la   tribu. 

Por  lo  demás,  no  es  interpretar  fielmente  el  espíritu  de  los 
hechos  concretar  en  la  significación  del  crucifijo  como  emble- 
ma histórico,  los  motivos  que  han  determinado  su  condena. 
Cualquiera  otra  imagen  del  fundador  del  cristianismo,  aparte 
de  la  que  le  presenta  clavado  en  la  cruz,  cualquiera  otra  ima- 
gen: cuadro  ó  estatua,  hubiera  sido  sentenciada  indistinta- 
mente á  proscripción.  ¿Es  ó  no  cierto?  Luego,  la  condena  va 
dirigida  contra  la  glorificación  de  Jesús,  que  la  suspicacia  ja- 
cobina no  concibe  separada  del  culto  religioso  ni  admiie  que 
pueda  interpretarse  de  manera  que  allí  mismo  donde  el  cre- 
yente ve  el  icono  objeto  de  su  veneración,  el  no  creyente  vea 
la  imagen  representativa  del  más  alto  dechado  de  grandeza 
humana. 

Juan  Carlos  Gómez  acariciaba  en  su  mente  profética  un 
pensamiento  que  ya  se  ha  convertido  en  realidad.  Soñaba 
que  se  levantase  un  día  sobre  una  de  las  cumbres  de  la  Cor- 
dillera, á  modo  de  numen  tutelar  de  la  civilización  americana, 
engrandecida  por  la  confraternidad  de  todas  las  razas  que  se 
acogen  á  su  seno,  y  por  la  fructificación  de  las  esperanzas  y 
los  ideales  que  ha  alentado  la  humanidad  en  veinte  siglos,  una 
colosal  estatua  del  Redentor  del  mundo,  erguida  allí,  como 
sobre  un  agigantado  Tabor,  en  la  eterna  paz  de  las  alturas, 
bajo  el  signo  indeleble  del  Crucero...  Juan  Carlos  Gómez 
pensaba  como  un  furibundo  ultramontano,  y  la  realización  de 
su  sueño  implica  un  privilegio  ofensivo  para  millares  de  con- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  7  I 

ciencias  humanas  que  ven  levantarse  en  su  horizonte  la  ima- 
gen de  un  dios  en  que  no  creen;  y  lo  implicará  mientras  no 
se  levanten  también  en  las  cumbres  circunvecinas,  formando 
tabla  redonda,  otras  semejantes  estatuas  de  Buda,  de  Zoroas- 
tro,  de  Confucio,  de  Sócrates,  de  Filón...  y  de  Kant. 


72  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


VIII 

¿Jacobinismo? 


Concluye  su  refutación  el  doctor  Díaz  exponiendo  su  con- 
cepto del  liberalismo  en  relación  con  la  idea  de  tolerancia, 
que  di  por  característica,  en  mi  carta,  al  espíritu  liberal. — El 
criterio  en  que  se  funda  ese  concepto  es  genuinamente  jaco- 
bino, y  confirma  este  nombre  de  jacobinismo  que  apliqué  á  las 
iniciativas  y  tendencias  cuya  defensa  ha  asumido  el  conferen- 
ciante. 

Contestando  en  esta  parte  al  doctor  Díaz, 'explicaré  el  por- 
qué de  la  expresión  al  joven  é  inteligente  escritor  que  me  ha' 
hecho  cargos  en  las  columnas  del  semanario  evangelista  por 
el  empleo,  que  juzga  inadecuado,  de  tal  nombre. 

El  jacobinismo  no  es  solamente  la  designación  de  un  par- 
tido famoso,  que  ha  dejado  impreso  su  carácter  histórico  en 
el  sentido  de  la  demagogia  y  la  violencia.  El  jacobinismo  es 
una  forma  de  espíritu,  magistralmente  estudiada  y  definida  por 
Taine  en  !os  Orígenes  de  la  Francia  contemporánea. — La  índole 
de  la  acción  histórica  y  de  la  dominación  del  jacobinismo  está 
virtualmente  contenida  ya  en  los  datos  esenciales  de  su  psi- 
cología; pero  estos  caracteres  esenciales  se  manifiestan  y  re- 
conocen sin  necesidad  de  que  su  exaltación  suprema  en  el  es- 
tallido de  las  crisis  revolucionarias,  los  pongan  en  condición 
de  deducir  las  últimas  consecuencias  prácticas  y  activas  de  su 
lógica. — La  idea  central,  en  el  espíritu  del  jacobino,  es  el 
absolutismo  dogmático  de  su  concepto  de  la  verdad,  con  to- 
das las  irradiaciones  que  de  este  absolutismo  parten  para  la  teo- 
ría y  la  conducta.  Así,  en  su  relación  con  las  creencias  y 
convicciones    de    los  otros,    semejante    idea    implica   forzosa- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  7$ 


mente  la  intolerancia: — la  intolerancia  inepta  para  comprender 
otra  posición  de  espíritu  que  la  propia;  incapaz  de  percibir 
la  parte  de  verdad  que  se  mezcla  en  toda  convicción  sincera 
y  el  elemento  generoso  de  idealidad  y  de  belleza  moral  aue 
cabe  hallar  unido  á  las  más  palmarias  manifestaciones  de  la 
ilusión  y  del  error,  determinando  á  menudo  una  fraternidad 
de  móviles  y  sentimientos  que  se  levanta  por  encima  de  los 
deslindes  de  ideas  y  vincula  con  lazos  más  íntimos  que  los 
que  establece  la  escuela,  el  partido  ó  la  secta,  á  los  hombres 
que  militan  para  el  mundo  en  campos  distintos. — Y  como  ap- 
titud igualmente  inconciliable  con  su  índole,  falta  al  jacobi- 
nismo el  sentido  humano  de  la  realidad,  que  enseña  á  olvidar 
los  procedimientos  abstractos  de  la  lógica  cuando  se  trata  de 
orientarse  en  el  campo  infinitamente  complexo  de  los  senti- 
mientos individuales  y  sociales,  cuyo  conocimiento  certero 
será  siempre  la  base  angular  de  todo  propósito  eficaz  de  edu- 
cación y  reforma. 

La  misma  facultad  dominante  que  se  halla  en  el  fondo 
de  los  excesos  brutales,  pero  indisputablemente  sinceros,  de 
la  tiranía  jacobina,  constituye  el  fondo  de  la  intolerancia  pu- 
ramente ideológica  é  inerme  que  inspira  una  página  ó  una 
arenga  neo-jacobinas  sobre  puntos  de  religión,  filosofía  ó 
historia;  aunque  para  llegar  del  uno  al  otro  extremo  haya 
que  salvar  grandes  distancias  en  el  desenvolvimiento  lógico 
déla  misma  pasión,  y  aunque  para  no  pasar  de  cierto  grado» 
en  la  transición  del  uno  al  otro,  es  indudable  que  sería  su- 
ficiente en  muchos  casos  la  fuerza  instintiva  del  sentido  mo- 
ral.— El  nombre,  pues,  clasifica  con  indistinta  exactitud  am- 
bas formas  de  intransigencia  fanática,  relacionándolas  por 
una  analogía  más  fundamental  que  las  que  se  basan  en  la 
materialidad  de  los  hechos  ó  las  apariencias;  así  como  las 
clasificaciones  de  los  naturalistas  ordenan,  bajo  un  mismo 
nombre  genérico,  especies  aparentemente  diferentísimas,  pero 
vinculadas  por  un  rasgo  orgánico  más  hondo  que  los  que 
determinan  la  semejanza  formal. 


74  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


El  antecedente  teórico  de  la  tendencia  jacobina  es  la  filosofía 
■de  ía  Enciclopedia:  la  ideología  de  Condillac,  de  Helvecio,  de 
Rousseau,  expresión  del  mismo  espíritu  de  lógica  y  de  dogmatis- 
mo que  había  engendrado,  alrededor  de  ideas  aparentemente 
opuestas,  la  filosofía  católica  y  monárquica  del  siglo  de  Luis 
XIV,  con  la  argumentación  oratoria  de  Bossuet  y  la  «razón  razo- 
nante» de  Descartes. — Y  el  jacobinismo,  como  doctrina  y  es- 
cuela, persiste  y  retoña  hasta  nuestros  días,  en  este  género 
de  pseudo  liberalismo,  cuya  psicología  se  identifica  en  abso- 
luto con  la  psicología  de  las  sectas:  el  mismo  fondo  dogmá- 
tico; la  misma  aspiración  al  dominio  exclusivo  de  la  verdad; 
el  mismo  apego  á  la  fórmula  y  la  disciplina;  el  mismo  me- 
nosprecio de  la  tolerancia,  confundida  con  la  indiferencia  ó 
con  la  apostasía;  la  misma  mezcla  de  compasión  y  de  odio 
para  el  creyente  ó  para  el  no  creyente. 

No  cabe  duda  de  que  la  filiación  directa  de  esta  escuela 
pseudo-liberal  se  remonta  á  la  filosofía  revolucionaria  del 
siglo  XV III,  á  la  filosofía  que  fructificó  en  la  terrible  lógica 
aplicada  del  ensayo  de  fundación  social  del  jacobinismo,  y 
que,  por  lo  que  respecta  al  problema  religioso,  culminó  en 
el  criterio  que  privaba  en  las  vísperas  de  la  reacción  neo- 
católica de  Chateaubriand  y  Bonald:  cuando  se  escribían  y 
divulgaban  Las  Ruinas  de  Palmira;  cuando  se  admiraba  á 
Holbach  y  á  Le  Mettrie;  cuando  las  religiones  aparecían 
como  embrollas  monstruosas,  urdidas  calculadamente  por  unos 
•cuantos  impostores  solapados  y  astutos,  para  asentar  su  pre- 
dominio sobre  un  hato  de  imbéciles,  soporte  despreciable  de 
las  futuras  creencias  de  la  humanidad. 

El  criterio  histórico  era,  en  aquella  filosofía,  como  lo  es 
hoy  en  las  escuelas  que  la  han  recibido  en  patrimonio,  la 
aplicación  rígida  é  inexorable  de  unos  mismos  principios  al 
juicio  de  todas  las  épocas  y  todas  las  instituciones  del  pa- 
sado, sin  tener  en  cuenta  la  relatividad  de  las  ideas,  de  los 
-sentimientos  y  de  las  costumbres;  por  donde  fases  enteras  de 
Ja  historia:  la  Edad  Media,  la  España  del  siglo  XVI,  el  ca- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  ~¡ $ 

lolicismo,  el  feudalismo, — eran  condenadas  de  plano,  sin  la 
piadosa  excepción  de  un  hecho  ó  un  nombre,  como  estériles, 
perversas,  afrentosas  y  estúpidas. — Si  renunciando  á  la  im- 
placabilidad de  sus  odios,  aquella  filosofía  se  levantaba  al- 
guna vez  á  la  esfera  de  la  tolerancia,  jamás  pasaba  de  la  to- 
lerancia intelectualista  y  displicente  de  Voltaire  ó  de  Bayle, 
que  no  se  funda  en  intuición  de  simpatía,  en  penetrante  po- 
der de  comprensión,  como  la  de  un  Renán  ó  un  Sainte- 
Beuve,  sino  sólo  en  una  fría  lenidad  intelectual. — Y  todos 
estos  rasgos  característicos  se  mantienen  en  las  escuelas  que 
representan,  más  ó  menos  adaptado  á  las  condiciones  del 
pensamiento  contemporáneo,  el  mismo  espíritu;  con  la  dife- 
rencia—no favorable,  ciertamente,  para  éstas, — de  que  la 
filosofía  de  la  Enciclopedia  tenía,  para  sus  apasionamientos  é 
injusticias,  la  disculpa  de  la  grande  obra  de  demolición  y 
allanamiento  que  había  de  cumplir  para  cooperar  en  los  des- 
tinos del  mundo. 

Todo  el  sentido  filosófico  é  histórico  del  siglo  XIX — si  se 
le  busca  en  sus  manifestaciones  más  altas,  en  las  cumbres 
que  son  puntos  persistentes  de  orientación, — concurre  á  rec- 
tificar aquel  estrecho  concepto  del  pensamiento  libre,  y  aque- 
lla triste  idea  de  las  cosas  pasadas,  y  aquel  pobre  sistema 
de  crítica  religiosa. — El  pensador,  en  el  siglo  XIX,  es  Goethe, 
levantando  la  tolerancia  y  la  amplitud  á  la  altura  de  una  vi- 
sión olímpica,  en  que  se  percibe  la  suprema  armonía  de  to- 
das las  ideas  y  de  todas  las  cosas;  es  Spencer,  remontando 
su  espíritu  soberano  á  la  esfera  superior  desde  la  cual  reli- 
gión y  ciencia  aparecen  como  dos  fases  diferentes,  pero  no 
inconciliables,  del  mismo  misterio  infinito;  es  Augusto  Comte, 
manifestando  á  cada  paso  su  alto  respeto  histórico  por  la 
tradición  cristiana,  y  tomándola  como  modelo  en  su  sueño 
de  organización  religiosa:  es  Renán,  obteniendo  de  la  ex- 
plicación puramente  humana  del  cristianismo  el  más  sólido 
fundamento  de  su  glorificación,  y  manteniendo  vivo,  á  pesar 
de  su  prescindencia  de  lo  sobrenatural  trascendente,  un  pro- 


70  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


fundo  sentido  de  religiosidad;  es  Taine,  declarando  que  la 
civilización  europea  no  podría  dejar  extinguirse  en  su  seno- 
el  espíritu  cristiano  sin  provocar  una  recrudecencia  de  bar- 
barie, é  instaurando  el  más  severo  proceso  del  jacobinismo- 
práctico  y  teórico;  es  Carlyle,  llevando  su  capacidad  de  sim- 
patía hasta  sentir  el  germen  de  idealidad  y  superiores  anhe- 
los que  despunta  en  el  fetichismo  del  salvaje;  es  Max  Müller, 
aplicando  al  estudio  de  las  religiones  tantos  tesoros  de  cien- 
cia como  de  intuitiva  y  piadosa  sensibilidad;  y  es  Thierry  y 
es  Sismondi  y  es  Viollet-le-Duc  y  es  Fustel  de  Coulanges, 
reconstruyendo  la  voluntad,  el  pensamiento  y  las  institucio- 
nes sociales  y  políticas  de  los  siglos  más  desdeñados  ó  ca- 
lumniados de  la  historia,  para  concurrir  así  á  demostrar  que 
no  se  interrumpió  en  ellos  la  acción  del  nissus  secreto  que 
empuja  la  conciencia  de  la  humanidad  á  la  realización  de  un 
orden,  al  cumplimiento  de  una  norma  de  verdad  y  de  be- 
lleza. 

El  sentido  de  la  obra  intelectual  del  siglo  XIX  es,  en  suma, 
la  tolerancia;  pero  no  sólo  la  tolerancia  material,  la  que 
protege  la  inmunidad  de  las  personas,  la  que  se  refiere  á  de- 
rechos y  libertades  consignables  en  constituciones  y  leyes; 
sino  también,  y  principalmente,  la  tolerancia  espiritual,  la 
que  atañe  á  las  relaciones  de  las  ideas  entre  ellas  mismas, 
la  que  las  hace  comunicarse  y  cambiar  influencias  y  estímu- 
los, y  comprenderse  y  ampliarse  recíprocamente:  la  toleran- 
cia afirmativa  y  activa,  que  es  la  gran  escuela  de  amplitud 
para  el  pensamiento,  de  delicadeza  para  la  sensibilidad,  de- 
perfectibilidad para  el    carácter. 

No  le  agrada  esta  tolerancia  al  distinguido  portavoz  del 
«Centro  Liberal»,  que  ve  en  ella  una  suerte  de  claudicación 
pasiva;  y  nada  manifiesta  mejor  la  índole  sectaria  y  estrecha- 
de  su  liberalismo. — Dando  á  la  verdad  y  el  error,  en  cierto- 
género  de  ideas,  la  significación  absolutamente  precisa,  con 
que  se  ilusionan  todos  los  espíritus  dogmáticos;  que  excluye 
cuanto  hay  de  subjetivo  y  relativo    en    las    opiniones  de  los- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  77 

hombres;  que  prescinde  de  la  eterna  plasticidad  y  el  perpe- 
tuo devenir  de  las  fórmulas  de  la  verdad,  reduciendo  la  com- 
plexión infinita  del  pensamiento  humano  á  la  simplicidad  de 
una  lucha  teogónica  entre  un  Ormuzd  todo  claridad  y  un 
Ahrimán  todo  tinieblas,  concluye  que  no  hay  tolerancia  le- 
gítima con  el  Error  encarnado  en  ideas  ó  instituciones,  sino 
que  la  Ve-dad  ha  de  perseguirlo  sin  tregua  ni  misericordia, 
para  que  no  envenene  las  conciencias,  y  que  esta  implacable 
hostilidad  y  represión  es  «una  grande  obra  de  amor  humano». 
Criterio  permanente  de  todas  las  intolerancias;  criterio  con 
que  se  han  autorizado  y  legitimado  todas  las  persecuciones 
por  motivo  de  ideas,  y  que  constituye,  desde  luego,  la  exac- 
ta repetición  de  las  razones  que  han  estado  siempre  en  la- 
bios de  la  iglesia  católica  para  justificar  la  persecución  de  la 
herejía.  Porque,  como  nadie  que  tiene  una  fe  ó  una  convic- 
ción absoluta,  deja  de  considerar  que  la  verdad  está  con  él 
y  sólo  con  él,  es  obvio  que,  proclamada  la  vanidad  ó  la 
culpabilidad  de  ser  tolerante  con  las  instituciones  y  las  ideas 
erróneas,  nadie  dejará  de  reivindicar  exclusivamente  para  sí 
el  derecho  de  ejercer  esa  tolerancia  lícita,  plausible  y  redentora, 
en  opinión  del  conferenciante,  que  consiste  en  perseguir  al 
error,  acorralarlo  y  extinguirlo,  sin  consentirle  medio  de  di- 
fundirse é  insinuarse  en  las  almas. — Siempre  habrá  mil  res- 
puestas, absolutamente  distintas,  pero  indistintamente  seguras 
de  sí  mismas,  para  la  eterna  pregunta  de  Pilatos:  «¿Qué 
significa  la  verdad?» 

¿Por  qué  inutilizas,  monje  de  la  Edad  Media,  ese  precioso 
manuscrito,  para  emplear  el  pergamino  en  trazar  las  fórmu- 
las de  tus  rezos?  Porque  lo  que  dice  es  falso  y  lo  que  yo 
voy  á  estampar  encima  es  la  verdad. — ¿Por  qué  incendias, 
calila  musulmán,  los  libros  de  la  biblioteca  de  Alejandría? 
Porque  si  no  dicen  más  que  lo  que  está  en  mi  Ley,  que  es 
la  verdad,  son  innecesarios,  y  si  dicen  lo  que  no  está  en 
mi  Ley,  son  mentirosos  y  blasfemos. — ¿Por  qué  rompes,  cris- 
tiano intolerante  de  los  primeros    siglos,    esas    bellísimas  es- 


78  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


tatúas  de  Venus,  de  Apolo,  de  Minerva?  Porque  son  dioses- 
falsos  que  disputan  su  culto  al  Dios  de  la  verdad. — ¿Por  qué 
despedazas,  sectario  calvinista,  las  imágenes  de  ese  templo  de 
Orleans?  Porque  mi  interpretación  de  la  Biblia,  que  es  la 
verdadera,  me  dice  que  son  ídolos  del  error. — ¿Por  qué  pro- 
fanas, gobierno  revolucionario,  las  naves  de  «Nuestra  Señora 
de  París?»  Porque  allí  tiene  su  nido  la  mentira  que  estorba 
el  paso  á  mi  verdad. — ¿Por  qué  arrojas  al  fuego,  inquisidor 
español,  esos  tesoros  de  literatura  oriental,  de  Salamanca? 
Porque  quien  los  conociere  podría  tentarse  á  abandonar  la 
verdad  por  el  error. — ¿Por  qué  incluyes  en  tu  índex,  Pontí- 
fice romano,  tantas  obras  maestras  de  la  filosofía,  la  exége- 
sis  y  la  literatura?  Porque  represento  la  Verdad  y  tengo  el 
deber  de  guardar  para  ella  sola  el  dominio  de  las  concien- 
cias. 

En  el  desenvolvimiento  de  esta  lógica,  es  bien  sabido  que 
las  personas  mismas,  en  sus  inmunidades  más  elementales  y 
sagradas,  no  quedan  muy  seguras...  Todo  está  en  que  se 
entenebrezca  el  horizonte  y  se  desate  la  tormenta.  Y  así,  to- 
das las  intolerancias  que  empiezan  por  afirmar  de  modo  pu- 
ramente ideal  y  doctrinario:  «Soy  la  eterna,  exclusiva  é  in- 
modificable  verdad»,  pasan  luego,  si  hallan  la  ocasión  pro- 
picia, á  auxiliarse  del  «brazo  secular»  para  quemar  libros  ó 
romper  estatuas,  cerrar  iglesias  ó  clausurar  clubs,  prohibir 
colores  ó  interdecir  himnos;  hasta  que  el  último  límite  se 
quebranta,  y  las  personas  no  son  ya  más  invulnerables  que 
las  ideas  y  las  instituciones;  y  partiendo  por  rumbos  diame- 
tralmente  opuestos,  se  unen  en  el  mismo  culto  de  Moloch — 
como  caminantes  que,  dando  la  vuelta  redonda,  se  asombra- 
sen de  llegar  al  mismo  punto — Torquemada  y  Marat;  Jacobo 
Clement  y  Barére;  los  sanbartolomistas  Jy  los  septembristas; 
el  Santo  Oficio  y  el  «Comité  de  Salud  Pública»;  los  expul- 
sores  de  moros  y  judíos  y  los  incendiarios  de  iglesias  y  con- 
ventos. 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  79 

IX 
Conclusión 


Falso  concepto  de  la  tolerancia  que  censura  tiene  el  doc 
tor  Díaz,  cuando  supone  que  ella  excluye  la  acción,  en  los 
partidarios  de  la  libertad,  dejando  libre  el  campo  á  los  avan- 
ces enemigos.  Las  condiciones  de  la  acción  no  son  otras  que 
el  derecho  y  la  oportunidad.  Lo  legítimo  de  la  acción  repre- 
siva empieza  donde  se  prueba  que  el  derecho  de  alguno  ha 
ultrapasado  sus  límites  para  perjudicar  al  de  otros.  Y  la  hora 
de  una  iniciativa  ha  sonado  cuando  se  demuestra  el  interés 
social  que  la  hace  necesaria  ú  oportuna.  No  serán  las  agita- 
ciones liberales,  per  se,  las  que  puedan  disgustarnos,  sino  lo 
gratuito  é  inoportuno  de  ellas.  No  es  el  movimiento  anticle- 
rical en  sí  mismo,  sino  su  vana  provocación  con  actos  como 
el  que  discutimos,  desacertados  é  injustos,  que  aun  cuando 
no  lo  fueran,  estarían  siempre  en  evidente  desproporción  de 
importancia  para  con  la  intensidad  de  los  agravios  que  cau- 
san y  de  las  pasiones  que  excitan. — Dígasenos  cuál  es  la  ac- 
ción fecunda  á  que  se  nos  convoca  en  nombre  de  la  libertad; 
indíquesenos  dónde  está  concretamente  la  reforma  que  sea 
necesario,  justo  y  oportuno  hacer  práctica;  y  si  reconocemos 
la  necesidad  y  sentimos  la  justicia  y  vemos  la  oportunidad, 
acompañaremos  sin  vacilar  la  iniciativa  y  ni  aún  nos  impor- 
tará que  ella  haya  de  realizarse  á  costa  de  esas  turbulencias 
que  son  la  protesta  inevitable  de  la  tradición  y  la  costumbre. 
Pero  suscitar  primero  la  agitación  para  buscar  después  pre- 
textos que  la  justifiquen,  tocar  primero  á  rebato  para  descu- 
brir después  el  peligro  á  que  deba  correrse;  componer  pri- 
mero la   tonada    para    después    idear  la    letra  que    haya  que 


80  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


ajustar  á  su  ritmo,  eso  no  puede  parecemos  más  que  fuerza 
perdida  y  bulla  estéril,  propia  para  alborotar  á  los  mucha- 
chos y  sacar  á  luz  toda  la  prendería  de  las  declamaciones 
antipapales  y  antiinquisitoriales,  pero  absolutamente  vana 
para  cuanto  signifique  un  adelanto  positivo  en  la  marcha  de 
las  ideas,  una  conquista  sólida  en  el  sentido  del  pensamiento 
libre. 

¡Pensamierito  libre!.,.  He  aquí  otro  motivo  de  considera- 
dones  que  bien  merecerían  una  prolija  atención  si  estos  ar- 
tículos no  se  hubieran  dilatado  ya  más  de  lo  justo.— ¿Piensa 
por  ventura  el  doctor  Díaz  que  no  hay  más  que  romper  el 
yugo  de  los  dogmas  católicos  para  adquirir  la  libertad  de 
pensar?  El  libre  pensamiento  es  cosa  mucho  más  ardua  y  com- 
pleja de  lo  que  supone  la  superficial  interpretación  común  que 
le  identifica  con  la  independencia  respecto  de  la  fe  tradicio- 
nal. Es  mucho  más  que  una  fórmula  y  una  divisa:  es  un  re- 
sultado de  educación  interior,  á  que  pocos,  muy  pocos  alcan- 
zan. Pensar  con  libertad,  ó  no  significa  sino  una  frase  hecha, 
ó  significa  pensar  por  cuenta  propia,  por  esfuerzo  consciente 
y  racional  del  propio  espíritu;  y  para  consumar  esta  preciosa 
emancipación  y  para  adquirir  esta  difícil  capacidad,  no  basta 
con  haberse  libertado  de  la  autoridad  dogmática  de  una  fe. 
Hay  muchas  otras  preocupaciones,  muchos  otros  prejuicios, 
muchas  otras  autoridades  irracionales,  muchos  otros  conven- 
cionalismos persistentes,  muchas  otras  idolatrías,  que  no  son 
la  fe  religiosa,  y  á  los  cuales  ha  menester  sobreponerse  el 
que  aspire  á  la  real  y  efectiva  libertad  de  su  conciencia.  Todo 
lo  que  tienda  á  sofocar  dentro  de  una  fórmula  preestablecida 
la  espontaneidad  del  juicio  personal  y  del  raciocinio  propio; 
todo  lo  que  signifique  un  molde  impuesto  de  antemano  para 
reprimir  la  libre  actividad  de  la  propia  reflexión;  todo  lo  que 
importe  propósito  sistemático,  afirmación  ó  negación  fanáticas, 
vinculación  votiva  con  cierta  tendencia  incapaz  de  rectificarse 
ó  modificarse,  es,  por  definición,  contrario  á  la  libertad  de 
pensamiento.  Y  por  lo  tanto,   las  organizaciones  pseudo-libe- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  8l 

rales  que  entrañan  la  guerra  incondicional  y  ciega  contra  de- 
terminada fe  religiosa,  excluyendo  la  posibilidad  de  diferen- 
ciar, de  discernir,  de  hacer  las  salvedades  y  excepciones  que 
la  justicia  exija,  en  cuanto  á  la  tradición  histórica  ó  en  cuanto 
á  las  manifestaciones  actuales  de  esa  fe, — vale  decir:  exclu- 
yendo la  posibilidad  de  un  ejercicio  leal  é  independiente  del 
criterio  personal,^— son  en  sí  mismas  una  persistente  negación 
del  pensamiento  libre. 

Si  para  llamarse  á  justo  título  librepensador  bastara  con 
inscribirse  en  los  registros  de  una  asociación  de  propaganda 
y  participar  de  los  odios  anticlericales,  dependería  de  un  acto 
de  voluntad, — menos  aún:  de  un  movimiento  reflejo, — el  ser 
efectivamente  librepensador;  pero  el  hecho  es  que  poder  lla- 
márselo con  verdad  es  cosa  difícil:  tanto,  que  para  que  el 
libre  pensamiento  pudiera  ser  la  característica  psicológica  del 
mayor  número,  se  requeriría  en  la  generalidad  de  los  espíri- 
tus un  estado  de  elevación  mental  que  hoy  no  es  lícito,  ni 
aún  con  el  mayor  optimismo,  reconocer  sino  en  un  escaso 
grupo.  Fácil  sería  demostrar,  en  efecto,  que  la  gran  mayoría 
de  los  hombres,  los  que  forman  multitud  para  echarse  á  la 
calle  en  día  de  mitin  y  auditorio  numeroso  con  que  llenar 
salas  de  conferencias  para  aplaudir  discursos  entusiastas,  no 
pueden  ser,  dado  el  actual  nivel  medio  de  cultura  en  las  so- 
ciedades humanas,  verdaderos  librepensadores.  Y  no  pueden 
serlo — si  se  da  á  esa  palabra  el  significado  que  real  é  ínti- 
mamente tiene  y  no  el  que  le  atribuye  el  uso  vulgar — porque 
lo  que  creen  y  proclaman  y  juran,  aunque  marque  el  grado 
máximo  de  exaltación  en  punto  á  ideas  liberales,  no  ha  sido 
adquirido  por  vía  de  convencimiento  racional,  sino  por  pre- 
juicio, por  sugestión  ó  por  preocupación.  La  misma  docilidad 
inconsciente  y  automática  que  constituía  en  lo  pasado  el  po- 
puloso cortejo  de  los  dogmas  religiosos,  constituye  en  nues- 
tros días  el  no  menos  populoso  cortejo  de  las  verdades  cien- 
tíficas vulgarizadas  y  de  las  ideas  de  irreligiosidad  y  libertad 
que  han  llegado  al  espíritu  de  la  muchedumbre. — Muchísimos 


82  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 

son— valga  esto  de  ejemplo — los  que,   aún  en  capas  muy  in- 
feriores,   intelectualmente,  del  vulgo,    están  enterados  de  que 
la  tierra  se    mueve    alrededor   de    sí    misma  y    alrededor  def 
sol.   Pero  entre  cien  que  lo  saben  habrá  dos  6  tres  que  sean 
capaces  de  probarlo.  Los  demás  quedarían  absolutamente  des- 
concertados   si  se  les    exigiera  una   demostración    de  que  no 
tienen  noticia  ó  que  nunca  han  analizado  por  sí  mismos  para 
comprenderla;    pero    no  por    eso  dejan    de  abrigar  la  íntima 
seguridad  de  lo  que  dicen,    hasta  el  punto  de  que  no  vacila- 
rían en  aceptar,  en  favor  de  ello,  una  apuesta  en  que  les  fuese 
la  fortuna  ó  la  vida.  La  multitud  cree,  pues,  en  la  autoridad 
de  la  ciencia,  por  fe,    por  adhesión  irracional,    por  docilidad 
hipnótica:    por  motivos   absolutamente   ajenos  á  la  activa  in- 
tervención de  su  raciocinio;  como  hubiera  creído,  á  nacer  dos 
siglos  antes,  en  la  autoridad  de  la  fe  religiosa  y  en  los  dog- 
mas que  esta  autoridad  impone.  Y  lo  que  se  dice  de  las  ver- 
dades   científicas,    puede,    con  doble   fundamento,    decirse  de 
las  ideas  morales  y  sociales.    Muy  pocos  son    los  que  se  en- 
cuentran en    el  partido,    escuela  ó  comunión    de  ideas  á  que 
pertenecen,    por   examen    propio  y   maduro,    por  elección  de 
veras  consciente,  y  no    por  influencias   recibidas  de  la  tradi- 
ción, del    ambiente  ó  de    la  superioridad    ajena.    Mientras  el 
nivel  medio  de  cultura    de  la  humanidad    no  alcance  muchos 
grados  más  arriba,  no  hay  que  ver  en  ningún  género  de  pro- 
selitismo  un  convencimiento  comunicado,  por  operación  racio- 
nal, de  inteligencia  á  inteligencia,  sino  una  obra  de  mera  su- 
gestión. Si  sugestionados  son  la  mayor  parte  de  los  que  lle- 
van   cirios  en    las  procesiones,    sugestionados    son  la  mayor 
parte  de  los  que  se  burlan  de  ellos  desde  el  balcón  ó  la  es- 
quina. El  sueño  y  la  obediencia  del  sonámbulo,  con  los  que 
Tarde  ha  asimilado  la    manera  como  se  trasmite  y  prevalece 
la  fuerza  social  de  imitación,  siguen  siendo  el  secreto  de  toda 
propaganda  de  ideas  y  pasiones.    No  hay  por  qué  sublevarse 
contra  esto,    que  está   todavía  en    la  naturaleza    de  las  cosas 
humanas;  pero  propender  á  que   deje  de  ser   tal  la  ley  de  la 
necesidad  es  la  gran  empresa  del  pensamiento  libre. 


LIBERALISMO     Y    JACOBINISMO 


Y  entendido  y  definido  así  el  libre  pensamiento,  ¿qué 
será  necesario  para  aumentar  el  número,  forzosamente  redu- 
cido aún,  de  los  que  pueden  llamarse  librepensadores?  Tratar 
de  aumentar  el  número  de  los  hambres  capaces  de  examinar  por 
sí  mismos  antes  de  adoptar  una  idea,  antes  de  afiliarse  en  una 
colectividad,  antes  de  agregarse  á  la  manifestación  que  ven  pasar 
por  la  calle,  antes  de  prenderse  la  divisa  que  ven  lucir  en  el  pe- 
cho del  padre,  del  hermano  ó  del  amigo.  Y  como  esta  capacidad 
depende  de  les  elementos  que  proporciona  la  cultura  y  del 
recto  ejercicio  del  criterio,  se  sigue  que  la  tarea  esencial  para 
los  fines  del  pensamiento  libre  es  educar,  es  extender  y  me- 
jorar la  educación  y  la  instrucción  de  las  masas:  por  cuyo 
camino  se  llegará  en  lo  porvenir,  si  no  á  formar  una  mayo- 
ría de  librepensadores  en  la  plena  acepción  de  este  concepto, 
—  porque  la  superior  independencia  de  toda  sugestión,  pre- 
ocupación y  prejuicio  siempre  seguirá  siendo  privilegio  de  los 
espíritus  más  enérgicos  y  penetrantes, — por  lo  menos  á  ase- 
gurar en  la  mayor  parte  de  los  hombres  una  relativa  libertad 
de  pensar. — Este  es  el  liberalismo,  para  quien  atienda  á  la 
esencia  de  las  cosas  y  las  ¡deas;  éste  es  el  pensamiento  libre, 
que,  como  se  ve,  abarca  mucho  más  é  implica  algo  mucho 
más  alto  que  una  simple  obsesión  antirreligiosa;  y  el  proce- 
dimiento con  que  puede  tenderse  eficientemente  á  su  triunfo  es, 
lo  repito,  el  de  la  educación  atinada  y  metódica,  perseverante 
y  segura,  que  nada  tiene  que  ver  con  organizaciones  sistemá- 
ticas conducentes  á  sustituir  un  fanatismo  con  otro  fanatismo; 
la  autoridad  irracional  de  un  dogma  con  la  autoridad  irracio- 
nal de  una  sugestión  de  prejuicios;  el  amor  ciego  de  una  fe 
con  el  odio  ciego  de  una  incredulidad. 

Abandone,  pues,  el  doctor  Díaz  su  generosa  ilusión  de 
que  todos  los  que  concurren  á  oirle  son  librepensadores  y  de 
que  su  aplauso  es  la  sanción  consciente  del  libre  pensamiento. 
Mucho  le  aplaude  ahora  su  auditorio;  pero  si  extremara  la 
nota  y  subiera  el  tono  de  sus  invectivas,  no  le  quepa  duda 
de  que  aún  le  aplaudiría  mucho    más.    Lo    característico  del 


84  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


sentido  crítico  de  la  mayoría  es  no  entender  de  matices.  En 
arte,  como  en  moral,  como  en  cualquier  género  de  ideas, 
la  ausencia  de  la  intuición  de  los  matices  es  el  límite  propio 
del  espíritu  de  la  muchedumbre.  Allí  donde  la  retina  culti- 
vada percibirá  nueve  matices  de  color,  la  retina  vulgar  no 
percibirá  más  que  tres.  Allí  donde  el  oído  cultivado  perci- 
birá doce  matices  de  sonido,  el  oído  vulgar  no  percibirá  sino 
cuatro.  Allí  donde  el  criterio  cultivado  percibirá  veinte  ma- 
tices de  sentimientos  y  de  ideas,  para  elegir  entre  ellos  aquel 
en  que  esté  el  punto  de  la  equidad  y  la  verdad,  el  criterio 
vulgar  no  percibirá  más  que  dos  matices  extremos:  el  del  si 
y  el  del  no,  el  de  la  afirmación  absoluta  y  el  de  la  negación 
absoluta,  para  arrojar  de  un  lado  todo  el  peso  de  la  fe  ciega 
y  del  otro  lado  todo  el  peso  del  odio  iracundo. 

Esto  es  así  y  es  natural  y  forzoso  que  sea  así,  desde  que 
la  diferenciación  de  los  matices  implica  un  grado  de  com- 
plexidad mental  que  sería  injusto  y  absurdo  exigir  del  espí- 
ritu de  la  multitud.  Es  más:  quizá  conviene,  en  ella,  esta 
inferioridad  relativa;  porque  el  modo  como  puede  ser  eficaz 
la  colaboración  de  la  multitud  en  los  acontecimientos  huma- 
nos, es  el  de  la  pasión  fascinada  é  impetuosa,  que  lleva  con 
ceguedad  sublime  á  la  heroicidad  y  al  sacrificio,  y  que  no 
se  reemplazaría  de  ninguna  manera  en  ciertos  momentos  de 
la  historia:  semejante  la  muchedumbre  en  esto  al  hombre  de 
genio  en  la  fundación  moral  ó  la  acción,  que  también  debe 
su  fuerza  peculiar  á  lo  absoluto  de  su  fe,  á  su  arrebato  y 
obsesión  de  alucinado.  El  día  en  que  intelectualizásemos  al 
pueblo,  para  que  su  pensamiento  fuera  real  y  verdaderamente 
libre;  el  día  en  que  lográsemos  darle  la  aptitud  de  comparar 
y  analizar  ¿quién  sabe,  después  de  todo,  si  este  don  del 
análisis  dejaría  subsistir  la  virtud  de  su  omnipotente  entu- 
siasmo?. . . 

Pero  no  se  trata  aquí  de  discutir  con  quien  es  vulgo, 
sino  con  quien  se  levanta  muy  arriba  del  vulgo;  y  por  eso 
cabe  preguntar  si  la  fuerza  empleada    en    adaptarse    al    am- 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  8$ 


biente  de  la  vulgaridad  no  tendría  mejor  empleo  en  propen- 
der á  elevar  la  vulgaridad  al  nivel  propio. 

El  doctor  Díaz  tiene  méritos  y  condiciones  con  que  aspi- 
rar á  triunfos  mucho  más  altos  que  el  de  estas  propagandas 
y  estos  discursos. 

Su  liberalismo  es  probablemente  el  de  la  mayoría:  se  lo 
concedo  sin  dificultad. 

¿Será  también  el  que,  en  el  inmediato  porvenir,  preva- 
lezca y  se  realice  en  el  mundo? 

No  es  imposible. 

No  es  imposible  que  se  preparen  en  el  mundo  días  acia- 
gos para  la  libertad  humana.  No  es  imposible  que — según 
augures  pesimistas  suelen  profetizarlo — la  corriente  de  las- 
ideas,  precipitándose  cada  día  más  en  sentido  del  menospre- 
cio de  la  libertad  individual,  sacrificada  á  la  imposición  ava- 
salladora de  la  voluntad  y  el  interés  colectivos,  lleve  al 
mundo,  con  acelerado  paso,  á  una  de  esas  situaciones  de 
universal  nivelación,  en  que  el  opresor, — persona  ó  multitud, 
César  ó  plebe, — reclama  á  un  tiempo  para  sí  el  Imperio  y 
el  Pontificado,  obligando  al  pensamiento  individual  á  refu- 
giarse en  el  íntimo  seguro  de  las  conciencias,  como  las  aves 
que  se  acogen  á  los  huecos  de  las  torres  que  se  deshacen  y 
de  los  templos  que  se  derrumban. 

Si  ése  es  el  inmediato  porvenir,  habremos  de  resignarnos 
á  no  ser  ya  entonces  hombres  de  nuestro  tiempo. — Pero  la 
eficacia  inmortal  de  la  idea  de  la  libertad  que  concretó  las 
primeras  convicciones  de  nuestra  mente,  que  despertó  los- 
primeros  entusiasmos  de  nuestro  corazón,  y  que  encierra  en 
sus  desenvolvimientos  concéntricos  la  armonía  de  todos  los 
derechos,  la  tolerancia  con  todas  las  ideas,  el  respeto  de  to- 
dos los  merecimientos  históricos,  la  sanción  de  todas  las  su- 
perioridades legítimas, — seguirá  siendo,  en  mayoría  ó  mino- 
ría, el  paladión  del  derecho  de  todos — y  allí  donde  quede 
una  sola  conciencia  que  la  sienta,  allí  estará  la  equidad,  allí 
la  justicia,  allí  la  esperanza  para  la  hora  del  naufragio  y  de 
la  decepción! 


APÉNDICE 


El   sentimiento  religioso    y    la  crítica  (i) 


Señor  don  R.  Scafarelli. 
Estimado  amigo: 

N.o  me  pasó  inadvertida,  cuando  tuvo  usted  la  amabilidad 
de  poner  en  mis  manos  el  opúsculo  de  que  es  autor  (2),  cierta 
desconfianza  suya  respecto  de  la  disposición  de  ánimo  con 
que  yo  lo  leería  y  juzgaría.  Pensaba  usted  que  llegaba  á 
tienda  de  enemigo,  y  que  su  obsequio  era  la  espada  que  se 
ofrece  caballerescamente  por  la  empuñadura.  He  de  decir  á 
usted  en  qué  acertó,  y  en  qué  proporción,  mucho  mayor, 
no  acertó. 

Del  punto  de  vista  de  las  ideas,  grande  es  la  distancia 
que  nos  separa.  Si  sólo  como  profesión  de  ideas  hubiera  yo 
de  considerar  su  opúsculo,  resultaría  quizá  que  no  habría  en 
él  dos  líneas  que  no  suscitasen  en  mí  el  impulso  de  la  con- 
tradicción, y  en  ocasiones,  el    sentimiento    de    protesta  y  de 


(1)  Por  exponer  ideas  que  se  relacionan  con  las  de  los  anteriores 
artículos,  y  en  cierto  modo  las  complementan,  incluyo  aquí  esta 
<arta. 

(2)  «El  Mártir  del  Gólgota». 


88  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


angustia  con  que  se  asiste  al  espectáculo  de  un  espíritu  ca- 
paz de  desplegar  con  amplia  libertad  su  vuelo  y  á  quien 
contienen  y  limitan  las  trabas  de  dogmas  difícilmente  conci- 
liables con  los  fueros  de  la  libre  investigación  y  de  la  razón 
independiente. 

Pero  si  en  sus  páginas  no  hubiese  más  que  la  escueta 
exposición  de  las  ¡deas,  ellas  no  tendrían  otro  interés  que  el 
que  consistiría  en  proponer  una  vez  más  al  debate  dogmas 
cien  mil  veces  confesados,  cien  mil  veces  negados,  cien  mil 
veces  controvertidos.  Hay  algo  más  que  considerar  en  !o 
que  usted  ha  escrito,  y  algo  más  hondo  y  original  que  las 
ideas;  y  es  el  espíritu  personal,  el  sentimiento  ambiente,  el 
aroma  de  la  fe  que  se  entreabre  en  un  alma  joven  y  en- 
tusiástica y  la  embalsama  é  inspira:  y  éste  es  el  interés  in» 
tenso  que  su  libro  entraña,  esto  lo  que  le  da  valor  moral  y 
estético,  ésta  la  nota  que  le  redime  de  la  vulgaridad. 

Por  otra  parte,  aunque  en  la  clasificación  de  las  ideas  ocu- 
pemos campos  distintos,  no  hallo  en  mi  espíritu  repugnancia 
ni  dificultad  para  ponerme  al  unísono  del  suyo,  como  lo  exige 
la  ley  de  simpatía  que  es  fundamento  de  toda  crítica  certera,, 
á  fin  de  comprenderle  y  juzgarle.  Nada  me  irrita  más  que  la 
religiosidad  mentida,  máscara  que  disfraza  con  la  apariencia 
de  una  fe  propósitos  temporales  de  más  ó  menos  bajo  vuelo; 
y  la  religiosidad  tibia,  frivola  y  mundana,  sin  profundidad  y 
sin  unción,  dilettaníismo  indigno;  y  la  groseramente  fanática,, 
que  degrada  al  nivel  de  las  brutales  disputas  de  los  hombres  las 
ideas  que  más  excelsamente  deben  levantarse  sobre  toda  baja 
realidad.  Pero  crea  usted  que  nada  me  inspira  más  respeto 
que  la  sinceridad  religiosa,  donde  quiera  que  ella  se  manifieste, 
cualesquiera  que  sean  los  dogmas  á  que  viva  unida.  Ante  el 
fervor  que  brota  del  recogimiento  del  corazón,  y  presta  alas 
de  inspiración  al  pensamiento,  y  trasciende  á  la  conducta  en 
caridad  y  amor,  respeto  y  admiro.  Jamás  me  sentiré  tentado- 
á  encontrar  objeto  de  desprecio  ó  de  burla  en  lo  aparente  j 
literal  de  un  dogma,  si  por  bajo  de  él,  enfervorizando  al  es  - 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  8q 

pírítu  que  lo  profesa,  percibo  un  hondo  y  personal  sentimien- 
to del  impenetrable  misterio  de  que  son  símbolos  ó  cifras  to- 
dos los  dogmas. 

La  preocupación  del  Misterio  infinito  es  inmortal  en  la  con- 
ciencia humana.  Nuestra  imposibilidad  de  esclarecerlo  no  es 
eficaz  más  que  para  avivar  la  tentación  irresistible  con  que 
nos  atrae,  y  aun  cuando  esta  tentación  pudiera  extinguirse, 
no  sería  sin  sacrificio  de  las  más  hondas  fuentes  de  idealidad 
para  la  vida  y  de  elevación  para  el  pensamiento.  Nos  inquie- 
tarán siempre  la  oculta  razón  de  lo  que  nos  rodea,  el  ori- 
gen de  dónde  venimos,  el  fin  adonde  vamos,  y  nada  será  ca- 
paz de  sustituir  al  sentimiento  religioso  para  satisfacer  esa 
necesidad  de  nuestra  naturaleza  moral;  porque  lo  absoluto  del 
Enigma  hace  que  cualquiera  explicación  positiva  de  las  cosas 
quede  fatalmente,  respecto  de  él,  en  una  desproporción  infi- 
nita, que  sólo  podrá  llenarse  por  la  absoluta  iluminación  de 
una  fe.  De  este  punto  de  vista,  la  legitimidad  de  las  religio- 
nes es  evidente.  Flaquean  en  lo  que  tienen  de  circunscripto 
y  negativo;  flaquean  cuando  pretenden  convertir  lo  que  es  de 
una  raza,  de  una  civilización  ó  de  una  era:  el  dogma  con- 
creto y  las  fórmulas  plásticas  del  culto,  en  esencia  eterna  é 
inmodificable,  levantada  sobre  la  evolución  de  las  ideas,  los 
sentimientos  y  las  costumbres.  Y  flaquean  aún  más  y  justifi- 
can la  protesta  violenta  y  la  resistencia  implacable,  cuando, 
descendiendo  de  la  excelsa  esfera  que  les  es  propia,  invaden 
el  campo  de  los  intereses  y  pasiones  del  mundo,  convertidas 
en  instrumentos  de  predominio  material,  que  hieren  con  los 
filos  de  la  intolerancia  y  aspiran  á  imponerse  por  la  repre- 
sión de  las  conciencias. 

Si  tuvieran  la  noción  clara  de  sus  límites,  nada  faltaría  para 
sellar  por  siempre  su  convivencia  amistosa  con  el  espíritu  de 
investigación  positiva  y  con  los  fueros  de  la  libertad  humana. 
«La  posición  central  de  las  religiones  es  inexpugnable»,  ha  dicho 
Herbert  Spencer  en  aquel  maravilloso  capítulo  de  Los  Prime' 
ros  Principios    que    se  intitula   Reconciliación ,    y  en  el    que  la 


90  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


austeridad  del  pensamiento  científico  llega — sin  otra  fuerza  pa- 
tética que  su  propia  desnuda  eficacia— á  producir  en  nuestro 
ánimo  conmovido  el  sentimiento  de  concordia,  de  paz,  de 
beatitud,  con  que  el  espectador  del  teatro  antiguo  asistía,  en 
el  solemne  desenlace  de  la  tragedia,  á  la  solución  y  purifica- 
ción de  todo  conflicto  de  pasiones:  efecto  de  serenidad  ideal 
que  constituye  el  más  alto  de  los  triunfos,  así  en  la  esfera 
del  pensamiento  especulativo  como  en  la  del  arte. 

Yo,  que  soy  tan  profundamente  latino  en  mi  concepción 
de  la  belleza  y  de  la  vida,  y  en  mis  veneraciones  históricas, 
encuentro  en  nuestro  libre  pensamiento  latino  una  tendencia  á 
la  declamación  forense — eterna  enemiga  de  la  austera  Mens 
interior— y  una  unilateralidad  y  una  ausencia  de  delicadeza  y 
penetración  intuitiva  para  llegar  al  espíritu  de  las  religiones 
y  comprender  y  sentir  su  eterno  fondo  inefable,  que  le  dejan 
á  cien  leguas  de  las  inspiradas  intuiciones  de  un  Carlyle, 
cuyo  sentido  profundo  alcanza  hasta  iluminar  el  germen  no- 
ble de  idealidad  y  superiores  anhelos  que  despunta  en  la  ado- 
ración temblorosa  del  salvaje  ante  el  grosero  fetiche. — El 
pensamiento  francés  es  mi  encanto;  y  con  todo,  muy  rara  vez 
he  encontrado  en  autores  franceses,  aun  los  más  sutiles,  aun 
los  más  hondos,  página  donde  se  establezca  la  posición  de  la 
conciencia  libre  frente  al  problema  religioso,  de  manera  que 
plenamente  me  satisfaga.  Ernesto  Renán  es  una  excepción. 
Hay  en  la  manera  como  este  extraordinario  espíritu  toca 
cuanto  se  relaciona  con  el  sentimiento  y  el  culto  del  eterno 
Misterio,  un  tacto  exquisito  y  una  facultad  de  simpatía  y 
comprensión  tan  hondas  que  hacen  que  se  desprenda  de  sus 
páginas — excépticas  y  disolventes  para  el  criterio  de  la  vulgari- 
dad,—una  real  inspiración  religiosa,  de  las  más  profundas  y 
durables,  de  las  que  perseveran  de  por  vida  en  el  alma  que 
ha  recibido  una  vez  su  balsámica  unción. 

El  libre  pensamiento,  tal  como  yo  lo  concibo  y  lo  profeso, 
es,  en  su  más  íntima  esencia,  la  tolerancia;  y  la  tolerancia 
fecunda  no  ha  de  ser  sólo    pasiva,    sino    activa    también;  no 


LIBERALISMO    Y    JACOBINISMO  9 1 

ha  de  ser  sólo  actitud  apática,  consentimiento  desdeñoso,  fría 
lenidad,  sino  cambio  de  estímulos  y  enseñanzas,  relación  de 
amor,  poder  de  simpatía  que  penetre  en  los  abismos  de  la 
conciencia  ajena  con  la  intuición  de  que  nunca  será  capaz  el 
corazón  indiferente. 

Y  más  que  cualesquiera  otras,  son  las  cuestiones  religiosas 
las  que  requieren  este  alto  género  de  tolerancia,  porque  son 
aquellas  en  que  por  más  parte  entra  el  fondo  inconsciente  é 
inefable  de  cada  espíritu,  y  en  que  más  se  ha  menester  de 
esa  segunda  vista  de  la  sensibilidad  que  llega  adonde  no  al- 
canza la  perspicuidad  del  puro  conocimiento. 

Con  esa  tolerancia  he  leído,  sentido  y  comprendido  su  li- 
bro; yo,  que,  si  como  objeto  de  análisis  fríamente  intelec- 
tual hubiera  de  tomarlo,  sólo  hallaría  motivo  en  él  para  una 
crítica  estrecha  y  negativa.  En  general,  con  esa  tolerancia 
encaro  cuanto  leo,  si  reconozco  en  ello  sinceridad;  ya  se 
trate  de  religión,  de  ciencia,  ó  de  literatura.  En  la  educa- 
ción de  mi  espíritu,  de  una  cosa  estoy  satisfecho;  y  es  de 
haber  conquistado,  merced  á  una  constante  disciplina  inte- 
rior— favorecida  por  cierta  tendencia  innata  de  mi  naturaleza 
mental, — aquella  superior  amplitud  que  permite  al  juicio  y  al 
sentimiento,  remontados  sobre  sus  estrechas  determinaciones 
personales,  percibir  la  nota  de  verdad  que  vibra  en  el  tim- 
bre de  toda  convicción  sincera,  sentir  el  rayo  de  poesía  que 
ilumina  toda  concepción  elevada  del  mundo,  libar  la  gota  de 
amor  que  ocupa  el  fondo  de    todo  entusiasmo    desinteresado. 

Por  eso,  del  libro  suyo  que  vino  á  mí  no  puede  decirse 
que  viniera  á  real  de  enemigo.  ¿Quién  habla  de  enemistad 
cuando  se  trata  de  las  confidencias  de  ideales  y  esperanzas, 
que  se  cruzan  de  corazón  á  corazón,  de  conciencia  á  con- 
ciencia? La  enemistad  por  razón  de  ideas  es  cosa  de  fanáti- 
cos: de  los  fanáticos  que  creen  y  de  los  que  niegan.  Las 
almas  generosas  hallan  en  la  misma  diferencia  de  sus  ideas, 
y  en  los  coloquios  que  de  esta  diferencia  nacen,  el  funda- 
mento de  una  comensalía  espiritual.    Nos    encontramos  en  el 


92  JOSÉ    ENRIQUE    RODÓ 


camino;  usted  me  habla  de    su  fe  y  del    amor  que    le  tiene,, 
con  sinceridad    y     entusiasmo;    yo,    le    escucho  con  interés. 
Cuando  me  llegue  el  turno,  yo  le  hablaré,    con    igual    íntima 
verdad,  de  la  manera  como  á  mi  alma    se    impone  la  atrac- 
ción del  formidable  enigma,  y  de  lo    que    creo,  y  de  lo  que 
dudo;  y  usted  me  escuchará  también,  y  así  ambos   saldremos 
ganando;  porque  lo  único  que  no  deja   beneficio    al    espíritu 
es  la  falsedad,  es  la  vulgaridad,  es  la  pasión    fanática;  es  el 
sermón  del  clerizonte  zafio,  sin  caridad  ni    delicadeza;    es    la 
invectiva  del  jacobino    furibundo,    sin    elevación    ni    cultura; 
mientras  que  siempre  hay   algo  que  aprender  en   lo  que  piensa 
y  siente  sobre  las  cosas  superiores    un    alma    lealmente  ena- 
morada del  bien  y  la  verdad. 
Créame  su  affmo.  amigo. 

José  Enrique  Rodó. 


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ÍNDICE 


PAGINAS 

La  expulsión  de  los  crucifijos 5 

Contrarréplicas iS 

I. — Los  orígenes  históricos  de  la  caridad      ......  17 

II.—  »           »              »           »  »       » 23 

III. —  »           »               »           »  »       » 29 

IV,— »          »              »          »  »       » 37 

V. — La  personalidad  en  los  reformadores  morales .      ...  45 

VI — El  sofisma  de    la    «caridad  científica» S4 

Vil.— El  signo 62 

VIII. — ¿Jacobinismo? 72 

IX. — Conclusión 79 

Apéndice. —El  sentimiento  religioso  y  la   crítica       ....  87 


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